
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay cifras que describen una crisis. Y hay cifras que dictan una condena.El informe de la Universidad de Buenos Aires que revela que el 48,9% de los argentinos de entre 18 y 29 años vive en situación de vulnerabilidad pertenece a esta segunda categoría.
No se trata de una medición sobre ingresos ni de una encuesta de opinión. El estudio considera vulnerables a quienes apenas alcanzaron la educación primaria —o ni siquiera eso— y viven en viviendas calificadas como precarias según los parámetros utilizados por el INDEC.
La conclusión es devastadora.Casi la mitad de los jóvenes argentinos que están ingresando a la vida adulta no tiene educación suficiente ni una vivienda digna. Es difícil imaginar una prueba más concluyente del desastre que significó el kirchnerismo para la Argentina. Porque una tragedia de semejante magnitud no nace de un día para otro. Ni siquiera un terremoto podría producirla.
Un terremoto puede derrumbar una casa. Puede destruir una ciudad entera. Pero no puede borrar los años de escuela que una persona recibió. No puede convertir a un estudiante en un analfabeto. No puede arrebatarle veinte años de formación. Cuando aparecen, al mismo tiempo, jóvenes sin educación y sin vivienda, estamos frente al resultado de un proceso largo. Muy largo.
Es el producto de un sistema. Y, por lo tanto, el responsable sólo puede ser un sistema que haya gobernado durante el tiempo suficiente para sembrar esa destrucción. Por esa misma razón, resulta intelectualmente insostenible atribuir semejante cuadro a la administración de Javier Milei. No se trata de simpatías políticas. Se trata de simple cronología.
Los procesos sociales no funcionan con la velocidad de una devaluación ni con la inmediatez de un decreto. Formar —o deformar— una generación lleva décadas. Educar requiere años. Deseducar también.
Ningún gobierno que lleva poco tiempo en funciones posee siquiera el tiempo biológico necesario para fabricar una generación de jóvenes con estas características. Existe una imposibilidad temporal.
Pero hay otro dato todavía más revelador. ¿Quiénes son esos jóvenes? Tienen entre 18 y 29 años. Es decir, nacieron y crecieron bajo el predominio del kirchnerismo. Aprendieron a leer —o dejaron de hacerlo— durante esos años. Fueron al colegio —o abandonaron el colegio— durante esos años. Sus familias vivieron el deterioro económico, cultural y moral durante esos años.
Ni siquiera el breve paréntesis de Mauricio Macri modifica esa realidad. Porque aun entonces el verdadero poder seguía instalado en otro lugar: en la cultura.
Los norteamericanos llaman mainstream al conjunto de ideas que una sociedad considera normales. Y el mainstream argentino siguió siendo kirchnerista. Continuó justificando el desprecio por el mérito. Continuó sospechando del éxito privado. Continuó premiando la dependencia del Estado antes que la autonomía de las personas. Continuó reemplazando la responsabilidad por la excusa y el esfuerzo por el subsidio.
El resultado está ahora escrito en un informe académico. Y eso tiene una enorme importancia. No es un documento elaborado por el Gobierno. Ni por un think tank liberal. Ni por una fundación identificada con la oposición al kirchnerismo. Es la Universidad de Buenos Aires. Una institución cuya independencia nadie podría negar y que difícilmente pueda ser sospechada de militar para el actual oficialismo.
Por eso este estudio posee el valor de una confesión involuntaria. Es el acta de defunción de un modelo. Durante años se nos dijo que el kirchnerismo había ampliado derechos. Hoy descubrimos que amplió la ignorancia. Se nos dijo que había construido inclusión. Hoy comprobamos que multiplicó la precariedad. Se nos prometió movilidad social. Hoy casi la mitad de los jóvenes llega a la adultez sin las herramientas mínimas para construir un futuro.
Pero quizá el dato más escalofriante sea otro. No estamos hablando solamente de pobreza. Estamos hablando de la destrucción deliberada de las posibilidades. Cuando un chico deja de estudiar y además crece convencido de que jamás podrá progresar por sus propios medios, lo que se destruye no es únicamente su ingreso futuro. Se destruye su libertad.
Porque la verdadera libertad comienza cuando una persona posee conocimientos suficientes para pensar por sí misma y recursos suficientes para decidir su propio destino. Privar a millones de jóvenes de esas dos condiciones equivale a mutilar el alma de una nación.
Durante décadas, un famoso insecticida construyó su publicidad alrededor de una expresión inolvidable: el “efecto residual”. Raid seguía matando insectos mucho tiempo después de haber sido aplicado.
El kirchnerismo produjo exactamente el mismo fenómeno sobre la Argentina. Fue un gigantesco Raid político. Su veneno continúa actuando aun cuando la lata ya no esté sobre la mesa.
Sigue destruyendo argentinos muchos años después de haber comenzado a pulverizar el país con populismo, asistencialismo, mentira educativa, degradación institucional y una demagogia tan eficaz como perversa.
Ese fue el verdadero crimen. No sólo empobrecieron una economía. Fabricaron generaciones vulnerables. Y cuanto más vulnerable es un ciudadano, más fácil resulta manipularlo. Un pueblo instruido hace preguntas. Un pueblo ignorante pide permiso.
Por eso cuesta creer que semejante resultado haya sido apenas una sucesión de errores. Todo conduce a pensar que la consolidación de una sociedad dependiente no fue un accidente sino una condición necesaria para sostener un proyecto político cuya verdadera aspiración consistía en eternizar a una familia en el poder.
Gobernar sobre ciudadanos libres siempre es difícil. Gobernar sobre personas frágiles resulta mucho más sencillo. El kirchnerismo comprendió esa diferencia. Y actuó en consecuencia.
La tragedia es todavía mayor porque consiguió avanzar con el consentimiento de sus propias víctimas. Las convenció de que la dependencia era solidaridad. De que el subsidio era justicia. De que el Estado podía reemplazar el esfuerzo. De que la pobreza era culpa del mercado. Y de que la libertad era un privilegio de los ricos.
Nunca una operación de ingeniería política había logrado transformar con tanta eficacia a los perjudicados en defensores de quienes los perjudicaban. Restaurar semejante devastación llevará muchos años. Porque destruir siempre resulta más fácil que construir. Levantar un edificio demanda años de trabajo. Reducirlo a escombros apenas unos minutos.
La Argentina deberá ahora hacer exactamente el camino inverso. Primero limpiar las ruinas culturales que dejó el populismo. Después volver a sembrar educación, mérito, esfuerzo, responsabilidad y libertad. Sólo entonces los jóvenes argentinos dejarán de ser víctimas del efecto residual de la etapa más destructiva que haya conocido la democracia desde 1983.
Ese será el verdadero juicio de la historia. Y ese juicio, como acaba de demostrar la propia Universidad de Buenos Aires, ya empezó.


Mientras tanto, los diarios «serios» critican encarnizadamente los defectos y los errores del gobierno, que nadie en su sano juicio podría negar, pero nadie habla del energúmeno marxista que destruye la provincia de Buenos Aires.
Un solo ejemplo: se condenó en todos los medios el conflicto con el Hospital Garrahan, por el desfinanciamiento del gobierno nacional, pero sólo en algún rincón de los diarios principales se pudo leer que IOMA le debía al hospital nada menos que 5 mil millones de pesos. Casi nadie se enteró.
Se lo protege y se lo anticipa como candidato presidencial en 2027. Y en estos días todos difunden encuestas muy negativas para el gobierno nacional.
La legislatura bonaerense está paralizada durante este año, pero nos cuesta 400 millones por día. De todos modos, para los engendros que legislan menor que no hagan nada.