Dos visiones para una misma cuestión

La revista The Economist acaba de revelar los siguientes números de la economía australiana: en 1984 el PBI del país era igual a U$S 196.77 billones (como lo dicen los norteamericanos); en 2019 fue de U$S 1376.26 billones (o sea U$S 1376 trillones). Es decir, en 35 años, el país multiplicó poco menos que por 10 su riqueza, entendida ésta como la suma de bienes y servicios producidos.

Esta impresionante performance se debió a que, bajo el gobierno laborista de 1990, el país inició una serie de reformas económicas que incluyeron la apertura de la economía, la baja de los aranceles de importación, la liberación de regulaciones legales, la simplificación burocrática para las empresas, la modernización de la legislación laboral y sindical, la baja de impuestos y el alivio de la carga estatal en la estructura económica del país.

El resultado fue el que reflejan estos números. El país es inmensamente rico. De no ser por las limitaciones ambientales (es el lugar más seco del mundo, de allí su conmovedora restricción de agua y su exposición a incendios forestales como los que sufrió este año) tendría seguramente más de 200 millones de habitantes. Hoy apenas alcanza los 25 millones, a pesar de ser el sexto país más grande del mundo.

El nivel de vida que uno puede observar por el solo hecho de pisar su territorio y en especial el de sus principales ciudades (Sydney, Melbourne, Perth, Brisbane, Canberra, Adelaide, Hobart, Cairns, que a su vez se encaraman sucesivamente entre las 10ciudades del mundo que la gente elegiría para vivir) es francamente alucinante. Desde su limpieza, confort, educación, modernidad hasta la forma de vivir la vida de su gente, los australianos han creado un sistema de armonía, concordia, paz, progreso y bienestar como probablemente no lo haya hecho ningún otro país en el mismo período. Todo ese tiempo transcurrió también sin recesiones.

Pero Australia no siempre fue así. Sin caer en las típicas desorejadas argentinas, también cayó en la fantasía de que era efectivamente posible construir desde arriba hacia abajo (es decir desde el Estado hacia la sociedad) un modelo prefabricado de organización en donde un conjunto de burócratas planificara la vida nacional y luego adjudicara a cada uno lo suyo estatuyendo un sistema paralelo de vigilancia para ver quién sacaba los pies del plato. Una especie de peronismo a la “laborista inglesa”. Fracaso total.

La revista Newsweek publicó en 1982 una recordada tapa con una chica en bikini caminando por la playa bajo el título “El fin del sueño australiano”. Porque efectivamente mucha gente creyó que se podía vivir sin trabajar y dadas las condiciones naturales del país (al tener el centro más seco del mundo toda su población tiene una profunda relación con el mar porque vive de hecho alrededor del perímetro de sus costas) la ensoñación con la vida en la arena, tostándose al calor del sol y sin mayores obligaciones, se hizo carne en el pueblo.

Pero el sistema se resquebrajaba por todas partes. Los números no cerraban y todas las variables conducían al colapso. El orden jurídico se había convertido en una maraña de regulaciones, los sindicatos habían cobrado un poder extorsionador, el costo laboral volaba y las exportaciones australianas no dejaban de caer. “El fin del sueño”.

Pero el propio partido que en gran medida le había dado el somnífero a la sociedad, la despertó.

El laborismo puso en marcha reformas pro-mercado que gradual pero rápidamente fueron dando vuelta la legislación prohibitiva y asfixiante. 1991 sería el último año en que Australia atravesaría una recesión. Desde allí hace 35 años que crece ininterrumpidamente y casi dobló su población.

Como se ve la situación fue muy parecida a la Argentina (nosotros la llevamos a un grado de guerra contra el sentido común claramente superior, pero siempre dentro de la misma línea).

Si no existieran ninguna de las comprobaciones económicas, de sociología política y de filosofía del Derecho que avalan el camino que tomó Australia a partir de 1990, el solo ejemplo de ver cómo les fue a ellos, sería suficiente para investigar ese camino e imitarlo.

Pero no. La Argentina sigue perseverando cada vez más obstinadamente en el error y no solo no sale de él sino que lo profundiza.

Ahora, como venimos comentando aquí hace varios días, el presidente Fernández está convencido de que el principal problema del país es la deuda y, según dicen algunas informaciones, todas las mañanas lleva unos números de almacenero junto a su jefe de gabinete, Santiago Cafiero, para ver cuánto hay que pagar en el día y cuantas monedas hay en el cajón del almacén.

Nunca saldremos de la miseria así. Cada vez contaremos menos monedas y cada vez las deudas serán más grandes.

La Argentina necesita una gran liberación. Resulta hasta paradójico cómo muchos de estos personajes que se han llenado la boca precisamente con esa palabra, no alcanzan a ver el grado de atadura que tiene todo el cuerpo social argentino.

Y es aquí donde se presentan las dos teorías para un mismo drama: ¿estos muchachos no hacen lo que hace falta hacer porque son burros o porque han trazado un plan maquiavélico para pisar con una bota de carencias la cabeza de la sociedad para que ellos puedan reinar en medio de un conjunto de pobres miserables?

Que lo que hay que hacer está claro y tiene ejemplos contundentes en el mundo, no hay dudas. Lo que no se sabe es si en la Argentina estamos ante ignorantes o ante una casta maliciosa que sabe que sus tronos dependen de la miseria de la gente.

Frente al gobierno “parcelado” que tenemos y tomado el riesgo de hacer el siguiente trazo con una brocha muy gruesa, diría que la ignorancia acompaña al Fernández 1 y la malicia a la Fernández 2.

Después hay idiotas, como en todas partes que sirven a unos y a otros, pero, repito, con brocha gruesa, Fernández 1 es ignorante y Fernández 2 ladina.

Por supuesto que Fernández 1 con su ignorancia es funcional a la maldad de Fernández 2 y entre los dos llevarán a la Argentina a un tono de grisura nunca visto en la historia. Pero creo que Fernández 1, si bien usufructúa los privilegios de la casta, cree efectivamente que al mundo lo construye un conjunto de iluminados (entre los cuales se encuentra él) que puede enseñarle a los taxistas las mejores calles para levantar pasajeros. A Fernández 2 los taxistas no le interesan; solo aspira a que estén cada vez más hundidos para que ella brille sobre el páramo del horizonte.

Sea como fuere, por ignorancia o por malicia, la Argentina ha elegido profundizar el rumbo de su decadencia y, al revés de Australia, cada vez tendrá menos para repartir, hasta que, probablemente, no haya nada y deje de existir.

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