
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Tengo dos pantallas abiertas al mismo tiempo.
En una se suceden las imágenes de la destrucción de París. Cientos de comercios saqueados y vandalizados: desde Louis Vuitton hasta humildes mercerías, todos reciben la misma saña. Poco importa que unos vendan artículos de lujo y otros productos de primera necesidad. La turba destruye sin distinguir. Cientos de automóviles se consumen entre las llamas, llevándose los ahorros y los sacrificios de quienes trabajaron para tenerlos. También aparece incendiada la torre del municipio de Limoges.
En la otra pantalla habla Miriam Bregman.
Su rostro irradia felicidad. Sonríe de oreja a oreja mientras celebra lo que sucede en las calles europeas. «La felicidad está en las calles, la lucha de clases está en las calles, esa enorme rebelión estudiantil nos inspira, nos llena de orgullo», proclama.
Cuenta que una compañera docente francesa, integrante de Revolución Permanente, le describió la felicidad de esos pibes que antes vivían aislados y ahora salen a bailar, se disfrazan, se cambian la ropa para que la «yuta» no los reconozca y se «cagan de risa» de ella. Bregman encuentra en esos pibes una señal de esperanza para la causa socialista.
Hay algo llamativo en su discurso: la insistencia en la palabra «pibe». No aparece una sola vez, sino que se repite con una frecuencia que llama la atención en la retórica de tantos comunistas argentinos. «Pibe» evoca barrio, cercanía, espontaneidad y complicidad. Pero, repetida como una contraseña emocional, también puede cumplir una función política: despertar simpatía antes de que nos preguntemos qué hacen esos muchachos y cuáles son las consecuencias de sus actos.
¿Quién podría estar en contra de los pibes? Esa identificación sentimental es eficaz, pero también puede servir para envolver en una misma épica tanto el legítimo derecho a protestar como el saqueo, el incendio y la destrucción.
Los «pibes» tienen derecho a expresarse, pero no a destruir el negocio de una mujer ni a incendiar el automóvil de un trabajador. La edad no convierte el vandalismo en heroísmo.
«La rebeldía nunca puede ser de derecha. Lo de ellos es mera prepotencia. Rebeldía es enfrentar a este sistema capitalista, irracional, patriarcal», afirma Bregman. Y explica el destino de esa rebeldía: que los pibes se unan a la clase obrera, luchen por el socialismo y sean verdaderamente revolucionarios.
Finalmente, convoca a los presentes a encender “nuestros” teléfonos y levantar las linternas como símbolo de esperanza. Las luces se alzan mientras celebra a quienes enfrentan a la policía. Perdón? ¿Nuestros teléfonos? No, Sra Bregman: si su idea gobernara lo primero que desaparecería sería el pronombre posesivo «nuestros». No hay tal cosa como “nuestros de nada” en el comunismo que usted profesa. Lo primero que usted haría sería suprimir la propiedad, con lo que eso de “nuestros” podría ir dejándolo de lado.
No es la única ironía de Bregman: la tecnología que permite encender esas linternas, comunicarse instantáneamente y organizar manifestaciones multitudinarias es fruto de décadas de investigación, inversión, competencia e innovación propias del capitalismo del que usted se vale pero al que quiere destruir. ¿Cómo garantizaría su modelo que la innovación continuara y que las personas pudieran acceder a sus frutos sin depender de una burocracia? La revolución disfruta de los instrumentos del mundo que cuestiona, pero no explica con la misma claridad cómo garantizaría su existencia futura.
Otra perla de Bregman es que esta señora, no solo da por sentado que esos adminículos van a seguir existiendo si algo parecido a lo que ella predica finalmente se impusiera en la Argentina, sino que además supone QUE ESTARÍAN DISPONIBLES PARA LOS “PIBES…”. Seria difícil encontrar un chiste mejor que ese en el largo repertorio del gran Landriscina.
También denuncia el gasto militar como si las guerras pudieran explicarse únicamente por la voluntad occidental de destinar recursos a los ejércitos. ¿Y las guerras desencadenadas por los amigos de Bregman, Putin y Hamás?
La invasión rusa a gran escala de Ucrania comenzó por decisión de Vladimir Putin en febrero de 2022. Los ataques encabezados por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 desencadenaron la guerra de Gaza. Pero parecería que a Bregman le gusta defender su propia versión de los hechos.
En algún momento apagué las dos pantallas.
En una seguían ardiendo comercios, automóviles y parte de un patrimonio construido durante generaciones. En la otra resonaba la voz de Bregman, feliz por los pibes que, según ella, anuncian otro futuro posible.
Las ciudades no se construyen en una tarde. Los negocios requieren años de trabajo. Los automóviles cuestan ahorros. La prosperidad no nace espontáneamente de la confrontación entre clases, sino del esfuerzo de millones de personas que producen, intercambian, innovan y cooperan.
Los trabajadores necesitan empleos, salarios dignos y oportunidades para progresar. Los pibes necesitan educación, libertad y un horizonte que no dependa de la violencia callejera ni de una revolución que promete resolverlo todo.
¿Por qué deberíamos creer que de la lucha de clases surgirá un futuro mejor para los pibes y los trabajadores si en cada lugar que se instaló solo generó miseria y destrucción? ¿Qué futuro gana el trabajador cuyo automóvil arde? ¿Qué emancipación obtiene la mujer que ve destruido el negocio al que dedicó años? ¿Cuántos empleos se crean saqueando comercios?
El resentimiento no reemplaza al conocimiento, la confrontación no sustituye a la cooperación y la destrucción no es el primer paso obligatorio de ningún futuro mejor.
¿Qué futuro puede construirse cuando se celebra la destrucción como una promesa? ¿Qué significa levantar «nuestros teléfonos» en nombre de una ideología que puede terminar restringiendo la libertad de disponer de lo propio? ¿Por qué deberíamos creer que enfrentar a trabajadores contra empresarios hará que todos vivan mejor?
Los pibes y los trabajadores no necesitan que alguien les prometa la felicidad de la revolución mientras otros contemplan cómo se queman los frutos de su esfuerzo. Necesitan oportunidades para construir su propio futuro, sin que una ideología les exija destruir primero aquello que tantos sacrificios costó levantar.
Porque confundir las llamas con la luz puede entusiasmar a una tribuna. Pero nunca será una política de progreso. Y si esta señora de verdad es la política con mejor imagen de la Argentina habrá que sacar una conclusión sobre la, como mínimo, conmovedora “candidez” con la que algunos argentinos creen cómo se genera un mejor nivel de vida para todos.


Carlos, el panorama es bastante oscuro. La mayoría de los medios se ha ensañado con Milei, las críticas son feroces y sistemáticas. Por supuesto que él hace mucho para motivarlas, pero hay un ensañamiento generalizado que ya resulta sospechoso.
Se toma literalmente la desafortunada expresión sobre la quema en la hoguera de periodistas, pero se trató de una metáfora, no de algo que vaya a ocurrir.
Los datos de la economía son negativos, y la mayoría de los pronósticos son pesimistas. No niego la realidad, pero hay un tufillo a que se está pavimentando el camino para el regreso del funesto perokirchnerismo. El peronista Jorge Asís habla de boleto picado y da como inevitable el regreso de ellos. Aunque no se destaque por lo acertado de sus pronósticos.
La Nación12, llamada así por algunos de sus comentaristas, exhibe excelentes editoriales defendiendo el rumbo del gobierno, pero la mayoría de sus columnistas lo atacan cotidianamente.
Pero se cuidan muy bien de criticar el desastre de la inviable PBA, en manos del impresentable marxista Kicillof.
Estoy muy preocupado y alarmado ante el fracaso de Milei y el regreso del ejército de orcos que nos destruirá definitivamente.
La simpatía por Bregman muestra la patética ignorancia de gran parte de los argentinos.