Digamos adiós a las dictaduras

El espectáculo de ayer frente a la embajada cubana en Buenos Aires pone en blanco sobre negro las dos caras de un drama.

De un lado gente del pueblo, (argentinos, cubanos, venezolanos) pidiendo por libertad, por el cese de una tiranía atroz que ha matado en vida a millones de personas.

Por supuesto que también ha matado a cientos de miles literalmente. Seguramente antes los torturó y los encarceló en condiciones pestilentes.

Pero al menos esos murieron. Los que no murieron cargan con un sacrificio mayor: están muertos en vida, no pueden decidir qué hacer con sus vidas, duran, no viven. Ven pasar los años entre miserias innombrables hasta que mueren en la misma miseria con la que vivieron. Rodeados de miedo, de carencias, mal alimentados; sin medicinas, sin expectativas, transcurre una existencia triste y sin horizontes


Del otro lado, allí en el barrio de Belgrano, había grupos de parásitos del Estado, organizaciones que viven de chupar la sangre pública que el pueblo fondea con sus impuestos, vagos varios que escapan del trabajo como de la mismísima peste.

Esa gente defiende la dictadura y persigue su instauración en la Argentina porque aspira a ser parte de la nomenklatura, aspiran a ser los jerarcas del régimen. No aspiran a ser “pueblo”, a ser pueblo como el pueblo cubano que se muere de hambre. No. Aspiran a ser los comisarios del sistema de yugo que, con rigor, le aplicarán a los demás.

Repiten mantras mentirosos como la sanata del “bloqueo” que ya hemos desenmascarado aquí como una historieta armada por los agentes de inteligencia del régimen para trasmitir la idea de un sitio naval cruel que busca matar de hambre a la isla.

Nada de eso es cierto. Pero como ellos repiten hasta el cansancio una mentira hasta hacer que los idiotas útiles la crean, repitamos una vez más la verdad sin avergonzarnos por el temor a aburrir: Cuba solo está sometida al bloqueo de un sistema de asfixia que mata a los seres humanos, que los mata a tiros, de hambre, de mugre y de enfermedades que no pueden curar.

EEUU es el sexto proveedor mundial de alimentos y medicinas de Cuba. ¿De qué bloqueo hablan estos ignorantes?

¿No es que su sistema, muchachos, es superior en todo sentido al capitalismo? Supongamos por un momento que existiera efectivamente el bloqueo, ¿para qué quieren que se levante? ¿Para comerciar con EEUU? ¿Pero no era que ustedes no precisan del Imperio? ¿Por qué tanto llanto entonces? Por lo demás, ¿no enseña acaso su dogma que el comercio es malo? ¿Qué el intercambio es dañino porque el débil siempre pierde?

¡Entonces declárense bendecidos por no depender en nada de una eventual relación con los EEUU?

¿Pero saben qué? Ustedes son una mentira. Una mentira inmoral y maloliente; una mentira que huele al moho del atraso y de la escasez que es lo único que saben producir.

Ayer el presidente Lacalle se sumó a la comunidad internacional civilizada para reclamar por los derechos humanos en Cuba. Mientras, en la televisión oficial cubana (porque obviamente no hay otra) se informaba sobre los tuits del presidente lacayo quejándose por el bloqueo y por el daño que se le hace a Cuba impidiendo la llegada de respiradores. ¡Que canalla! ¡Qué infame! ¡Qué sinvergüenza!


Probablemente no haya otro momento en la historia argentina en la que el país haya estado sometido a semejante aislamiento. Como ejemplo podemos tomar la reciente votación para la presidencia de la Corporación Andina de Fomento: el candidato del lacayo perdió 17 a 0, en un acto en donde hasta los propios socios del Mercosur votaron en contra de la Argentina.

Dios quiera que tanta desmesura termine por abrir los ojos de la parte de la sociedad argentina que aún está ciega y que no quiere ver la verdad.

En esta hora de gritos de libertad es momento de que también nosotros enterremos para siempre a los aprendices de brujo de las dictaduras y rompamos los mitos del populismo kirchnerista.

“Dime con quien andas y te diré quién eres” dice el refrán. Andemos pues con la civilización y alejemos de nuestro lado y para siempre a las dictaduras. A las de afuera y a las de adentro.

Por Carlos Mira
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