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Detrás del triunfo del Partido Demócrata

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Vamos a empezar por los datos: el partido de gobierno en la Casa Blanca perdió las elecciones de medio término. Esa es la noticia libre de todo comentario.

A esa noticia, por la particular figura del presidente y cierta excentricidad que Trump le ha agregado a la política tradicional norteamericana, sumado a un clásico sesgo demócrata de la prensa, se le han agregado comentarios casi apocalípticos para la segunda mitad del mandato del presidente. Y es aquí donde convendría entrar en el terreno de las observaciones agregadas a la noticia.

En primer lugar, digamos que los presidentes Clinton, Bush (padre e hijo) y Obama perdieron las elecciones de medio término (Obama en dos oportunidades) sin que ese resultado despertara el animo de catástrofe que advierto se ha despertado ahora. Repito: no sé si la particular personalidad del presidente ha ido formando una actitud de “te estamos esperando”, cosa que a la primera derrota, todo el mundo estuviera preparado para gritarle el gol en la cara, pero noto un ambiente muy parecido a ese.

En segundo lugar, digamos que el triunfo demócrata depurado de la hojarasca en la que luego vamos a detenernos un minuto, encuentra su principal explicación en la economía. Y no en la economía en lo que se refiere a su proyección, estatus respecto de los procesos de innovación y creatividad o incluso desde el punto de vista del nivel de empleo, sino en dos aspectos interrelacionados y que son muy puntuales: el precio de la gasolina y el costo de vida.

Quizás para otros países generalmente atraídos por “los grandes temas de la política” reducir la reacción de la gente a temas tan mundanos como cuántos billetes tengo que sacar del bolsillo cuando paro en una estación de servicio, pueda resultar raro, pero en EEUU en donde el promedio de autos por household es altísimo, ese es un tema que se toma muy en cuenta. Y que la nafta tipo “super” (ese decir no la “premium”) se haya ido de $2,80 el galón a $3,92 (precio en la Race Track de Davie, Florida, al día de hoy) es una especie de drama diario para los norteamericanos.

En ese sentido, hay un consenso generalizado en el sentido de que la política exterior del presidente causó ese inconveniente cuando embarcó al país en un conflicto que puso en jaque la provisión de petroleo mundial con el consiguiente aumento del precio del crudo.

A su vez ese impacto tuvo una secuela directa en el nivel general de precios, en la tasa de interés y en el poder de compra del dólar norteamericano, todos indices que empeoraron en los dos últimos años. Si cualquier viajero ocasional de vacaciones puede notarlo en la Florida, ese fenómeno es aun más profundo en el centro del país, en donde en estados como Michigan, Minnesota, Indiana, Ohio, Illinois, Nebraska, Utah o Kansas, los incrementos han sido mayores.

Contrariamente a lo que pintan las fábulas (que van desde que te podes morir sin atención medica si no tenés seguro, hasta que EEUU es un país de millonarios) el 50% de las familias norteamericanas dependen de un cheque semanal o quincenal. Un impacto en esa línea de flotación iba a tener, más que seguro, una consecuencia en las urnas.

Sin embargo, no se me escapa que todo está preparado como para hacer aparecer -más que el triunfo demócrata- la derrota del partido de Trump, como una derrota de la guerra a la inmigración ilegal, al endurecimiento de la política de fronteras, al respaldo a la actuación policial en las calles o a la política de deportación de inmigrantes ilegales. Repito: todo está preparado como para que el resultado se presente, no como una colación lógica del alza de los precios, sino como una derrota ideológica a la concepción MAGA del presidente Trump.

A mi criterio eso se debe al radical cambio que se ha producido en el seno del Partido Demócrata. Hoy un poco más de una de cada tres personas (33%) que se identifican con ese partido se considera un “demócrata-socialista”.

Este sí que es un impacto de alcances aún desconocidos para la política tradicional de los EEUU. Que uno de los dos partidos tradicionales haya sido efectivamente infiltrado por la Internacional Socialista y que, como el peronismo lo fue en los ‘60 en la Argentina, haya sufrido el “entrismo” de una organización supra nacional al servicio de intereses autoritarios y contra-democráticos, constituye un hecho mucho más grave que el resultado de unas elecciones de mitad de mandato que han arrojado un resultado (la derrota del partido que ejerce el Ejecutivo) que, como vimos, ha sido absolutamente normal en los últimos 30 años.

Este hecho está íntimamente relacionado con la interpretación que se le esta dando al resultado. Para instalar ese relato, esta corriente ha dedicado los últimos años a una construcción de sentido que los medios masivos y las redes sociales han expandido, imponiendo una narrativa que transforma lo que para mi tiene una explicación muy simple y fácil en un retorcido análisis sociológico que desafía, incluso, los fundamentos últimos de la Constitución de los EEUU.

A pesar de que sigo manteniendo la fe en que la educación cívica básica de la sociedad norteamericana finalmente prevalecerá, no puedo ignorar el hecho de que que si me hubieran preguntado hace 15 o 20 años si ciertas cosas que están ocurriendo hoy iban a ocurrir, mi respuesta hubiera sido terminantemente negativa.

Por ejemplo, si me hubieran preguntado si yo creía que una inmigrante musulmana que abiertamente fuera a desafiar el orden jurídico del país que voluntariamente eligió para instalarse (más allá de que incluso se sospecha seriamente que fraguó su documentación de ingreso) pudiera llegar a ser electa por sus conciudadanos para ocupar un cargo en el Congreso, yo habría contestado que no.

Sin embargo hoy Ilhan Omar esta allí sentada y desde allí -usando las libertades que no tendría en su país de origen- socava, día tras día, los cimientos mismos de la democracia que le permitió llegar donde llegó. Es increíble que el país -habiendo pasado por un 11 de Septiembre en el que aquellos mismos a quienes había acogido con ingenuidad y a los que había recibido y educado, le generaron un acto de guerra con miles de muertos y perdidas cuantiosísimas- no haya aprendido la lección.

Algunos me dicen que el equivocado soy yo porque si los EEUU perdieran esa naivety dejarían de ser los EEUU. Puede ser. Quizás sea así. Pero por el bien del país que, nos guste o no, nos caiga simpático o no, sigue siendo la última reserva de libertad de Occidente y del mundo, solo pediría que alguien le preste un poco de atención a esta otra forma de interpretar el espíritu de los documentos que dieron origen al experimento democrático más exitoso de la historia. Porque pasado un punto, quizás sea demasiado tarde.

Por Carlos Mira
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