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Cuando ellos mismos confiesan el negocio de la pobreza

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hay momentos en que una ideología deja de necesitar intérpretes. Se explica sola.

Durante décadas, quienes denunciaron que el socialismo del siglo XXI no combatía la pobreza sino que la administraba como herramienta de poder fueron tratados de exagerados, de reaccionarios o, simplemente, de mentirosos. Hoy ya no hace falta recurrir a interpretaciones.

Desde hace días circulan por las redes dos videos (que no son nuevos, dicho sea de paso, pero que han cobrado una renovada vigencia) cuya autenticidad ha sido ya largamente probada -porque se trata de entrevistas públicas- que muestran con crudeza cómo algunos de los principales referentes de la izquierda bolivariana conciben la pobreza y la movilidad social.

En uno de ellos aparece Hugo Chávez desarrollando un razonamiento que resulta tan revelador como escalofriante. Explica que los pobres constituyen la base electoral de su proyecto político y que, si esos pobres dejan de serlo, pasan a integrar la clase media y, por lo tanto, dejan de votar al chavismo. La conclusión es inevitable: para preservar el poder, la pobreza deja de ser un problema que debe resolverse y pasa a convertirse en un activo político que debe mantenerse y expandirse.

Chavez agrega algo que profundiza la perversión. Él dice que, sin sacar a los pobres de la pobreza, hay que mantenerlos allí “con esperanza”. Se trata de una confesión francamente repugnante porque revela la intención de montar un monumental engaño para generarle a esa pobre gente una ilusión que nunca verán concretada porque, justamente, son quienes se la generan los que evitarán que se materialice. Ni Maquiavelo podría haber sido más malévolo.

El segundo registro corresponde a Gustavo Petro. En una entrevista periodística, el presidente colombiano plantea, con sorprendente naturalidad, que el problema consiste precisamente en que los pobres salgan de la pobreza. “¿Salir hacia dónde?”, pregunta. Y utiliza un ejemplo que revela mucho más de lo que quizás pretendía. Dice que lo primero que hace un pobre cuando mejora su situación económica es “volverse de derecha y comprarse un automóvil”. Y concluye que, si todos hicieran eso, el planeta terminaría convertido en una especie de “gigantesco Miami” y eso acabaría con el mundo.

Detrás de esa reflexión aparece la misma lógica que subyacía en las palabras de Chávez: el ascenso social no es celebrado; es visto como un problema.

Volvamos un instante a lo dicho por Petro porque no tiene desperdicio. Él plantea el interrogante (como si eso fuera algo altamente filosófico) “¿salir de la pobreza hacía donde?” Como si -no siendo hacia la riqueza- se pudiera salir de la pobreza hacia un lugar que no fuera más pobreza: no hay dudas de que cuando uno utiliza la expresión “salir de la pobreza” lo hace en el único sentido posible de la palabra “salida”, esto es, hacia una condición socioeconómica mejor. ¿O acaso Petro sugiere que él estaría dispuesto a permitir que los pobres salieran de la pobreza a condición de que sigan siendo pobres y no puedan comprarse un auto? ¿Hacia dónde puede salir alguien de la pobreza, sino hacia una condición mejor? Si “sale” para estar peor, no se “sale” de ningún lado; al contrario, se seguirá siendo pobre. Incluso más pobre que antes.

Salir de la pobreza sólo puede significar una cosa: progresar, trabajar, ahorrar, consumir, comprar una vivienda, comprar un automóvil, viajar, emprender, construir patrimonio. En definitiva, ejercer plenamente la libertad económica. Y, sin embargo, estos impresentables confiesan que ese proceso les despierta preocupación, no entusiasmo.

(Traído a colación y entre paréntesis, solo para ilustrar la calaña mental de la gente a la que nos estamos refiriendo, recordemos que este es el mismo Petro que, muy suelto de cuerpo, dijo que si se eliminaban delitos del Código Penal colombiano iba a reducirse la tasa de criminalidad en el país, lo cual es lo mismo que asegurar que en Cuba cayó la tasa de electrocutados gracias a los apagones)

Entonces, formulemos la pregunta del millón de modo directo y simple: ¿Existe un diseño político que necesita mantener a millones de personas en una situación de dependencia para garantizar su permanencia en el poder? Porque una persona económicamente independiente deja de depender del dirigente político. Quien consigue un buen empleo ya no necesita un plan. Quien crea una empresa ya no espera un subsidio. Quien construye patrimonio comienza a defenderlo.

Y quien alcanza la clase media desarrolla prioridades completamente distintas de quien vive pendiente de una ayuda estatal.

Eso fue exactamente lo que Chávez describió con absoluta franqueza. Y eso es lo que, con la misma perspectiva, también confiesa Petro.

Mientras tanto, ocurre algo todavía más obsceno. Los dirigentes que dicen hablar en nombre de los pobres jamás viven como ellos. No renuncian a los automóviles, ni a los barrios privilegiados, ni a los viajes, ni a la ropa de diseño, ni a los privilegios del poder, ni confort.

La austeridad siempre es para los demás. La igualdad también. Ellos sí disfrutan de aquello que consideran moralmente cuestionable cuando el pueblo intenta alcanzarlo. Ellos sí consumen. Ellos sí acumulan. Ellos sí viven bien.

El pueblo, en cambio, debe resignarse a una igualdad en la escasez. Ese es el verdadero rostro de la demagogia. No se trata de eliminar la desigualdad. Se trata de reemplazar una desigualdad económica por otra mucho más perversa: la que separa a una pequeña casta política privilegiada de millones de ciudadanos condenados a depender permanentemente de ella. Y mientras esa dependencia exista, el poder permanece.

La Argentina acaba de ofrecer otra postal de esa lógica. Las escenas de violencia ocurridas frente al Congreso durante el debate sobre la llamada ley de inviolabilidad de la propiedad privada son una muestra de hasta qué punto se ha naturalizado combatir aquello que precisamente genera riqueza y desarrollo. Resulta casi absurdo que el Congreso deba discutir una ley destinada a reafirmar un principio que la Constitución Nacional protege desde hace más de 170 años en su artículo 17: la propiedad es inviolable.

Más absurdo aún resulta ver a grupos organizados sembrando violencia para impedir políticas que buscan brindar mayor seguridad jurídica a quienes invierten, producen y generan empleo. Y aquí otro paréntesis retórico: si como dijeron estos personajes deleznables la marcha era pacifica y se trasformó en violenta porque la policía empezó a reprimir a la pobre gente que quería manifestarse, ¿cómo esperaban romper las veredas de Buenos Aires para fabricar las piedras que arrojaron? ¿A puñetazos? ¿O iban preparados premeditadamente con herramientas para destruir las baldosas y así conseguir los proyectiles? ¿Y para qué llevar esas herramientas si la intención era manifestarse pacíficamente? Cualquier argentino verdaderamente honesto sabe las respuestas.

Por eso volvemos a la pregunta de siempre: ¿Qué están defendiendo estos personajes? ¿A los trabajadores? ¿A los pobres? ¿O están defendiendo un sistema cuya supervivencia depende precisamente de que esos pobres nunca dejen de serlo?

Los primeros perjudicados por ese modelo nunca son los dirigentes. Son quienes tiran las piedras. Son quienes creen estar luchando contra un enemigo imaginario mientras destruyen las condiciones que podrían permitirles progresar. Son los idiotas útiles de un sistema que necesita de su resentimiento para perpetuarse.

Porque ningún político poderoso pierde cuando fracasa la economía. Pierde el comerciante que baja la persiana. Pierde el joven que no consigue trabajo. Pierde la familia que posterga indefinidamente el sueño de comprar una casa. Pierde el trabajador cuyo salario vale cada vez menos. La pobreza jamás fue un negocio para quienes la padecen. El negocio siempre fue para quienes viven políticamente de administrarla.

Increíblemente, durante años esa afirmación obvia se discutió a fuerza de un ideologismo ciego. Hoy son ellos mismos quienes, con sus propias palabras, confirman aquello que tantos se negaban a creer. Y cuando una confesión proviene de los propios protagonistas, el problema deja de ser la interpretación de sus adversarios. Pasa a ser la evidencia de sus propias palabras.

Por Carlos Mira
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