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Cuando el odio inventa clásicos

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hay debates que nacen de manera espontánea y otros que son fabricados. En las últimas horas, con motivo de la semifinal entre Argentina e Inglaterra, ha resurgido uno de esos debates artificiales que cada tanto alguien intenta instalar: que ese partido constituye “el clásico” del fútbol argentino. No lo es.

¿Cómo podría ser un clásico un rival con el que Argentina ha disputado menos de veinte partidos oficiales y amistosos a lo largo de toda su historia? Los clásicos no se decretan desde un estudio de televisión ni desde una red social. Se construyen durante décadas de enfrentamientos permanentes, de competencias reiteradas, de rivalidades deportivas que ambos protagonistas reconocen como tales. Y en ese sentido, no cabe la menor duda de que el clásico futbolístico de la Argentina es Brasil. Y para ellos basta formular una sencilla pregunta a los brasileños: ¿Cuál es su clásico? La abrumadora respuesta mayoritaria será: Argentina. Porque así funcionan los clásicos. Son una percepción mutua. No alcanzan la voluntad ni la obsesión de una sola de las partes para crearlos.

De hecho, los hechos recientes terminan de desarmar la teoría del supuesto “clásico” con Inglaterra. Hace apenas unas semanas, una parte importante de los argentinos alentó para que Inglaterra eliminara a México del Mundial. No fue casualidad. Fue el reflejo de una realidad incómoda para quienes insisten con el relato épico: hoy, para muchos argentinos, el vínculo emocional con México está lejos de ser el que alguna vez prometió la retórica de la “hermandad latinoamericana”. Después de innumerables desplantes, agravios y episodios de hostilidad no solo deportiva -por cierto-, no fueron pocos los que prefirieron ver avanzar a Inglaterra antes que al seleccionado mexicano.

Sin embargo, quienes sostienen que Inglaterra es el verdadero rival clásico de Argentina no carecen completamente de fundamentos. Lo que ocurre es que esos fundamentos no son futbolísticos. Son políticos. Son históricos. Son culturales. Y, para muchos, son emocionales.

La Guerra de Malvinas dejó una herida profunda cuya dimensión excede por completo al deporte. El resentimiento, el dolor y la memoria colectiva explican perfectamente por qué un partido contra Inglaterra genera una carga emocional incomparable.

Pero una explicación política no convierte automáticamente un enfrentamiento deportivo en un clásico del fútbol. Y es precisamente allí donde aparece una enseñanza que trasciende una cancha.

¿Por qué dedicar una columna política a discutir una cuestión aparentemente futbolera?

Porque algo parecido podría ocurrir en la política argentina de cara a las elecciones de 2027. Javier Milei es, probablemente, uno de los dirigentes con mayor capacidad para despertar adhesiones apasionadas y rechazos igualmente intensos. Su personalidad, su estilo y su forma de ejercer el poder han construido un liderazgo que también fabrica antagonistas. Y ese es el riesgo.

Que la política deje de organizarse alrededor de ideas para empezar a organizarse alrededor de una sola misión: derrotar a Milei.

En ese momento nacería un “clásico” completamente artificial. No el clásico entre dos proyectos históricos del país. Sino el clásico entre lo telúrico y lo “extranjerizante”. Entre lo gaucho y lo foráneo. Entre una supuesta esencia nacional y todo aquello que pueda presentarse como “de afuera”. Un relato emocional mucho más potente que cualquier discusión económica. Ya hay dirigentes intentando ocupar ese lugar.

Miriam Bregman, una iletrada que aun pretende instaurar la dictadura del proletariado, constituye quizá el ejemplo más evidente. Su pensamiento sigue reivindicando postulados ideológicos que la inmensa mayoría de las democracias occidentales abandonó hace décadas. Sin embargo, su crecimiento en imagen pública parece explicarse mucho menos por la adhesión masiva a sus ideas que por la capacidad de representar el rechazo hacia Milei.

¿Puede alguien sostener seriamente que Bregman sea el “clásico” político de Javier Milei?Difícilmente. No por la fortaleza de su propuesta. Sino porque es el resentimiento hacia el Presidente el que la instala como una referencia para determinados sectores.

Naturalmente, el ejemplo es deliberadamente exagerado. No porque Bregman carezca de representación política, sino porque resulta difícil imaginarla disputando competitivamente el liderazgo del país. Pero el solo hecho de que hoy pueda ser mencionada dentro de esa conversación demuestra hasta qué punto la figura de Milei tiene la capacidad de reunir en una misma vereda a sectores que no comparten prácticamente nada, salvo su rechazo hacia él.

Desde esta columna hemos advertido varias veces cuál sería la verdadera tragedia para la Argentina. Que el deseo de castigar a una persona termine condenando también a las únicas ideas capaces de sacar al país de su decadencia. Que el rechazo a un dirigente conduzca a la restauración de quienes vaciaron el Estado mediante la corrupción, o de quienes todavía reivindican modelos autoritarios incompatibles con una sociedad libre. O, peor aún, de ambas cosas al mismo tiempo.

El fútbol suele ofrecer metáforas extraordinarias para entender la política. Esta vez no es la excepción.

Así como el supuesto “clásico” con Inglaterra solo puede sostenerse desde una explicación histórica, política y emocional —pero no desde una realidad futbolística—, también existe el peligro de que en la política argentina el odio termine reemplazando a las ideas. Y cuando eso ocurre, las sociedades dejan de elegir el mejor camino para empezar a elegir el vehículo más eficaz para descargar su resentimiento.

La historia demuestra que casi nunca terminan bien quienes convierten el odio en el criterio principal de sus decisiones. Ni en el fútbol. Ni, mucho menos, en la política.

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “Cuando el odio inventa clásicos

  1. raúl

    Es vergonzosa la utilización política del partido con Inglaterra. Yo siempre sostengo que si los europeos conservaran semejante resentimiento, Francia y Alemania, por ejemplo, aún seguirían a los tiros.
    Y sólo a los 6 años de concluida la II Guerra Mundial, en 1951, fundaron la Unión del carbón y el acero, semilla de la Comunidad Económica Europea, hoy UE.
    El rencor argentino es patológico. Ambos países tuvieron víctimas.

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