Buscando dólares en medio de las ruinas

En un acto que se relaciona más con la desesperación que con la política económica, el gobierno, por la vía del ministro Guzmán, anunció una serie de medidas de extremo corto plazo -algunas que se extinguen en el transcurso de un par de meses- para ver si alguien suelta un dólar.

No acaban de entender la simplísima idea de que los dólares son de los que trabajan y no del Estado y muchos menos de ellos.

Las rebajas a las retenciones causan directamente risa. Tomemos la soja, por ejemplo: 3 puntos de rebaja para lo inmediato y una suba creciente que vuelve a converger en el expropiatorio 33% en enero. Un buen chiste habría causado menos carcajadas. Una burla, una tomada de pelo. Seguirán recibiendo los dólares mínimos e indispensables que los productores decidan liquidar.


Los desequilibrios económicos son de una magnitud tan estremecedora que probablemente nadie esté tomado conciencia de lo pobres que somos. Las medidas son un manotazo de ahogado, un parche insuficiente para una cubierta que marcha a más de 200 km por hora, que tiene 200 pinchaduras y para la que se han dispuesto 2 recauchutajes, mal hechos e incompletos.

Algunos esperaban que frente a la necesidad imperiosa de conseguir dólares frescos el gobierno bajara por un plazo extendido las retenciones a cero y que liberara el mercado de cambios para todas las operaciones que no comprendan la importación y exportación. Pero no. El ministro anunció más intervencionismo, más complicaciones, más estatismo y se congratuló por un proyecto de presupuesto 2021 que imagina un dólar a $102. De 2012 a 2015 la brecha cambiaria hizo que se esfumaran 26 mil millones  del BCRA. Un productor sojero recibe un dólar de $51,10. El gobierno pretende crear un incentivo llevando ese dólar a $53,30, es decir $2 de diferencial contra una brecha de $ 90… ¿Me están cargando?

A veces uno se pregunta si son inútiles, si tienen un plan para generar una catástrofe inarreglable o si ignoran la verdadera situación en la que nos encontramos. Las condiciones en las que el gobierno de Alberto Fernández de Kirchner colocó al país en tan solo 9 meses de gobierno son de una gravedad tal que cuando se contrata con las prioridades en las que el gobierno quiere avanzar no puede llegar a otra conclusión que se presentaron a las elecciones para, desde el poder, salvar a Cristina Elisabet Fernández de sus múltiples causas.

Que frente a la caída en un pozo de más de 40% de la población pobre, de más del 56% de los chicos menores de 14 años pobre, del 15% general de la población indigente, el país esté en vilo por lo que le vaya a ocurrir judicialmente a una señora que, en su paso por el poder, nos robó nuestro dinero del bolsillo como un carterista, es francamente espeluznante.

Todo el mundo corriendo detrás de su traste para mover a unos jueces, designar otros, reformar la justicia federal en pleno con el nombramiento de más de 300 posiciones nuevas que le van a costar al país más de 20 mil millones de pesos, generando el prólogo de un conflicto de poderes profundo entre la Corte y los otros dos poderes, profundizando una división sangrienta en aras de un revolucionismo inútil, pasado de moda, que atrasa un siglo (literal), es realmente inconcebible.

La cantidad de gente arrojada a la pobreza, que quedó sin trabajo; las miles de empresas cerradas para siempre, los negocios fundidos; las empresas extranjeras que deciden irse del país, los argentinos que toman o están pensando en tomar la misma decisión… Todo, todo, por una señora que constituyó con su marido muerto una asociación para delinquir desde el Estado y volverse multimillonaria con el esfuerzo de los que hoy no tienen un peso.

Mientras el ministro mendiga dólares con medidas ofensivas para el cerebro humano, el país ya está octavo en número de contagiados y primero en número de muertos por cada millón de habitantes. Todo lo que decidió el gobierno de científicos sirvió para unificar lo peor de los dos mundos: la quiebra económica y la catástrofe sanitaria.

Estas columnas lo plantearon aquí desde el mismísimo inicio: la cuarentena solo iba a profundizar los problemas de la pandemia. Y hoy el país es el único de la región en donde la pobreza y la indigencia crecieron. En todos los demás esos índices mejoraron dramáticamente. En la Argentina y en Venezuela empeoraron.


Bolivia redujo la pobreza desde que Morales dejó el gobierno un 16.7% y la indigencia casi un 11%; Brasil un 7,4% y un 3,3% respectivamente; Chile casi un 17% y casi un 8%; Uruguay un 12,1% y un 1.4%; Paraguay un 18,1% y un 7.3% respectivamente; Perú un 13,3% y un 6.6%; Ecuador un 11% y un 6,5%. Venezuela aumentó su pobreza 16.7% y su indigencia 2%; la Argentina 7% y 2.2% respectivamente (cifras de CEDLAS/UNLP).

Es una vergüenza. Todo por el empecinamiento resentido de emprenderla contra la libertad; todo por no permitir que, en el uso de esa libertad, la gente progrese disparejamente. Su ambición por la igualdad material redujo la opulencia y aumentó la miseria, para redondear un promedio pobre.

Cuando se escriban los tratados sobre los fracasos más estrepitosos de la historia humana; sobre los estados fallidos más grandes, el nombre de la Argentina surgirá fulgurante en homenaje al conjunto de cultores de la envidia que transformaron a este país en una ruina.

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