Ahora que ya destruimos el trabajo, destruyamos también el teletrabajo

La creatividad humana no aprende nunca. Pueden oponérsele a ella mil obstáculos, decenas de fascistas pueden emprenderla contra la iniciativa individual y ella siempre encontrará un camino para superarlos.

En la Argentina actual parecería mentira que haya gente dispuesta aun a generar trabajo cuando el plan del fascismo es destruir el poco que quedaba, pero no obstante esa iniciativa sigue sorprendiendo y produce milagros haciendo crecer el pasto en la arena o sacándole jugo a las piedras del desierto. Es lo que ocurrió con el llamado “teletrabajo”.


El derecho laboral argentino hace 70 años que destruye el trabajo. Dejó a millones de personas sin empleo y a otras tantas las mandó a la salvajada de la informalidad, donde no existe ninguna ley, donde impera la fuerza y el desamparo.

La aspiración de creer que desde el Estado se podían regular los aspectos más estúpidos de las relaciones humanas que surgen del trabajo, conjuntamente con un formidable negocio sindical tejido en complicidad con dirigentes eternos que, sin trabajar, se han convertido en una casta millonaria, ha hecho que el país se detuviera. Un enorme proceso de estancamiento atacó las bases más profundas de la Argentina y retrotrajo todo el avance y el desarrollo que el país había alcanzado durante 90 años.

La libertad de emprendimiento y de creación que la Constitución les había dado a todos los habitantes de la nación (que había sido incluso el gran llamador de millones de brazos extranjeros que escucharon el mensaje y vinieron a la Argentina a trabajar libremente, a “hacerse la América” y con ellos contribuir al despegue de un país en las antípodas) puso en práctica un sistema de progreso que asombró al mundo, con creación de empresas, conquista de territorios inhóspitos, multiplicación de empleos, inventos, proyectos, desarrollo.

Toda esa enorme capacidad de ir hacia adelante recibió un freno en seco cuando una contrarreforma fascista y de profundo sentido antiliberal, antirepublicano y, en gran medida, antidemocrático, cambió el orden legal de la Constitución y tejió un enjambre de regulaciones que, en términos prácticos, prohibió el trabajo; prohibió trabajar.

Fueron tantas las disposiciones y reglamentaciones que quien pretendía dar trabajo debía cumplir, que esa capacidad de generación fue menguando por una sencilla razón de costos: producir un empleo era carísimo. Por lo tanto el empleo -formal, al menos- murió en la Argentina.

Solo unos pocos soñadores completamente locos siguen cayendo en la trampa de invertir en el país para generar trabajo. Los más lúcidos se han ido o han pasado a la clandestinidad del empleo informal. Y el país cayó en un profundo estancamiento porque donde el trabajo está prohibido sólo puede esperarse miseria.

Sobre todo este panorama sombrío, encima se produjo el pésimo manejo que de la pandemia hizo el gobierno kirchnerista con la cuarentena/plan de sometimiento. Si algo faltaba para terminar de eliminar el trabajo en la Argentina era el kirchnerismo con su programa de servidumbre.

Sin embargo, milagrosamente, -porque, como decíamos en el inicio, la capacidad de la iniciativa individual es simplemente increíble- de todas formas hubo argentinos que se las ingeniaron para trabajar, para seguir trabajando o incluso para generar nuevas formas de trabajo.

Y apareció entonces el “teletrabajo”, una forma para trabajar desde la casa de cada uno, vía remota, incluso quizás atendiendo más de un trabajo a la vez con la posibilidad de generar más de un ingreso a la vez.

El teletrabajo le daba a las empresas la posibilidad de bajar costos de infraestructura, seguros, energía, espacio físico, en fin toda una serie de ventajas para bajar los costos que el demencial orden laboral argentino les venía imponiendo de modo creciente desde hace siete décadas.

¿Y qué ocurrió entonces? El fascismo llegó para prohibir el teletrabajo. ¿Dicen las nuevas regulaciones del fascismo que el teletrabajo pasa a estar prohibido en la Argentina? No, claro. De ninguna manera. El fascismo se cuida mucho de “prohibir” de modo expreso (aunque muchas veces la tentación autoritaria que lleva en la sangre hace que lo haga igual). Pero genera un océano tal de regulaciones que a los efectos prácticos es como si estableciera una prohibición, porque nadie estará dispuesto a generar trabajo bajo esas condiciones. El resultado es, entonces, el no-trabajo; la desaparición del empleo, la destrucción de la generación de riqueza.

Ahora la han emprendido contra esta modalidad que la cuarentena había, de alguna manera, estimulado. La ausencia de Estado y de los sindicatos respecto de esta modalidad de trabajar duró 10 minutos: en cuanto advirtieron que alguien había inventado una forma de trabajar con menos costos, allí fueron a la carga.

Han generado tantas regulaciones que todas las ventajas que para el creador de empleos tenía el teletrabajo, han desaparecido. Con lo cual lo más probable que suceda es lo mismo que ocurrió con el trabajo tradicional: que se termine o que quede limitado solo a unos pocos locos que pese a las dificultades que el fascismo genera igual tengan el ánimo de continuar.


Porque lo que el fascismo es, en el fondo, es eso: un exterminador criminal de sueños. Allí donde nace la visualización de un horizonte de progreso, allí llegan sus huestes para destruirlo todo; para terminar con el sueño, con el horizonte y con el progreso.

Los trabajadores que ilusoriamente creen las mentiras que les venden un conjunto de jerarcas estatales entongados con una casta de sindicalistas mafiosos que solo aspiran a robar plata para vivir como los cortesanos de la Edad Media, terminarán hundidos en la miseria, creídos que tienen el 100% de las protecciones cuando, en realidad, están siendo arrojados al yermo de la máxima de las incertidumbres: no tener dónde trabajar.

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