
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Cada 2 de abril la Argentina vuelve a mirarse en el espejo de la Guerra de las Malvinas. Y, como ocurre con todo espejo incómodo, selecciona qué parte de la imagen quiere ver.
La causa de la soberanía es legítima. Histórica, jurídica y moralmente incuestionable. No hay ambigüedad posible: las Malvinas son argentinas. Defender eso no requiere matices ni prudencias diplomáticas impostadas. Requiere convicción.
Pero la convicción no puede ser excusa para la ceguera.
La guerra de 1982 fue un error estratégico monumental. No fue un acto de patriotismo sino la huida hacia adelante de un régimen agotado. Leopoldo Galtieri no buscaba reivindicar derechos históricos: buscaba oxígeno político. Y en ese intento arrastró a una sociedad que confundió emoción con inteligencia y épica con improvisación.
Decirlo no debilita la causa. La dignifica. Porque la separa de la manipulación y la devuelve al terreno donde debe estar: el de los intereses permanentes de la Nación, no el de las urgencias de un gobierno.
Sin embargo, hay una consecuencia de aquel conflicto que sigue operando con más fuerza que cualquier argumento diplomático. Una consecuencia silenciosa, profunda y, sobre todo, destructiva.
La guerra no solo dejó muertos. Dejó algo peor: consolidó en la Argentina un odio visceral hacia lo inglés y todo lo que lo rodea.
Y ahí empieza el verdadero problema.
Porque en ese rechazo indiscriminado no solo se condena a un país con el que se mantiene una disputa territorial. Se condena, también, un conjunto de valores que han demostrado —en el mundo real, no en el relato— ser eficaces para construir progreso.
El blanco simbólico es el Reino Unido. Pero lo que realmente se rechaza es otra cosa.
La ética del trabajo. La responsabilidad individual. El respeto por la ley como límite efectivo. La cultura de la palabra cumplida. La organización social que no depende exclusivamente del Estado.
Nada de eso es “inglés” en sentido excluyente. Pero sí es característico de esa tradición cultural. Y, sobre todo, es exactamente lo que a la Argentina le falta.
En lugar de aprender de esos rasgos, el país optó —cómodamente— por demonizarlos. Como si despreciarlos fuera una forma de patriotismo. Como si el rechazo cultural pudiera compensar la falta de resultados.
Así, Malvinas dejó de ser solo una causa legítima para convertirse también en una coartada. Una excusa perfecta para evitar la discusión incómoda: por qué seguimos siendo un país que castiga al que produce, que sospecha del mérito y que convierte al Estado en refugio antes que en marco.
Es más fácil indignarse con Londres que revisar la propia decadencia. Más sencillo invocar el colonialismo que admitir el fracaso doméstico. Más rentable sostener el conflicto que resolver las propias contradicciones.
Pero hay una verdad que este 2 de abril debería obligar a enfrentar.
La verdadera desgracia del conflicto del Atlántico Sur —más allá de las vidas absurdamente perdidas— no fue solo militar ni diplomática. Fue cultural.
Fue haber profundizado un rechazo casi instintivo hacia todo lo asociado a lo inglés, sin advertir que en esos mismos rasgos —los que se despreciaron por reflejo— reside buena parte de la explicación del progreso que aquí no logramos.
En otras palabras: convertimos en enemigo aquello que, en muchos aspectos, podría habernos servido de ejemplo.
Y ese error sigue vigente.
La soberanía sobre Malvinas es una causa que merece ser sostenida con firmeza. Pero no puede seguir siendo utilizada como refugio emocional ni como excusa intelectual.
Porque ningún reclamo territorial va a sacar a la Argentina de su estancamiento si el país insiste en rechazar —por prejuicio o comodidad— los valores que podrían impulsarlo hacia adelante.
El problema, entonces, no es solo lo que ocurrió en 1982. Es lo que seguimos eligiendo no aprender desde entonces. El enemigo, aunque incomode admitirlo, no está en las islas.
Está en la decisión persistente de despreciar aquello que podría ayudarnos a dejar atrás nuestra insoportable escasez.


Mas alla de la reflexion, Honor y Gloria a los Heroes de Malvinas!!!!
Señor Mira, yo digo desde hace tiempo que si los europeos tuvieran todavía ese odio irracional de nuestro nacionalismo exacerbado contra los ingleses, por ejemplo, franceses y alemanes todavía estarían a los tiros. Pero establecieron la Unión del carbón y el acero, germen de la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Después de haber experimentado una guerra trágica.