Sin dudas, Alberto Fernández debe obedecer. Su radio de acción en el gobierno que supuestamente preside es completamente nulo. Él debe cuadrarse ante las decisiones que toma su jefa, la verdadera presidente de facto del país, la Sra. Cristina Fernández. Como dice el profesor Sabsay la Argentina vive bajo un sistema original: un sistema vicepresidencial.
La única obsesión de la comandante de El Calafate es ser declarada inocente de culpa y cargo en todos los juicios por corrupción que la atormentan desde que ella misma era presidente formal. Su fanatismo ciego quiso aprovechar la volada y ensayar un caso de persecución política bajo la insoportable payasada del lawfare a cargo de jueces supuestamente “manejados” por Macri y por Cambiemos, olvidando que todos los juicios que pesan sobre ella comenzaron cuando aún era presidente.
Quizás en este detalle se halle explicado el drama del kirchnerismo: es un movimiento totalitario no apto para sobrevivir en un sistema en el que existan controles e instituciones independientes que lo limiten. Con todas sus fallas y con todos los chirridos de una maquinaria oxidada, la Argentina aún tiene el resabio de la organización republicana que le dio su Constitución original y, sometida a toda clase de dificultades, esa base sigue funcionando.
El poder judicial es el único poder de control del abuso público que organizó la Constitución. Es un poder creado en defensa del ciudadano y en contra del abuso de los poderes políticos. Esa limitación es repulsiva para el kirchnerismo cuyo ADN lo impulsa a repeler todo control que pretenda ejercerse sobre él. En otras palabras, en la Argentina, o es la Constitución o es el kirchnerismo; ambos no pueden convivir. No es que el kirchnerismo haga cosas inconstitucionales; el kirchnerismo es inconstitucional por su propia naturaleza.
Como corresponde a quien tiene una concepción bélica de la existencia y concibe las relaciones humanas como un permanente conflicto, la comandante vio la oportunidad de “venderle” al país la idea de la persecución política promovida por Macri y lanzó la idea del lawfare en la seguridad de que nadie se acordaría de que en realidad los juicios se habían iniciado cuando la ella era presidente, en un típico movimiento republicano de control judicial sobre el accionar del ejecutivo, tal cual lo dispone la Constitución.
Transcurrido un año de gobierno, sin mayores avances en el objetivo kirchnerista de redimir de culpa y cargo a sus figuras; producidos fallos (como el de Lázaro Báez y su familia) que puso muy nerviosa a la “señora” y con una manifiesta dificultad del presidente-lacayo para dar cumplimiento a sus órdenes, la jefa dispuso que Marcela Losardo, la socia de toda la vida del presidente, debía irse.
Fernández hizo un vano intento por resistir que duró 72hs. La ministra de justicia está fuera del gobierno y su reemplazante será Martín Soria, un hiperkirchnerista que reproduce en sus redes las llamaradas de incendio que salen de la lengua karateka de la comandante. Si bien hay otro candidato, Ramiro Gutierrez, de filiación massista, todo indica que las huestes de la “señora” se quedarán con el puesto que anhela para seguir embistiendo contra los jueces.
Los propios comentarios del presidente lo preanuncian; “Marcela renunció porque siente que no tiene las energías para encarar la etapa que viene”. La “etapa que viene” no es otra que la arremetida bestial contra la independencia del único poder de control político y de defensa ciudadana.
En ese sentido, resultó repugnante escuchar al presidente ayer, en el Día Internacional de la Mujer, decir que “cuando insistimos en hablar de la justicia es porque no queremos más Úrsulas, ni Micaelas” (haciendo referencias a las jóvenes asesinadas a manos de sus parejas en los femicidios más recientes de la Argentina).
¡Qué caradura!, ¡Qué mentiroso! ¡Ya ni siquiera les importa salvar las apariencias! Ninguno de los ataques a la justicia ha tenido como blanco a los jueces ordinarios que entienden en casos como los de Úrsula y Micaela; todos han sido dirigidos a jueces federales que tienen causas de corrupción política entre sus manos; casos en donde se investigan los robos del kirchnerismo al pueblo argentino.
Es más, más de uno de nosotros recibiría de buen grado proyectos que, efectivamente, tiendan a hacer esa justicia ordinaria, más expeditiva, más justa, más eficiente y menos trabada. Pero “esa” justicia al kirchnerismo no le interesa: después de todo son los jueces que se ocupan de las cuestiones “menores” de los ciudadanos rasos. La justicia señalada y puesta en el blanco de los misiles kirchneristas es la justicia que los enjuicia a ellos, la que los molesta controlaádolos, la que les impide hacer sin control alguno lo que quieren, la que revisa si robaron, la que defiende los intereses del ciudadano por la vía de poner obstáculos a la pretensión de abusar y eliminar los derechos individuales.
Esa es “la etapa que se viene”, señores. Esa es la única etapa que le interesa al kirchnerismo. Este engendro no vino a gobernar el país: vino a adueñárselo, vino a quitárnoslo. Si una parte importante de la sociedad se come el caramelito del lawfare y de que la justica está en contra de los movimientos populares, el país perderá su reserva de garantía y todo quedará en manos de los ladrones.
Aquí no hay lawfare: hay funcionamiento (y bastante lento y problemático) de un esquema constitucional que es el que exactamente pensaron los constituyentes para evitar que los argentinos cayeran de nuevo en manos de aprendices de brujo que no perseguían otra cosa que no fuera la suma del poder.
Cuando la gente escuche “movimientos populares” debería preguntarse cómo viven los supuestos integrantes de los “movimientos populares” para ver qué tan populares son y si no han “vendido” ese espejito de color para engañar a incautos y llevársela en pala. Francamente no sé qué más hay que probar para que a esa gente le quede claro el robo.
Pero, no hay caso: cuando uno está ciego por el resentimiento es muy frecuente que le dé su apoyo a un delincuente con tal que éste le prometa que irá contra aquellos a los que el resentido detesta.


Hola Carlo;
Muy buen comentario como siempre. Pero me gustaría aclarar; como ex-karateca, que este deporte y arte marcial es defensivo. El primer movimiento es siempre una defensa o desvió. Uno de los lemas del Karate, que se como si dijéramos los diez mandamientos es, – Abstenerse de procederes violentos.
La lengua de la señora presidente del rencor, es mas acorde a los embates de los vikingos, cuya primera línea de choque eran los Berserkers.
Guerreros descontrolados que desembarcaban en un frenesí asesino fogueado por hongos alucinógenos.
Con el grito de – Drepa Adla – ( maten a todos ) atacaban a los que invadían sin merced. Una especie de – Vamos por todo – medieval si se quiere.
Por eso cuando uno esta violentamente loco se le dice en ingles que esta «Berserk».
El origen del Karate fue en Okinawa, un método para lograr auto disciplina y auto control, y defenderse de los ataques de los Samuráis. .
Gracias