
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Luego de la entrevista que la condenada Kirchner diera al diario norteamericano The Washington Post, queda aun más claro algo que siempre fue evidente pero que desde ayer cobra una dimension de confirmación global respecto de la cual uno guardaba una lejana expectativa de institucionalidad. Pero no: Kirchner sigue creyéndose a sí misma una especie de deidad que está por encima de la ley y respecto de quien todos deberíamos estar contestes en que nosotros no somos iguales a ella.
Ello se desprende claramente de su afirmación -e insistencia- de que no descarta ser candidata a presidente “cuando recupere (sus) derechos políticos”. O sea, la señora no termina de procesar la idea de que la ley -que en una democracia republicana está por encima de todos los ciudadanos sean ellos quienes sean- le ha impuesto una pena no borrable por el paso del tiempo, no mutable por una decisión política (un indulto podría liberarla de la cárcel pero no hacerle recuperar su habilitación política) y definitiva desde ahora y para siempre.
Ella se niega a aceptar eso. No logra metabolizarlo porque la composición química de su cerebro (y la obsecuencia de una audiencia con un nivel de educación cívica paupérrimo) la programó para creerse una reina absoluta (al estilo de las de la Edad Media) a la que no se le puede aplicar una sanción así, empezando por el hecho de que, quienes se la impusieron, son seres inferiores a ella, súbditos que deberían saber, antes que nada, que a ella se le debe reverencia y permiso para hacer lo que se le cante a la parte de su propio cuerpo que más le guste.
Lo que sí no se entiende bien es la pregunta del diario que justamente da pie a que ella responda de la manera que lo hizo. Salvo que, efectivamente, un diario norteamericano entienda que en otras partes del mundo que no sean los EEUU puede seguir efectivamente vigente un régimen en donde ciertas personas están por encima de la ley. Porque para mi resulta obvio que un periodista norteamericano, esa pregunta, no se la habría hecho a un ex presidente de su país a quien un juez imparcial y con las garantías del debido proceso cumplidas, le hubiera impuesto una sanción similar. Porque en EEUU esta muy arraigada la idea de que, en efecto, NINGÚN CIUDADANO, está por encima de la ley, porque es justamente esa, la señal de que todos entienden que viven bajo una república.
Es bien conocida, en ese sentido, la anécdota que una señora -que esperaba ansiosa la salida de los constituyentes norteamericanos del Pennsylvania State House (hoy “Independence Hall”)- le hizo a Benjamin Franklin cuando por fin lo vio salir de aquella sala en la que bajo el caluroso verano de 1787 un grupo de visionarios diseñaba la arquitectura final que iba a tener el gobierno de los Estados Unidos. Hasta ese momento el pueblo había estado expectante de las noticias porque había mucha discusión sobre qué forma debería ser la más apropiada para el nuevo país.
Lo cierto es que esta señora le pregunta a Franklin “¿qué tipo de gobierno nos han dado?” Y lo sugestivamente llamativo es la respuesta. Dijo Franklin: “Una república, señora, si es ustedes son capaces de mantenerla”. Es decir, el viejo genio que había enhebrado la alianza con Francia para asegurar la Independencia -declarada 11 años antes- sabía que el autogobierno y la preemiencia de la ley (esto es, justamente, la República) solo podría mantenerse en el tiempo si el núcleo troncal de su idea se filtraba hasta el tuétano de hasta del ultimo de los ciudadanos. Si esa convicción de que la única igualdad posible es ante la ley y de que nadie está por encima de ella, no terminaba permeando hasta los mas profundo del alma del último y más alejado campesino, el experimento norteamericano fracasaría.
Entonces, de regreso al alma del reportaje del Post a Kirchner, o bien el periodista cree que solo los EEUU han conseguido que sus ciudadanos entiendan el concepto real de vivir bajo los principios de una República o presumió que la que ignora esas verdades era su entrevistada y -digámoslo también- buena parte de los que la apoyan, que de ese modo dan una clara señal de que no saben lo que es una República (y a los que, seguramente, Franklin, acusaría de ser la causa de por qué el autogobierno en la Argentina nunca fue del todo posible).
Estas sutilezas son, en el fondo, lo más rico del reportaje. Porque, en efecto, cuando las cosas se dicen con la naturalidad y frescura que tiene el que cree estar expresando no más que obviedades (cuando en realidad son disparates cívicos), es cuando uno puede sacar las conclusiones más interesantes, no solo de lo que pasa por la cabeza del entrevistado sino por la de los que lo apoyan.
Cuando Kirchner dice con toda naturalidad que analiza ser candidata a presidente “cuando (sus) derechos politicos” sean recuperados le grita al mundo que en la Argentina los argentinos no supimos “mantener la República” que nos dieron nuestros constituyentes, para usar las palabras de Franklin. Porque Kirchner podrá tener una alta dosis de megalomanía en sangre pero no hay dudas de que una parte importante de la sociedad sentó suficientes bases culturales, históricas y de tradición como para que ella se lo crea.
Alberdi decía que el tirano no era la causa sino el efecto de la tiranía, y, efectivamente, en un pueblo que admite que uno de los suyos se eleve respecto de la ley a un nivel que no se les permite a los demás, es un pueblo en el que siempre estará latente el embrión de un capitoste que se alce en un altar incompatible con la mismísima idea de la República y de la Constitución. Y ni hablar si esa anomalía efectivamente se concretara (la de que a Kirchner se le removiera su inhabilitación absoluta para ejercer cargos públicos) porque esa sería el acta de defunción definitiva de lo que alguna vez pretendió ser la República Argentina.


Esta individua, DELINCUENTE MAYÚSCULA y TRAIDORA de la PATRIA, debería ser candidata a presidir un grupo de psicópatas exquisofrenicos igual que ella, es de lo peor, la verdad es que provoca un rechazo inconmensurable.