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La parábola de Freddy Mercury

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hay una canción de Queen que Brian May escribió y que quedó inevitablemente asociada a Freddie Mercury: Too Much Love Will Kill You. La frase es tan potente como incómoda: “demasiado amor te matará”.

La idea abre una discusión eterna: ¿puede algo que en principio es bueno convertirse en malo cuando aparece en exceso? Con casi cualquier cosa la respuesta parece obvia. Demasiado poder, demasiado dinero, demasiado trabajo, demasiada velocidad. Todo aquello que pierde proporción puede terminar produciendo el efecto contrario.

Pero con el amor pareciera que la regla no debería funcionar. ¿Quién se atrevería a decir que alguien puede morir por exceso de amor? Sin embargo, Brian May se animó a formularlo.

Y quizá nosotros deberíamos animarnos a aplicar la misma lógica a otras dos palabras que en la Argentina gozan de una especie de inmunidad moral: democracia y pasión. ¿Quién se atrevería a decir que demasiada democracia puede matar? ¿Quién se animaría a sostener que demasiada pasión puede terminar destruyendo aquello que pretende defender?

Como Brian May, permítanme dudar. Porque quizás el problema no sea aquello que tenemos, sino aquello que tenemos en exceso.

La democracia es una de las mejores herramientas que encontró la civilización para organizar el poder político. Pero precisamente por eso no deberíamos confundirla con la concentración absoluta del poder en manos de una mayoría.

Hay una diferencia enorme entre que gobierne una mayoría y que esa mayoría crea que, por ser mayoría, tiene derecho a gobernarlo todo. Cuando una mayoría transforma su respaldo electoral en un aluvión arrollador que pretende representar la voluntad de “todo el pueblo”, comienza a cerrarse un círculo peligroso: el de la concentración del poder. “Pero ese puño tiene el aval de la mayoría absoluta”. Sí. ¿Y? Eso no lo convierte necesariamente en bueno.

La división de poderes, la periodicidad de las funciones, la alternancia en el gobierno y, en países federales como la Argentina, la distribución territorial del poder no fueron inventadas para obstaculizar la democracia. Fueron pensadas para protegerla.

Porque democracia no significa solamente contar votos. También significa impedir que quien ganó pueda hacer cualquier cosa con ellos. La experiencia histórica debería bastar para entenderlo. Desde Hitler y Mussolini hasta Perón y Castro —con todas sus enormes diferencias históricas e ideológicas—, el mundo ofrece ejemplos de procesos en los cuales la legitimidad popular, real o invocada, terminó siendo utilizada para ampliar la concentración del poder.

El problema, entonces, no es la democracia. El problema es una democracia entendida como poder mayoritario sin límites: una especie de hiperdemocracia en la que la mayoría deja de aceptar que existen instituciones, derechos y límites por encima de su voluntad coyuntural. Y cuando una mayoría cree que puede hacerlo todo porque ganó una elección, la distancia entre democracia y despotismo empieza a hacerse peligrosamente corta.

Con la pasión ocurre algo parecido. Los argentinos hemos recibido innumerables elogios del mundo por nuestra manera de vivir el fútbol. Nos admiran porque sentimos como pocos. Porque sufrimos, gritamos, lloramos y convertimos un partido en una experiencia existencial.

Y hasta cierto punto tienen razón. Hay algo maravilloso en esa capacidad de sentir intensamente. Pero una cosa es admirar la pasión de un pueblo desde afuera y otra muy distinta es tener que convivir todos los días con sus excesos.

La pasión es extraordinaria cuando impulsa, inspira y moviliza. Se vuelve peligrosa cuando reemplaza a la razón. En la Argentina existe una tendencia a convertirlo todo en vida o muerte. Todo es épico. Todo es definitivo. Todo exige tomar partido. Todo necesita un enemigo. La política se vive como fútbol. El fútbol se vive como una guerra. Las diferencias de opinión se transforman en cuestiones morales. Y el adversario deja de ser alguien que piensa distinto para convertirse en alguien que merece ser derrotado.

Es una manera apasionada de vivir. También puede ser una manera muy poco racional de convivir.

Quizás Lionel Messi permita entender la diferencia. Con la pelota en los pies y la camiseta argentina sobre el cuerpo, nadie podría acusarlo de falta de pasión. Pero esa pasión convive con una enorme racionalidad. Messi siente muchísimo y, sin embargo, decide con precisión extraordinaria. No necesita destruir al otro para ganar. No convierte cada jugada en una cuestión de vida o muerte. Juega. Piensa. Decide. Y cuando encuentra el momento, actúa.

Quizás esa sea la combinación que nos falta como sociedad: pasión con racionalidad. Una Argentina apasionada pero racional podría ser extraordinaria. Una sociedad donde todo se viva intensamente, pero donde las instituciones importen; donde se discuta con fervor, pero se acepte al que piensa diferente; donde se defienda una idea con convicción, pero no se pretenda eliminar al adversario.

Lo contrario es construir un país sobre una “italianeidad” extrema, donde todo sea emoción, dramatismo, intensidad y vida o muerte. Porque cuando todo es pasión, nada admite matices. Y cuando todo es vida o muerte, tarde o temprano algo termina muriendo.

Quizás eso era lo que Brian May estaba diciendo: que incluso el amor, cuando pierde toda proporción, puede destruir. Las virtudes llevadas al extremo pueden convertirse en defectos. La democracia necesita límites para seguir siendo democracia. La pasión necesita razón para no convertirse en fanatismo.

Y una sociedad necesita instituciones precisamente porque sus mayorías, sus emociones y sus pasiones son cambiantes. Tal vez los extranjeros que admiran nuestra pasión tengan razón envidiando nuestra capacidad de sentir. Pero deberían tener cuidado antes de envidiar nuestros excesos.

Y nosotros deberíamos tener todavía más cuidado antes de convertir esos excesos en una virtud nacional. Porque quizás el problema de la Argentina no sea que nos falte democracia. Ni que nos falte pasión. Quizás, como en la canción de Brian May, todavía no aprendimos que demasiado de algo bueno también puede matarte. Y seguramente te matará.

Por Carlos Mira
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