
Patricia Arencibia, The Post FMGN Press, US Correspondent
Desde Washington — Lo que Donald Trump imaginó como una guerra breve y decisiva contra Irán se ha convertido, seis meses después de su comienzo, en un problema estratégico mucho más difícil de resolver.
El conflicto, iniciado el 28 de febrero con una poderosa ofensiva estadounidense e israelí, debía alterar de manera definitiva el equilibrio de fuerzas en Medio Oriente. La expectativa en Washington era que la combinación de superioridad militar, presión económica y destrucción de infraestructura obligara al régimen iraní a ceder o incluso precipitara su caída.
Pero ninguna de esas dos cosas ocurrió.
Las evaluaciones que surgen ahora desde Washington describen un escenario incómodo para la Casa Blanca: Irán ha sufrido daños enormes, su capacidad militar fue seriamente golpeada y su economía continúa debilitada, pero el régimen sobrevivió. Y, lejos de desaparecer, conserva capacidad para resistir y complicar los objetivos estadounidenses.
Uno de los problemas centrales es que la superioridad militar norteamericana no se tradujo automáticamente en una victoria política.
La campaña logró destruir instalaciones, degradar capacidades y golpear duramente a la estructura militar iraní. Sin embargo, el liderazgo de Teherán consiguió preservar el control interno y mantener una posición desde la cual continuar la confrontación.
La guerra también produjo un efecto paradójico. El régimen iraní, que antes debía enfrentar diferentes expresiones de descontento interno, encontró en el conflicto una poderosa justificación para endurecer la represión. En nombre de la supervivencia nacional, cualquier manifestación de oposición puede ser presentada como una amenaza existencial.
Así, la esperanza estadounidense de que los iraníes se levantaran contra sus dirigentes no se materializó.
El problema de Trump
Para Trump, el dilema es especialmente complejo.
Si continúa escalando, corre el riesgo de transformar una guerra que originalmente debía ser limitada en un conflicto mucho más prolongado, costoso y difícil de controlar. Si reduce la presión, puede aparecer ante sus adversarios como un presidente que no consiguió convertir una extraordinaria superioridad militar en una victoria.
El problema se vuelve todavía más delicado por el agotamiento de determinados recursos militares estadounidenses y por las dificultades para mantener durante mucho tiempo el nivel de intensidad de las operaciones.
A esto se suma un obstáculo geopolítico: el estrecho de Ormuz.
La posibilidad de que Irán mantenga prácticamente cerrado ese paso estratégico constituye una amenaza no sólo militar sino económica. Cualquier intento estadounidense de reabrirlo podría exigir nuevas operaciones y aumentar todavía más los riesgos de una escalada.
Trump se encuentra, entonces, ante una contradicción.
Su instinto político lo lleva a buscar resultados contundentes y rápidos. Pero una guerra prolongada exige precisamente lo contrario: paciencia, objetivos limitados y una estrategia capaz de sostenerse durante meses o años.
La comparación con la historia estadounidense resulta inevitable. El propio Trump llegó al conflicto prometiendo algo muy diferente a las largas guerras de Medio Oriente que marcaron las últimas décadas. Se presentó como el presidente que podía utilizar el poder militar estadounidense de manera decisiva para obtener resultados rápidos.
Seis meses después, esa promesa enfrenta su prueba más difícil.
Una victoria militar que no alcanza
La cuestión fundamental no es si Estados Unidos consiguió infligir daños a Irán. Lo hizo.
La pregunta es qué consiguió políticamente con esos daños.
Si el objetivo era eliminar la amenaza nuclear iraní, destruir buena parte de su capacidad militar y crear las condiciones para un cambio de régimen, el resultado aparece mucho más ambiguo.
Irán continúa existiendo como Estado, su aparato político sobrevivió y su liderazgo mantiene capacidad para controlar buena parte del territorio y de la sociedad.
Además, la guerra fortaleció algunos de los argumentos que Teherán utiliza desde hace décadas: que enfrenta una amenaza externa permanente y que, por lo tanto, la resistencia constituye una cuestión de supervivencia nacional.
El resultado es una situación que ningún estratega estadounidense parece haber deseado: Estados Unidos es militarmente dominante, pero políticamente no tiene una salida sencilla.
Y cuanto más tiempo permanezca abierta la guerra, más difícil será transformar esa ventaja militar en una solución.
El costo de no tener una salida
La gran incógnita para Trump es ahora cómo terminar el conflicto.
Una guerra puede comenzar con relativa facilidad cuando existe una enorme superioridad militar. Terminarla es mucho más complicado.
Washington necesita encontrar una fórmula que permita presentar el resultado como una victoria sin exigir una capitulación iraní que probablemente Teherán no está dispuesto a conceder.
Mientras tanto, el conflicto continúa generando costos económicos, militares y diplomáticos. La credibilidad estadounidense también está en juego: aliados y adversarios observan hasta dónde está dispuesto a llegar Washington y, sobre todo, si puede conseguir los objetivos que se propone.
La paradoja de estos seis meses es evidente.
Estados Unidos consiguió demostrar una vez más que posee una capacidad militar extraordinaria. Pero Irán consiguió demostrar que una enorme superioridad militar no necesariamente alcanza para imponer una solución política.
Y esa puede ser la conclusión más incómoda para Trump.
La guerra que debía ser rápida terminó convirtiéndose en una prueba de resistencia. El régimen iraní sigue en pie, Ormuz continúa siendo una pieza crítica del tablero y las opciones de Washington se redujeron precisamente a medida que aumentaba su poder de fuego.
Seis meses después, el problema ya no es cómo derrotar militarmente a Irán.
El problema es cómo salir de una guerra en la que Estados Unidos puede ganar cada batalla y, aun así, no encontrar una victoria definitiva.
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