
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
A veces uno se pregunta si los argentinos opinan en pleno ejercicio de sus facultades mentales. No me refiero a si están todos locos —aunque eso tampoco se sabe—. Me refiero a otra cosa: a si eso que aparece en las encuestas como “la opinión de los argentinos” es efectivamente una opinión formada a partir del conocimiento de la información completa sobre aquello que se está opinando, o si, por el contrario, es simplemente el resultado de una moda, de dejarse influenciar por la instalación mediática de un tema o, sencillamente, de que somos todos idiotas. La pregunta no es menor cuando una encuesta de las llamadas “serias”, como las de Atlas-Intel, coloca a Myriam Bregman como la dirigente política con mejor imagen positiva de la Argentina.
La misma dirigente que reivindica una concepción política que parte de una premisa elemental: la propiedad privada no es un derecho sino un obstáculo que el Estado debe remover.
Entonces yo pregunto: ¿sos o te hacés? ¿Cómo vas a considerar confiable, o siquiera de buena imagen, a alguien que basa su programa político en una concepción que supone que aquello que vos generaste, ahorraste, invertiste o heredaste te será robado por el Estado en nombre de una supuesta justicia social?
¿Sos pelotudo o tu resentimiento hacia los que tienen algo más que vos es tan grande que te hace pensar que esta señora les va a robar a ellos pero a vos no? ¿Pero, sos idiota natural o alquilas? Porque ésa es, en definitiva, la cuestión que debería estar detrás de cualquier análisis serio sobre estas encuestas.
Bregman obtuvo 47% de imagen positiva y fue la única de los dirigentes medidos por aquel estudio de Atlas-Intel que tuvo un diferencial positivo. Y uno vuelve a preguntarse: ¿qué está votando, pensando u opinando esa gente cuando dice que tiene una buena imagen de Bregman? ¿Conoce lo que Bregman propone? ¿Conoce la tradición política de la que proviene? ¿Sabe cómo les fue a los países que tuvieron la oportunidad de llevarla a la práctica? ¿O simplemente escuchó que “defiende a los pobres”, que “está contra los ricos” y eso alcanza para adjudicarle una buena imagen?
Porque si alcanza con eso, estamos en problemas. Y resulta francamente increíble que, a la vuelta de tantos años, los argentinos sigamos siendo presa fácil de estos embustes y de las posturas demagógicas de personajes que no conocen ni los escrúpulos ni la vergüenza.
Bregman acaba de instalar, junto con otros dirigentes opositores, la idea de que en la Argentina hay 21 millones de familias en mora como consecuencia del “terrible ajuste” de Milei.
La realidad es que el gramscismo de Bregman le hace decir (con toda intención, naturalmente) “familias” donde debió decir personas. (Otro impresentable “camarada”suyo -camuflado de “peronista” en la provincia de BsAs, el ministro Alonso- repitió, sugestivamente, exactamente lo mismo)
Lo que hay son 21 millones de individuos que tienen algún tipo de deuda. Pero los que están efectivamente en situación de mora son aproximadamente 5,9 millones. Es decir: hay unos quince millones de personas endeudadas que continúan cumpliendo normalmente con sus obligaciones.
La diferencia no es semántica. Es gigantesca. Y un dirigente político responsable debería conocerla antes de salir a hablar. Que un zapallazo de esta magnitud lo diga una desesperada por acceder al lugar que le permita desplegar todo el abanico de su odio de clases puede tener su lógica. Ahora, que una masa de argentinos embobados por la mentira compre el argumento sin preguntarse siquiera qué significa realmente el número, es lo que vuelve a plantear las dudas expresadas al principio.
Porque hay algo todavía más preocupante detrás de este discurso: el mensaje subliminal de condena al crédito. Y eso sí que es grave. El mundo desarrollado se construyó, entre otras cosas, sobre el crédito. Las familias compran viviendas con crédito. Compran automóviles con crédito. Las empresas invierten con crédito. Los emprendedores empiezan negocios con crédito. Los países financian obras de infraestructura con crédito.
El crédito no es una enfermedad. El crédito es una de las herramientas fundamentales del capitalismo moderno. Por supuesto que existe el sobreendeudamiento. Por supuesto que existe la mora. Por supuesto que hay personas que no pueden pagar sus obligaciones. Y eso merece atención, análisis y eventualmente políticas públicas. Pero de ahí a convertir al crédito en el villano de la película hay un trecho enorme.
Y un dirigente político responsable debería estar estimulando la institución del crédito, no condenándola ni estigmatizando a quienes lo ofrecen. Más todavía cuando los propios números muestran que el problema no es que 21 millones de argentinos hayan dejado de pagar sus créditos. El problema es que aproximadamente 5,9 millones están en mora mientras unos quince millones continúan cumpliendo normalmente.
Y hay otra cuestión que también debería discutirse. En la embestida contra Mercado Pago, Bregman y quienes acompañan este discurso presentan a las billeteras virtuales como si fueran el epicentro del problema. Pero los datos muestran un fenómeno completamente diferente: la mora atraviesa principalmente a los bancos. Del volumen total de deuda en mora MP tiene menos del 2% y su cuota promedio es de menos de 100 mil pesos.
Entonces habría que preguntarles a Bregman y a quienes acompañan esta cruzada contra el crédito: ¿qué hacemos con los bancos públicos? Porque si el problema son las tasas que “ahogan” a los deudores, como dicen, ¿qué ocurre con el Banco Provincia? ¿No es acaso un banco que está bajo la órbita del gobierno de la provincia de Buenos Aires a cargo de otro camarada camuflado como Kicillof? La cuota promedio en mora en el Banco Provincia es de 1.8 millones de pesos (cuando en MP era de menos de 100 mil pesos)
¿No sería entonces perfectamente lógico que el gobierno de Axel Kicillof, si considera que las tasas de mercado son responsables del drama del endeudamiento, instrumentara un esquema de tasas subsidiadas para que los bonaerenses puedan obtener dinero prácticamente regalado? ¿O el capitalismo es malo solamente cuando lo practican los demás? Porque ésta es otra de las contradicciones maravillosas de nuestra política.
El Estado administra bancos, cobra impuestos, fija regulaciones, participa de empresas, subsidia actividades y decide quién recibe beneficios. Pero cuando un privado presta plata, cobra intereses y asume el riesgo de que no se la devuelvan, entonces aparece el demonio capitalista.
Y ahí volvemos al principio. ¿Los argentinos son o se hacen? ¿De verdad creen que votando ideas que parten de la base de que el ingreso privado debe ser confiscado —por robo directo o vía impuestos— por el Estado para que la élite que se sienta en sus sillones lo maneje como si fuera propio, vamos a salir adelante? ¿De verdad creen que el camino hacia la prosperidad consiste en castigar al que produce, al que invierte, al que presta, al que emprende y al que gana dinero?
Porque eso no es nuevo. Ya lo probamos. Y varias veces. En Olavarría, por ejemplo, el intendente – el camarada camuflado Maximiliano Wesner, dirigente de La Cámpora – impulsa un gravamen sobre los parques eólicos que, según fue informado, llegaría a unos US$ 5.200 por molino. Un impuesto al viento. Uno podría pensar que después de semejante demostración de creatividad fiscal sólo falta que alguien descubra la manera de cobrarle Ingresos Brutos a la lluvia. Y por supuesto para robar dinero Wesner deja de lado su odio a Occidente y pretende cobrar en dólares.
Pero ustedes creen que de esta manera el país va a progresar. ¿En serio? ¿De verdad alguien puede creer que la manera de atraer inversiones, generar empleo, producir energía y desarrollar infraestructura consiste en inventar nuevos impuestos sobre quienes ponen capital para hacerlo?
Y después nos preguntamos por qué no vienen las inversiones, o por qué no hay crédito, o por que no hay crecimiento, o por qué algunos argentinos están endeudados.
Es extraordinario. Pero todavía falta una parte del asunto. El periodismo. Porque también habría que preguntarse si aquellos que todos los días le dan aire a este discurso de odio viven en su vida privada de acuerdo con los mandatos que predican para los demás. ¿Sylvestre, Rial, Duggan y siguen las firmas llevan una vida privada acorde con los principios comunistas que defienden desde sus micrófonos? ¿Renuncian a los autos importados? ¿Renuncian a la buena pilcha? ¿Renuncian a vivir bien? ¿Distribuyen voluntariamente sus ingresos entre quienes tienen menos?
¿O son mamusones de autos importados y buena ropa a sueldo de una corriente política totalitaria que pretende volver al poder? Porque el problema no es que alguien sea comunista. Tiene derecho a serlo.
El problema es la contradicción entre predicar la confiscación de la propiedad ajena mientras se disfruta de la propia. El problema es condenar la riqueza mientras se cobra un sueldo que permite vivir cómodamente. El problema es hablar de igualdad mientras se ocupa una posición privilegiada dentro del sistema que se dice combatir.
Y el problema más grande de todos es que haya gente que compre ese discurso sin hacerse una sola pregunta. Por eso, quizás sería interesante que los argentinos comiencen a preguntarse qué responden cuando responden.
En qué están pensando cuando responden. Qué información tienen cuando responden. Si conocen aquello sobre lo que están opinando. Si distinguen entre una opinión propia y una opinión que alguien consiguió instalarles en la cabeza. Y, sobre todo, si creen realmente que con el ejercicio permanente de la bronca se puede llegar alguna vez a un puerto en donde las cosas sean mejores.
Porque si cada vez que alguien tiene algo más que nosotros nuestra reacción es querer quitárselo, si cada vez que alguien gana dinero suponemos que lo hizo explotando a alguien, si cada vez que alguien presta dinero lo convertimos en usurero y si cada vez que alguien invierte lo castigamos con un impuesto nuevo, entonces quizás el problema no sea solamente quién gobierna.
Quizás el problema sea qué estamos pensando cuando elegimos a quienes queremos que gobiernen. Y ahí sí volvemos a la pregunta del principio. Los argentinos, ¿son o se hacen?


Yo creo que son, Carlos. Hace poco le dije que es un pueblo tremendamente ignorante. Y estúpido, agrego hoy.