
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay palabras que, de tanto usarse, terminan revelando algo que siempre estuvo delante de nuestros ojos pero que nadie había logrado nombrar con precisión.
Cuando Marcelo Gallardo regresó a River, una de esas palabras comenzó a aparecer con insistencia en cada conferencia de prensa: fluir.
El concepto, por supuesto, no era nuevo. La fluidez siempre fue una de las virtudes más admiradas del fútbol. Los grandes equipos son aquellos en los que la pelota parece correr sola, donde cada jugador ocupa naturalmente el lugar que el otro necesita y donde las jugadas encuentran su destino sin violencia ni esfuerzo aparente.
Lo novedoso fue que alguien pusiera en palabras aquello que durante décadas había sido apenas una intuición. “Fluir” pasó a describir ese estado ideal en el que el juego encuentra su ritmo y la circulación de la pelota expresa una armonía casi invisible.
Gallardo, desde luego, tampoco inventó el término. La palabra ya venía utilizándose para describir relaciones humanas de toda clase: vínculos afectivos, amistades, familias, empresas o equipos de trabajo. Una relación “fluida” era sinónimo de una relación sana. Cuando las cosas dejaban de funcionar, aparecían otros calificativos: “trabada”, “encorsetada”, “empastada”.
Curiosamente, este último adjetivo terminó conquistando también al fútbol. Hoy cualquier hincha entiende inmediatamente qué significa decir que un equipo está “pastoso”. No hace falta agregar demasiado. La pelota tarda, los movimientos llegan tarde, las decisiones son lentas y todo parece desarrollarse con una pesada dificultad.
Lo paradójico es que el propio Gallardo, el hombre que instaló definitivamente la palabra “fluir” en el vocabulario futbolístico argentino, jamás consiguió que su segundo River fluyera.
Por el contrario. Con cada mercado de pases llegaron más figuras, más nombres, más jerarquía individual. Sin embargo, lejos de lubricar el funcionamiento colectivo, aquella abundancia terminó empastándolo todavía más. El talento individual nunca consiguió convertirse en una circulación armónica del conjunto.
Tengo la sensación de que algo parecido comienza a ocurrir con el gobierno de Javier Milei.
Su programa, simplemente, no está fluyendo. Empiezan a aparecer síntomas de empastamiento en distintos sectores donde “la pelota” ya no corre con la velocidad que el propio gobierno imaginaba.
Naturalmente, sería injusto atribuir toda esa ralentización a errores propios. Milei enfrenta obstáculos culturales, corporativos y políticos enormes. Durante décadas se consolidó una compleja red de intereses cuyo único objetivo consiste precisamente en impedir que cualquier intento de reforma avance con naturalidad. Es lógico que quienes viven del Antiguo Régimen coloquen piedras en el camino.
Pero el problema ya no parece limitarse a ellos. Después de ochenta años de populismo, clientelismo y distorsiones económicas, el reordenamiento inevitable está produciendo un costo social considerable. El ajuste no es una abstracción académica: golpea el bolsillo de personas concretas.
Y allí aparece un fenómeno nuevo. Durante los primeros meses de gestión existía un poderoso lubricante político y social. Muchísima gente estaba dispuesta a tolerar sacrificios porque creía que el nuevo rumbo conduciría relativamente rápido hacia un horizonte mejor.
Ese lubricante empieza a escasear. No porque hayan desaparecido los enemigos del cambio, sino porque muchos de quienes deberían convertirse en los futuros beneficiarios del Nuevo Orden comienzan a impacientarse al no percibir todavía los frutos prometidos con la velocidad que imaginaban.
La Argentina edificó durante casi un siglo una estructura económica llena de componentes artificiales. Subsidios cruzados, empleos improductivos, protecciones eternas, regulaciones absurdas y privilegios sectoriales conformaron un ecosistema cuya lógica podía ser falsa desde el punto de vista económico, pero absolutamente real para quienes vivían dentro de él.
Aquella artificialidad alimentó familias, permitió construir proyectos personales y ofreció durante décadas una sensación de estabilidad que muchos confundieron con una realidad permanente.
Aceptar que gran parte de ese edificio deberá desaparecer no resulta sencillo. Aceptar que sólo sobrevivirán las actividades que el país pueda sostener genuinamente es todavía más difícil. Y aceptar que miles de personas deberán reconvertirse para producir riqueza verdadera, dejando atrás ocupaciones sostenidas únicamente por subsidios, protecciones o privilegios, constituye probablemente el desafío cultural más profundo de todos.
Por eso, consciente o inconscientemente, muchos empiezan a retirar el lubricante que permitía que las reformas avanzaran. La pregunta política ya no es solamente cuántos desean volver al pasado. La verdadera pregunta es cuántos siguen dispuestos a colaborar para que el nuevo modelo fluya.
¿Cuántos argentinos continúan aceptando los costos presentes porque creen en los beneficios futuros? ¿Y cuántos, en cambio, consideran que el esfuerzo ya fue suficiente y prefieren abortar definitivamente la marcha del programa?
Por primera vez desde la llegada de Milei a la Casa Rosada, parecería que quienes retiran su cuota de lubricante empiezan a ser más numerosos que quienes todavía están dispuestos a seguir aportándola.
Y cuando eso ocurre, todo comienza a ponerse pastoso. Las decisiones avanzan con dificultad. Las expectativas se deterioran. El entusiasmo inicial pierde potencia. La circulación deja de ser natural.
Exactamente igual que ese River que convirtió la palabra “fluir” en bandera discursiva mientras, paradójicamente, nunca consiguió llevarla al césped.
Porque, al final, tanto en el fútbol como en la política, los discursos importan mucho menos que una realidad muy sencilla: los proyectos no triunfan cuando prometen fluir. Triunfan cuando efectivamente lo hacen.


Igual él nunca dijo que iba ser rapido ni facil. Y si se pone pastoso es gracias a todos los que se le pusieron de frente a frenar cada proyecto,cada idea,y cada solucion que tiene en las manos. Aca en argentina si bien sabemos la mayoria de los quedaron fuera del sistema que se quiere implementar, la van a pasar mal es porque le que explicas en la nota. Y tamppco quieren mejorar porque eso significa dejar de estar comodos esperando que papá estado los ayude. Con esa mentalidad se hace mucho mas dificil, porque a esa gente nunca jamas le enseñaron que terminaron siendo «parsitos» des sistema. Sí, esa parte es la que «empasta» porque esa gente ni siquiera sabe colocar un enchufe. Y no porque no se lo enseñen. Sino porque no aprendiero a necesitar de verdad. Mi viejo se crió solo a partir de los 14 o 15 años. Y con tercer grado de primaria, mirá que no aprendio a hacer por necesidad. Y tampoco a el le enseñaro a ver sus necesidades,el las vivió. Entonces digo el cambio va ser crucial,y lastimoso, porque asi funciona,muchos quedan en el camino y otros siguen porque si tomamos la empatia por sistema politico siempre va a ser lo mismo,frenarse en cada paso. El secreto es que el quiera,va avanzar tratando de aprender. Es bueno tu informe pero aclaras algo que ya sabemos,y lo aueres instalar para crear insertudubre.