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250 años de una idea

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

El recordado periodista Pepe Eliaschev alguna vez dijo que los Estados Unidos eran el único país del mundo fundado sobre una idea. La afirmación, lejos de ser una licencia literaria, resume probablemente mejor que ninguna otra el fenómeno político más extraordinario de la modernidad.

Y efectivamente hace dos siglos y medio nacía una idea. No una etnia. No una nación construida alrededor de una lengua, una religión o una tradición milenaria. Nacía una idea.

Doscientos cincuenta años después, ese sello de nacimiento continúa distinguiendo a los Estados Unidos del resto del mundo.

Pocos países presentan una heterogeneidad comparable. En su inmenso territorio conviven decenas de culturas, religiones, idiomas, costumbres y tradiciones. El americano de Alaska, el granjero de Iowa, el empresario de Nueva York, el inmigrante latino de Florida, el descendiente de asiáticos en California o el ranchero de Texas pueden parecer habitantes de países diferentes.

Sin embargo, permanecen unidos. ¿Por qué? Porque el cemento que mantiene cohesionada a esa sociedad nunca fue una identidad cultural. Fue, desde el primer día, una idea. La respuesta está escrita en el segundo párrafo de la Declaración de la Independencia, probablemente uno de los textos políticos más influyentes de la historia:

Sostenemos estas verdades como autoevidentes: que todos los hombres son creados iguales, que están investidos por el Creador con ciertos derechos inalienables entre los que se encuentran la vida, la libertad y el derecho a buscar la felicidad.”

Allí está el verdadero contrato social norteamericano. No se necesita haber nacido en Boston, en Chicago o en Dallas para pertenecer a esa comunidad. Tampoco compartir un origen étnico determinado. Basta adherir a ese conjunto de principios. Quien acepta que la libertad precede al Estado, que los derechos pertenecen al individuo y que la búsqueda de la felicidad constituye una aspiración legítima, puede integrarse a la corriente social norteamericana sin importar el lugar del mundo del que provenga.

El presidente Reagan lo expresó con una claridad extraordinaria. Uno puede vivir muchos años en Alemania, pero difícilmente llegue a ser alemán. Puede pasar décadas en Japón, pero nunca será japonés. Hoy mismo Europa es testigo de cómo una marea foránea la invade sin integrarse. En cambio, cualquiera que haga suyo el contrato social estadounidense puede sentirse americano, porque detrás de esa pertenencia no existe una sangre común ni una cultura uniforme: existe una idea compartida. Esa elasticidad intelectual ha sido una de las grandes fortalezas de los Estados Unidos.

Le permitió atravesar guerras, crisis económicas devastadoras, conflictos raciales, enfrentamientos políticos e incluso una guerra civil que habría desintegrado a casi cualquier otro país.

La historia europea ofrece numerosos ejemplos de lo contrario. Estados enteros desaparecieron del mapa porque sus diferencias culturales, religiosas o nacionales resultaron irreconciliables. Otros continúan existiendo formalmente, aunque bajo una superficie institucional que apenas disimula sociedades profundamente fracturadas por concepciones de vida incompatibles. Los Estados Unidos recorrieron otro camino.

Su verdadera originalidad consistió en demostrar que una nación puede presentarse como una unidad política sólida siendo, al mismo tiempo, un inmenso archipiélago cultural.

La propia Corte Suprema sintetizó esa paradoja al definir el federalismo norteamericano como una “unión indisoluble de Estados independientes”. Una frase aparentemente contradictoria que, sin embargo, explica como pocas el equilibrio entre la autonomía de cada Estado y la existencia de una sola República. Algo semejante ocurre con las personas.

Los Estados Unidos son el resultado de millones de voluntades individuales coordinadas por un sistema jurídico que permite cooperar y competir simultáneamente. Esa combinación multiplica la riqueza, incentiva la innovación y hace posible que millones de proyectos personales encuentren un ámbito donde desarrollarse. No garantiza el éxito, garantiza la libertad para intentarlo. Y esa diferencia es decisiva.

Hace 250 años nacía un país apoyado sobre una abstracción. Una abstracción tan intangible como poderosa. Tan invisible como los millones de sueños individuales que personas de todos los rincones del planeta continúan creyendo que pueden convertir en realidad en suelo americano. Mientras muchos gobiernos prometen garantizar el bienestar desde la cuna hasta la tumba, terminan construyendo sociedades donde la iniciativa personal se marchita y donde las oportunidades se vuelven escasas. El resultado suele repetirse: ciudadanos que hacen las valijas y cruzan océanos buscando precisamente aquello que sus propios países dejaron de ofrecerles. Las costas de los Estados Unidos siguen recibiendo hombres y mujeres que llegan con idiomas distintos, credos diferentes y costumbres diversas, pero con una esperanza común: la posibilidad de construir un destino propio. Esa sigue siendo la verdadera fortaleza norteamericana.

Y también la explicación del permanente error de cálculo de quienes, desde hace décadas, anuncian una decadencia que nunca termina de materializarse.

Porque los Estados Unidos no descansan sobre una raza. No descansan sobre una religión. No descansan sobre una lengua. Ni siquiera descansan sobre un territorio. Descansan sobre una convicción moral: que cada persona nace libre, que sus derechos no son una concesión del poder sino un atributo de su condición humana, y que el Estado existe para proteger esa libertad, no para administrarla.

Mientras esa idea permanezca viva, seguirán llegando hombres y mujeres dispuestos a empezar de nuevo. Seguirán apareciendo emprendedores, científicos, artistas, trabajadores e inmigrantes convencidos de que allí todavía es posible escribir una historia diferente. Y mientras eso ocurra, los profetas del declive seguirán equivocándose.

Hace 250 años nació una República. Pero, sobre todo, nació una idea. Y las ideas, cuando son verdaderamente universales, no envejecen. No necesitan pasaporte. No conocen fronteras. No pueden ser derrotadas por la propaganda ni reemplazadas por el asistencialismo. Porque siempre habrá alguien, en algún lugar del mundo, dispuesto a abandonar la seguridad de una promesa para abrazar el riesgo de la libertad.

Quizá esa sea, dos siglos y medio después, la mayor contribución de los Estados Unidos a la historia de la civilización: haber demostrado que la riqueza más poderosa de una nación no son sus recursos naturales, ni su poder militar, ni el tamaño de su economía. Es una idea capaz de inspirar a millones de personas que nunca nacieron allí y que, sin embargo, siguen creyendo que ese viejo sueño americano también les pertenece.

Feliz cumpleaños Estados Unidos de América!!! Y que la antorcha encendida en Filadelfia hace 250 años continúe iluminando el camino de los que creen que el futuro está en las manos de cada uno…

Por Carlos Mira
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