
Nacho Urkía, Thr Post FMGN Press, Deportes
La selección estadounidense llega a los dieciseisavos de final mostrando una identidad futbolística inédita en los últimos años. Con un plantel sin grandes superestrellas, pero respaldado por un sólido trabajo colectivo, el equipo dirigido por Mauricio Pochettino despierta un entusiasmo que trasciende al deporte y vuelve a instalar la idea de que el fútbol puede ocupar un lugar central en el país.
Durante décadas, el fútbol en Estados Unidos convivió con una sensación permanente de promesa incumplida. Cada nueva generación parecía acercarse un poco más a la élite internacional, aunque siempre terminaba encontrando un límite cuando llegaban los partidos decisivos.
Ese escenario parece comenzar a cambiar.
La selección dirigida por el argentino Mauricio Pochettino afronta la fase eliminatoria del Mundial con un nivel de confianza que no se veía desde hace mucho tiempo. Más allá de los resultados obtenidos en la fase de grupos, el equipo ha conseguido algo todavía más valioso: convencer a sus propios hinchas de que puede competir de igual a igual frente a cualquier rival.
Una transformación que comenzó en el banco
Desde su llegada, Pochettino dejó en claro que no pretendía construir un equipo condicionado por la historia del fútbol estadounidense.
Su mensaje fue romper con la tradicional mentalidad de conformarse con clasificar o realizar un papel digno. El entrenador propuso que el seleccionado dejara de mirar a las grandes potencias con admiración para empezar a enfrentarlas con ambición.
Esa idea fue ganando fuerza dentro del vestuario y terminó reflejándose en el campo de juego.
Estados Unidos dejó de ser un equipo reactivo para convertirse en uno que busca controlar los partidos mediante la posesión, la presión organizada y una circulación rápida del balón.
Un colectivo por encima de las figuras
A diferencia de otras selecciones candidatas, el conjunto estadounidense no depende de una estrella capaz de resolver partidos por sí sola.
El delantero Folarin Balogun ha aportado goles importantes, mientras que Christian Pulisiccontinúa siendo el jugador con mayor capacidad para desequilibrar. Sin embargo, la verdadera fortaleza aparece cuando el equipo funciona como un bloque.
La experiencia del capitán Tim Ream convive con la frescura de jóvenes como Alex Freeman, reflejando un plantel equilibrado en el que cada futbolista entiende perfectamente su función.
Esa combinación permitió que Estados Unidos dominara largos pasajes de sus encuentros, mostrando una madurez táctica poco habitual en ediciones anteriores del torneo.
Más que resultados
Clasificar a los octavos de final no representa una sorpresa absoluta para un seleccionado cuyos jugadores militan, en su mayoría, en ligas europeas de primer nivel.
Lo que sí ha sorprendido es la forma en que logró ese objetivo.
El equipo ganó autoridad con actuaciones convincentes, manejó los tiempos de los partidos y mostró variantes ofensivas suficientes para generar peligro desde distintos sectores del campo.
Incluso la derrota sufrida cuando la clasificación ya estaba asegurada no alteró el ambiente positivo que rodea al plantel.
Un país que empieza a reencontrarse con el fútbol
El entusiasmo que rodea a esta selección trasciende el rendimiento deportivo.
En un país donde el fútbol históricamente quedó detrás del fútbol americano, el béisbol y el básquetbol, el Mundial vuelve a convertirse en un tema de conversación nacional.
Miles de aficionados que hace apenas unas semanas mantenían expectativas moderadas comenzaron a proyectar escenarios mucho más optimistas, analizando posibles cruces y soñando con un recorrido histórico.
La ilusión se alimenta de un dato concreto: este equipo transmite una sensación de competitividad que pocas veces había mostrado una selección masculina estadounidense.
El desafío de romper una barrera histórica
Estados Unidos ha protagonizado momentos memorables en los Mundiales, pero nunca consiguió instalarse de manera permanente entre las grandes potencias del fútbol.
Su mejor actuación continúa siendo el tercer puesto obtenido en la primera FIFA World Cup, un torneo muy diferente al actual. En la era moderna, el punto más alto llegó con los cuartos de final alcanzados en 2002, mientras que el Mundial organizado en casa en 1994 FIFA World Cup representó el impulso definitivo para el crecimiento del deporte en el país.
Desde entonces hubo avances importantes, aunque también frustraciones, como la inesperada ausencia en la Copa del Mundo de 2018.
Por eso, el recorrido actual despierta tanta expectativa.
El valor de creer
En el deporte de alto rendimiento, la confianza suele ser tan importante como el talento.
Pochettino ha insistido desde el comienzo de su ciclo en que ningún futbolista puede cargar por sí solo con el destino del equipo. Su apuesta consiste en potenciar el funcionamiento colectivo hasta convertirlo en la principal fortaleza del seleccionado.
Esa idea parece haber sido plenamente aceptada por el grupo.
Los jugadores transmiten serenidad, juegan sin la presión que históricamente acompañó al fútbol estadounidense y afrontan cada compromiso con la convicción de que el siguiente paso siempre es posible.
Un Mundial que puede cambiar una historia
Todavía es demasiado pronto para saber hasta dónde llegará Estados Unidos en esta Copa del Mundo.
Sin embargo, independientemente del resultado final, el equipo ya ha conseguido modificar la percepción que existía sobre el seleccionado masculino.
La ilusión volvió a instalarse entre los aficionados y el fútbol recuperó una centralidad que pocas veces había alcanzado en el país.
Si esa confianza termina traduciéndose en una campaña histórica, el legado de este Mundial podría ir mucho más allá de los resultados: podría marcar el momento en que Estados Unidos dejó de participar con la esperanza de sorprender para empezar a competir convencido de que también puede aspirar a conquistar el título.
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