
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
La muerte de Carlos “Indio” Solari vuelve a poner sobre la mesa una realidad que muchos prefieren ignorar: la existencia de dos Argentinas profundamente enfrentadas en sus valores, en sus aspiraciones y en su visión del mundo.
No se trata de una discusión musical. No se trata siquiera de una discusión artística. Se trata de símbolos.
Y durante décadas Solari fue uno de los símbolos más poderosos de una Argentina que hizo de la marginalidad una identidad cultural y de la rebeldía permanente una forma de vida.
Millones de personas lo siguieron con devoción casi religiosa. Sus recitales fueron presentados como actos de liberación colectiva. Sin embargo, observados desde otra perspectiva, también representaron la celebración de una estética donde el desorden, la transgresión y el rechazo a las normas básicas de convivencia adquirieron categoría de virtud.
Quizás ninguna imagen sintetice mejor ese fenómeno que el famoso “pogo más grande del mundo”, una especie de emblema cultural de sus seguidores. Lo que para algunos era una demostración de energía colectiva, para otros constituía la representación física de una cultura del atropello: miles de personas empujándose unas a otras en movimientos caóticos, exaltando precisamente aquello que una sociedad civilizada intenta superar mediante reglas, respeto y convivencia.
La Argentina que Solari simbolizaba siempre pareció sentirse más cómoda reivindicando al marginal que al emprendedor, al rebelde que al constructor, al transgresor que al ciudadano responsable.
Resulta llamativo que semejante discurso haya sido encarnado por alguien cuyos orígenes estaban lejos de la marginalidad que tantas veces romantizó. Solari surgió de ambientes culturales vinculados a sectores medios y medios altos de La Plata y más tarde desarrolló una vida personal muy distante de las dificultades cotidianas de muchos de sus seguidores.
Como ocurre frecuentemente con numerosos referentes del populismo latinoamericano, la prédica pública y la vida privada rara vez coincidieron.
Mientras sus letras y declaraciones alimentaban una narrativa crítica del capitalismo, de las instituciones y del éxito económico, él mismo disfrutó durante décadas de un nivel de vida privilegiado. Vivió rodeado de comodidades, eligió algunos de los lugares más exclusivos para residir y nunca pareció dispuesto a experimentar personalmente las privaciones que, directa o indirectamente, contribuía a romantizar desde el escenario.
Su cercanía política con el kirchnerismo tampoco fue un detalle menor.
A lo largo de los años manifestó simpatías por dirigentes y movimientos que representan una determinada tradición política latinoamericana: una tradición que suele hablar en nombre de los pobres mientras genera pobreza; que promete igualdad mientras multiplica privilegios para sus dirigentes; que denuncia al capitalismo mientras disfruta de los beneficios que sólo las economías libres son capaces de producir.
No sorprende entonces que, tras su muerte, las redes sociales se hayan llenado de imágenes imaginándolo reunido con figuras que para muchos argentinos representan precisamente esa visión del mundo: Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Fidel Castro, Eva Perón o Diego Maradona.
Más allá de las diferencias entre ellos, todos terminaron convirtiéndose en referencias culturales o políticas de una misma sensibilidad: aquella que mira con sospecha la libertad económica, que privilegia los relatos colectivos sobre las decisiones individuales y que suele justificar los fracasos propios culpando a terceros.
La tragedia de Olavarría también forma parte inevitable de cualquier balance sobre el fenómeno Solari.
Dos personas murieron durante aquel recital multitudinario. Más allá de las responsabilidades legales que pudieran discutirse, quedó instalada para muchos la sensación de una distancia llamativa entre el líder de aquel movimiento y las familias que sufrieron las consecuencias más dolorosas de lo ocurrido. Lo único que hizo con ellas fue “mandarles un abrazo” por televisión en un programa en el que previamente se había atajado diciendo que “no estaba atravesando su mejor momento”, previendo un posible pedido de ayuda económica.
Porque el fenómeno del Indio siempre tuvo algo paradójico. Predicaba cercanía con los sectores populares, pero vivía lejos de sus carencias. Hablaba de rebeldía, pero disfrutaba de los privilegios que esa misma sociedad le permitió construir. Denunciaba al sistema mientras aprovechaba con éxito las oportunidades que el sistema le ofrecía. Su lugar en el mundo -como el de otros resentidos hipócritas iguales que él- era New York City.
Su muerte (en su residencia de Parque Leloir, el “Cariló” del GBA, otro símbolo de su incoherencia) deja abierto un debate que excede ampliamente a un músico.La discusión verdadera es qué país queremos ser. Una Argentina que siga exaltando la marginalidad, el resentimiento, el caos y la victimización como formas de identidad colectiva.
O una Argentina que vuelva a poner en el centro la libertad individual, la responsabilidad personal, el mérito, el respeto por la ley y la convivencia civilizada. Esa es la grieta más profunda de todas. Y tarde o temprano deberá resolverse.
Ojalá que cuando llegue ese momento la Argentina elija el camino de la libertad antes que el de la decadencia; el del esfuerzo antes que el de la excusa; el de la creación antes que el de la destrucción.
Porque los países prosperan cuando premian a quienes construyen.
Y se estancan cuando convierten en héroes a quienes les enseñan a sus seguidores que la rebeldía, por sí sola, es un proyecto de vida.


Totalmente de acuerdo con tu comentario
Justamente, recién comentaba la propensión de muchos argentinos a rendir culto cuasi religioso a figuras como Solari , Maradona y Eva Perón. Usted lo expone con su habitual lucidez.
Por otra parte, leo hoy una encuesta, (por favor, que no sea cierta), que da 12% de intención de voto a la siniestra Bregman, con hasta el 46% de imagen positiva entre los evaluados.(Datos de Atlas Intel) ¿Cómo puede este pueblo mostrar tanta ignorancia y vocación suicida?
Sólo queda por decir (HELP).