
Luis Pedro López Bosch, The Post FMGN Press, Corresponsal en Europa
Desde París y Roma, la mirada del politólogo Marc Lazar aporta un matiz que desarma lecturas apresuradas: los recientes tropiezos electorales de distintas fuerzas de derecha en Europa no configuran, por ahora, un cambio de ciclo. Más bien, son episodios dentro de una dinámica que sigue vigente.
Profesor en Sciences Po y en la LUISS de Roma, Lazar lleva décadas estudiando la evolución de las izquierdas europeas y, más recientemente, el fenómeno que define como “nacional-populismo”. Su diagnóstico es claro: el fenómeno no está en retirada, aunque atraviese momentos de tensión.
Tropiezos que no implican derrota
Las señales parecen contradictorias. En Hungría, el desgaste del largo ciclo de Viktor Orbán se combinó con dificultades económicas y denuncias de corrupción. En Francia, tanto la Reagrupamiento Nacional como la La Francia Insumisa no lograron resultados contundentes en elecciones locales. En Italia, la primera ministra Giorgia Meloni sufrió un revés en un referéndum clave.
Sin embargo, Lazar insiste en que estos episodios deben leerse con cautela. En Francia, por ejemplo, la implantación territorial de fuerzas populistas —tanto de derecha como de izquierda— sigue creciendo. Y en el plano nacional, el liderazgo de figuras como Marine Le Pen o Jordan Bardella continúa sólido en las encuestas.
Un concepto amplio, realidades distintas
El término “nacional-populismo”, acuñado originalmente por Gino Germani, engloba fenómenos diversos. Lazar advierte que no todos los liderazgos responden a una misma lógica.
El caso de Orbán, por ejemplo, se asocia con el llamado “iliberalismo”, una concepción que cuestiona los pilares del liberalismo político y cultural. En ese marco, se destacan tres ejes: la reivindicación de la identidad cristiana frente al islam, la defensa de la familia tradicional y una fuerte exaltación de la soberanía nacional.
Pero esa matriz no se replica de manera uniforme en toda Europa. Incluso dentro de la derecha, hay diferencias marcadas en discursos, estrategias y formas de ejercer el poder.
Democracia, pero con tensión en los límites
Uno de los rasgos distintivos del modelo impulsado por Orbán es la reinterpretación del mandato democrático: ganar elecciones no solo como legitimación, sino como habilitación para reconfigurar las instituciones, debilitando contrapesos tradicionales.
Aun así, su reciente derrota electoral muestra que ese esquema tiene límites, sobre todo dentro del marco de la Unión Europea, donde los mecanismos de presión política y económica siguen siendo determinantes.
Europa, entre el rechazo y la dependencia
Aunque estos movimientos construyen gran parte de su discurso sobre la crítica a Bruselas, la salida de la Unión ya no forma parte central de sus agendas. El precedente del Brexit marcó un punto de inflexión.
Hoy, el electorado europeo mantiene una relación ambivalente con el bloque: desconfianza hacia su burocracia, pero conciencia de los riesgos de abandonarlo. En ese contexto, los líderes populistas han adaptado sus estrategias. Mientras Orbán optó por la confrontación, Meloni ensaya una vía más pragmática, buscando negociar espacios de soberanía sin romper con el sistema.
La política como espectáculo
Más allá de las diferencias ideológicas, hay un elemento común que atraviesa a estos liderazgos: la centralidad de la comunicación. Lazar subraya que figuras como Meloni han desarrollado una capacidad notable para conectar con el público, combinando discurso, gestualidad y presencia escénica.
En ese terreno, también se inscriben estrategias más contemporáneas. Bardella, por ejemplo, construye su imagen a través de redes sociales, apelando a una estética de cercanía y renovación generacional. En paralelo, el uso intensivo de plataformas digitales por parte de líderes como Donald Trump refuerza la idea de que la política se ha convertido en un fenómeno cada vez más ligado al espectáculo.
Un electorado en transformación
El crecimiento de estas fuerzas responde a factores estructurales: desconfianza hacia la política tradicional, malestar económico y tensiones culturales. Mientras esos elementos persistan, advierte Lazar, el nacional-populismo seguirá teniendo espacio para expandirse.
Un calendario decisivo
El horizonte inmediato refuerza esa incertidumbre. Entre 2026 y 2027, Europa enfrentará una serie de elecciones clave en distintos países, que podrían redefinir el equilibrio político del continente.
Lejos de un repliegue, el nacional-populismo parece haber alcanzado algo más profundo: la capacidad de imponer agenda, lenguaje y prioridades. Aun sin dominar completamente el poder, su influencia ya se hace sentir en el centro mismo del debate político europeo.
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