
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
El Congreso se prepara hoy para cumplir con uno de los mecanismos más sanos que prevé la Constitución: escuchar el informe del jefe de Gabinete. Debería ser una instancia de control republicano, un momento de rendición de cuentas, una oportunidad para que la política eleve su nivel. Pero no. Todo indica que el recinto —y sus inmediaciones— se convertirán, una vez más, en el escenario de un espectáculo circense que desnuda lo peor de la Argentina contemporánea.
Lo grave, sin embargo, no es solo el show de las viejas mañas. Lo verdaderamente preocupante es que el combustible que alimenta esa degradación ha sido provisto por el propio gobierno que llegó al poder con la promesa explícita de terminar con ella. Esa es la paradoja —y la tragedia— que atraviesa al país: la oportunidad más extraordinaria de su historia moderna para quebrar definitivamente el ciclo del atraso está siendo puesta en riesgo por errores tan evitables como inexplicables.
No se trata de una exageración. Desde Batalla de Caseros en adelante, la Argentina no había tenido una ocasión tan clara para que las fuerzas de la modernidad se impusieran sobre ese entramado viscoso de consignas telúricas, demagogia emocional y atraso estructural que, una y otra vez, frenó su desarrollo. Hoy, esa posibilidad existe. Pero también está siendo erosionada por un conjunto de chambones que confunden convicción con terquedad y firmeza con capricho.
Ayer, mientras tanto, en el Movistar Arena, se desarrollaba el evento de Endeavor, una reunión que celebra exactamente lo contrario de esa lógica decadente: innovación, tecnología, ideas, ambición de progreso. Por primera vez, el público incluyó a jóvenes sub-20. Es decir, a quienes deberían protagonizar la Argentina que viene.
Y sin embargo, allí también irrumpió el pasado. Un grupo de idiotas —no hay otro término más preciso— le gritó a Ariel Sbdar “la patria no se vende” justo cuando se disponía a explicar cómo la tecnología y la inteligencia artificial están democratizando el acceso al progreso y abriendo oportunidades inéditas para quienes estén dispuestos a aprovecharlas.
Ese grito no es inocente. Es la síntesis de una matriz cultural que lleva décadas —cuando no siglos— operando como freno. Es el eco de ese nacionalismo berreta que siempre vio en el mundo una amenaza y en el éxito ajeno una provocación. Es la misma cantinela que intenta instalar que cualquiera que hable de modernidad es, en realidad, un agente de entrega al “imperio”.
No, idiota. No te están vendiendo nada. Te están mostrando que nunca fue tan posible progresar. Pero para eso hay que abandonar la envidia, el resentimiento y esa pulsión destructiva que convierte cada oportunidad en una amenaza.
La historia argentina está plagada de estos episodios. Desde los caudillos que, montados en una falsa épica de la “argentinidad” y de nacionalismo tuerto, sabotearon el despegue del país, hasta sus herederos contemporáneos, que reciclan el mismo discurso con estética aggiornada. El objetivo nunca cambió: volver al poder mediante el engaño para reinstalar el saqueo demagógico.
Lo que sí cambia —y debería alarmar— es que hoy esos sectores no avanzan solo por mérito propio, sino porque encuentran enfrente a un gobierno que, con errores no forzados, les abre la puerta.
El presidente Javier Milei y su entorno más cercano no pueden darse el lujo de ignorar el momento histórico que les toca protagonizar. No se trata de una administración más. No es una gestión de transición. Es, potencialmente, el punto de inflexión que puede redefinir el rumbo del país por generaciones.
Por eso resulta incomprensible —y peligrosamente irresponsable— que se incurra en desprolijidades, peleas innecesarias y decisiones que erosionan la autoridad moral y política que se necesita para enfrentar al verdadero adversario: esa cultura del atraso que se resiste a morir.
La Argentina está, otra vez, frente a una encrucijada histórica. La diferencia es que esta vez no puede alegar falta de oportunidades. La tiene. Está ahí. Al alcance de la mano.
Perderla —por soberbia, por torpeza o por confundir el poder con una licencia para el desorden— no sería solo un error político. Sería una falta histórica imperdonable.


La pregunta sería ¿por qué «repudiaban» a ESA persona (Ariel Sbdar) en particular? ¿Por qué de toda la gente que habló en ese evento, fue «repudiado» uno solo? Por lo (poco) que entiendo y leí, esta persona tuvo «algo que ver» con el temita de $LIBRA, o más bien con la incentivación inicial que hubo cuando el Presidente pareció enfatizar las bondades de dicha «criptomoneda»…
Que vale recordar, es sin duda alguna la mayor CAGADA que nuestro Presidente (una persona formada profundamente en temas económicos y ¿financieros?) se ha mandado en toda su vida… Algo que al día de hoy aún no logro comprender, qué se supone que pasaba por la cabeza de los hermanos Milei.
Este es SIN duda, el Gobierno que más «tiros en los pies» se ha dado, en toda la historia de la Argentina (en proporción al tiempo de gobierno transcurrido).