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La apuesta de Trump contra Irán sacude Medio Oriente y amenaza con un shock económico global

Opinión

Luis Pedro López Bosch, The Post, Corresponsal en Europa

La guerra que estalló hace apenas una semana entre Estados Unidos, Israel e Irán ya empezó a mostrar algo más que el impacto militar inmediato. Lo que se está desplegando ahora es una cadena de efectos políticos, económicos y estratégicos que atraviesan Medio Oriente y empiezan a sacudir también al resto del planeta.

El punto de partida fue una decisión abrupta de Donald Trump: sumarse a la ofensiva israelí contra el régimen iraní sin un marco jurídico claro ni respaldo internacional. La operación fue presentada como un golpe decisivo contra Teherán, pero también como una jugada de alto riesgo que podría incendiar una región donde cada movimiento suele generar consecuencias en cascada.

Estados Unidos e Israel lanzaron ataques simultáneos bajo nombres que parecen sacados de una superproducción de Hollywood. Washington bautizó su ofensiva como “Furia épica”, mientras que Tel Aviv la llamó “León rugiente”. La división de tareas fue clara desde el inicio: fuerzas estadounidenses dirigidas contra objetivos estratégicos, mientras Israel concentraba sus golpes en figuras clave del régimen iraní.

Las primeras horas parecieron confirmar el éxito de la apuesta. Washington anunció la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, y desde Israel comenzaron a circular reportes sobre la eliminación de altos mandos militares y dirigentes políticos. Pero el impacto inicial no garantiza el resultado final.

Analistas advierten que Irán todavía conserva capacidad suficiente para desatar represalias que podrían alterar profundamente el equilibrio regional. El semanario británico The Economist, por ejemplo, planteó un escenario en el que Teherán podría atacar ciudades y bases en varios países del Golfo, además de afectar el comercio energético mundial.

Los primeros días de combate parecieron confirmar parte de ese pronóstico.

Durante las primeras 48 horas del conflicto, Irán lanzó una ola de misiles y drones contra varios países del Consejo de Cooperación del Golfo. Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Qatar y Omán registraron ataques que no solo apuntaron a instalaciones militares estadounidenses, sino también a infraestructura civil como aeropuertos, hoteles y centros energéticos.

Los sistemas de defensa aérea de la región lograron interceptar buena parte de los misiles, evitando daños mayores. Sin embargo, los drones resultaron mucho más difíciles de neutralizar y provocaron impactos en zonas sensibles, incluidos algunos de los principales hubs turísticos y financieros del Golfo.

Ese dato no es menor. La reputación de ciudades como Dubái o Abu Dabi como centros globales de negocios depende en gran medida de la percepción de seguridad.

Los gobiernos del Golfo reaccionaron alineándose frente a la ofensiva iraní, algo que hasta hace poco parecía improbable dada la diversidad de posiciones dentro del bloque.

Trump reconoció públicamente que la magnitud de la respuesta iraní fue inesperada. Según el geopolitólogo francés Frédéric Encel, estos ataques obligarán a los países del Golfo a revisar profundamente su estrategia de seguridad y su relación con Estados Unidos.

Durante años, la presencia de bases militares estadounidenses fue vista como un seguro estratégico frente a Irán. Pero en los últimos tiempos Washington ha reducido su despliegue militar en Medio Oriente, lo que alimentó dudas sobre hasta qué punto acudiría realmente en defensa de sus socios regionales.

Las reacciones en el mundo árabe fueron variadas, aunque en general coincidieron en un llamado a la moderación.

Egipto, Túnez y Marruecos condenaron los ataques contra países vecinos y pidieron una desescalada. Argelia endureció su postura con el correr de los días, mientras Jordania interceptó misiles que cruzaron su espacio aéreo. Siria también condenó los ataques iraníes contra países árabes, aunque insistió en la necesidad de negociar.

Irak aparece como uno de los puntos más frágiles del tablero.

Milicias alineadas con Irán continúan operando dentro del país y ya comenzaron a intervenir. El grupo Saraya Awliya Al-Dam reivindicó ataques contra instalaciones estadounidenses cerca de Erbil. Aunque la influencia directa de Teherán en Irak ha disminuido en algunos aspectos, sigue siendo suficiente para que cualquier escalada termine arrastrando al país a una confrontación mayor.

Mientras tanto, la guerra también empieza a afectar la situación humanitaria en Palestina.

Los cruces hacia Gaza, incluido Rafah —reabierto hace apenas un mes bajo coordinación internacional— volvieron a cerrarse. La circulación en Cisjordania se volvió más restrictiva y varios incidentes de seguridad se produjeron tras la caída de fragmentos de misiles en diferentes zonas.

En Siria, restos de proyectiles dañaron infraestructura eléctrica.

Pero el impacto más inmediato empieza a sentirse en la economía global.

El conflicto sacudió el transporte aéreo, el comercio marítimo y los mercados energéticos. Decenas de miles de vuelos fueron cancelados en Medio Oriente y miles de turistas intentan abandonar ciudades como Dubái, Mascate o Abu Dabi.

Los precios del petróleo reaccionaron casi de inmediato.

El barril de Brent pasó de 72 dólares antes del inicio de la ofensiva a cerca de 92 al cierre de la semana. El gas europeo también subió con fuerza, reflejando la preocupación de los mercados.

La clave del problema es el estrecho de Ormuz, el corredor por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo.

Irán anunció que controla completamente la zona y advirtió que atacará a los buques que intenten cruzarla. Los Guardianes de la Revolución aseguraron haber golpeado ya a varios petroleros que ignoraron las advertencias.

Trump respondió señalando que la marina estadounidense podría escoltar barcos si fuera necesario, pero la tensión sigue creciendo.

Francia reaccionó denunciando que los ataques contra Irán se realizaron fuera del marco del derecho internacional. El presidente Emmanuel Macron anunció el despliegue de un portaaviones en el Mediterráneo y la posible creación de una coalición europea para proteger el tráfico marítimo.

La situación es inédita: nunca antes se había bloqueado un punto tan crucial para el comercio energético global.

Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Irán y Emiratos dependen de esa vía para exportar petróleo, mientras que Qatar utiliza el mismo corredor para enviar gas natural licuado.

El conflicto ya golpeó algunas infraestructuras clave. La gigantesca refinería saudí de Ras Tanura opera parcialmente y ciertas instalaciones de gas en Qatar suspendieron su producción tras ataques con drones.

Los analistas empiezan a especular sobre hasta dónde podrían subir los precios.

Si el bloqueo dura solo unas semanas, el barril podría superar los 100 dólares. Pero si la guerra se prolonga durante meses, algunos escenarios lo ubican incluso entre 150 y 200 dólares.

Eso reaviva un viejo fantasma: la inflación global.

El gobernador del Banco de Francia intentó relativizar el riesgo señalando que la economía mundial de 2026 no es la de 2022, cuando la inflación se disparó tras la invasión rusa a Ucrania. Sin embargo, el encarecimiento de la energía podría afectar la producción industrial y el consumo en muchas economías.

Además, el conflicto interrumpe el comercio de fertilizantes provenientes del Golfo y encarece los seguros marítimos. Muchas rutas comerciales están evitando el canal de Suez y rodeando África, lo que eleva costos y genera retrasos logísticos.

Las bolsas reaccionaron con nerviosismo.

Los mercados europeos y asiáticos registraron fuertes caídas al inicio de la semana. En Corea del Sur, por ejemplo, el índice bursátil llegó a desplomarse más de 12%.

El turismo tampoco quedó al margen del impacto.

Cruceros por el Nilo fueron cancelados, viajes organizados en Jordania suspendidos y miles de turistas quedaron varados en destinos asiáticos debido a cancelaciones de vuelos. En agencias de viajes ya se registran caídas de reservas incluso para la próxima temporada navideña.

En el tablero geopolítico global también aparecen nuevos efectos colaterales.

Rusia podría resultar perjudicada por la pérdida de uno de sus aliados más cercanos, aunque al mismo tiempo se beneficia del aumento del precio del petróleo.

Moscú condenó duramente el asesinato de Khamenei calificándolo como una violación del derecho internacional. Sin embargo, detrás de la retórica diplomática hay una realidad más compleja.

Irán fue un proveedor clave de drones para Rusia en su guerra contra Ucrania, aunque actualmente Moscú ya produce versiones propias de esos sistemas.

Por otra parte, el enorme volumen de municiones que Estados Unidos e Israel están utilizando contra Irán podría limitar el envío de armamento a Ucrania en los próximos meses.

China observa el conflicto con especial preocupación.

Teherán representa una fuente importante de petróleo para la economía china y Qatar suministra cerca del 30% de su gas natural licuado importado. Pekín también invirtió capital diplomático en fortalecer la posición internacional de Irán, impulsando su ingreso al grupo BRICS ampliado y a la Organización de Cooperación de Shanghái.

Hasta ahora, la diplomacia china optó por un perfil bajo, aunque pidió el cese inmediato de las operaciones militares.

Más allá de los alineamientos, el conflicto también deja en evidencia otra crisis: la del sistema internacional.

Estados Unidos e Israel lanzaron la ofensiva sin buscar autorización del Consejo de Seguridad de la ONU ni respaldo jurídico internacional. Para muchos diplomáticos europeos, ese gesto marca un nuevo golpe al ya debilitado multilateralismo.

Europa reaccionó con incomodidad.

Las capitales europeas no fueron consultadas antes del ataque y hasta ahora se limitaron a permitir el uso de algunas bases militares para operaciones estadounidenses. Al mismo tiempo, varios líderes denunciaron la ilegalidad de los bombardeos.

Macron, Pedro Sánchez e incluso la italiana Giorgia Meloni —una de las aliadas más cercanas de Trump en el continente— cuestionaron abiertamente la intervención.

En Reino Unido, el primer ministro Keir Starmer evitó inicialmente autorizar el uso de la base británica de Diego García para operaciones estadounidenses, intentando evitar repetir el precedente de Tony Blair durante la guerra de Irak.

El resultado es un nuevo distanciamiento entre Europa y Washington.

Ese desacople se refleja también en decisiones estratégicas. Francia anunció que extenderá su paraguas nuclear a países europeos interesados en un esquema de “disuasión ampliada”, una iniciativa fuera del marco de la OTAN a la que ya se sumaron ocho países, incluido el Reino Unido.

Mientras tanto, diplomáticos europeos buscan una salida política.

El exembajador francés ante la ONU Gérard Araud propone impulsar una cumbre internacional con países del Golfo, Turquía, Reino Unido, India y China para ofrecer una vía de desescalada tanto a Washington como a Teherán.

El problema es que, por ahora, ninguna de las partes parece interesada en bajar la intensidad del conflicto.

Y en Medio Oriente, cuando las guerras empiezan así, rara vez terminan rápido.

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