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Una primera movida de Mahiques con mal olor

Natalia Schneider, The Post, Política

La decisión del ministro Juan Bautista Mahiques de pedirle la renuncia a Vitolo no es un episodio administrativo menor ni un simple reacomodamiento interno. Es, más bien, una señal política inquietante que vuelve a poner sobre la mesa una sospecha que desde hace tiempo recorre los pasillos del poder: la creciente influencia del fútbol argentino —y de sus operadores políticos— dentro del gobierno.

La salida forzada de Vitolo llega en un contexto donde el peso de la AFA en la política nacional ha dejado de ser un rumor para convertirse en una realidad cada vez más visible. Durante años, la dirigencia del fútbol argentino fue un actor con capacidad de presión, pero raramente había logrado penetrar con tanta claridad en la estructura de decisiones del Estado.

Lo que resulta especialmente preocupante no es sólo la remoción en sí misma, sino el modo en que se produjo. No hubo explicaciones públicas claras, no se ofrecieron argumentos institucionales sólidos y, sobre todo, no se intentó disimular el trasfondo político que envuelve la medida. Cuando un funcionario es apartado sin razones transparentes, el vacío suele llenarse con la hipótesis más plausible: que alguien con más poder empujó esa decisión.

Y en ese tablero, el nombre que inevitablemente vuelve a aparecer es el de Sergio Massa. La trama de vínculos entre sectores del massismo y la conducción del fútbol argentino ha sido comentada en innumerables oportunidades. Lo que ahora cambia es la percepción de que esas relaciones ya no operan en los márgenes del sistema político, sino en su núcleo.

Pero el episodio adquiere una dimensión aún más significativa si se lo observa a la luz de otro movimiento que sacudió al mundo del fútbol argentino en las últimas horas: la sorpresiva ruptura institucional de River Plate con las autoridades de la AFA.

El distanciamiento de River —uno de los clubes con mayor peso político e institucional del país— no es un gesto menor. Cuando una institución de ese tamaño decide tomar distancia de la conducción del fútbol argentino, difícilmente se trate de un simple desacuerdo administrativo. Más bien sugiere la existencia de tensiones profundas en la estructura de poder que hoy domina el fútbol nacional.

Visto en conjunto, ambos hechos empiezan a dibujar un mapa inquietante. Por un lado, un ministerio que toma decisiones que parecen alinearse con intereses que orbitan alrededor de la AFA. Por otro, uno de los clubes más grandes del país que rompe con esa misma conducción.

La coincidencia temporal no puede pasar desapercibida.

Si el conflicto entre River y la AFA refleja una disputa interna por el control del fútbol argentino, entonces la intervención indirecta de actores políticos en ese tablero adquiere un carácter aún más delicado. Porque lo que estaría en juego no sería solamente la conducción de una asociación deportiva, sino la utilización de estructuras del Estado para inclinar la balanza en una pelea de poder que debería resolverse dentro del propio ámbito del fútbol.

La Argentina tiene una larga tradición de confundir fútbol con política. Pero lo que empieza a asomar ahora parece más grave: la posibilidad de que el fútbol no sólo influya sobre la política, sino que utilice al Estado como herramienta dentro de sus propias disputas internas.

Mahiques tenía una oportunidad clara al asumir su cargo: demostrar independencia y establecer una línea de autoridad basada en criterios institucionales. En cambio, su primera gran decisión parece alimentar exactamente la sospecha contraria.

La renuncia de Vitolo, sumada al quiebre entre River y la conducción de la AFA, no cierra un capítulo. Abre, en cambio, un interrogante mucho más inquietante: si el Estado argentino está comenzando a convertirse en un actor dentro de las luchas de poder del fútbol.

Y si eso fuera cierto, el problema ya no sería deportivo. Sería institucional.

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