El balance de Macri

El presidente Macri se presentó ayer ante las cámaras de la cadena nacional por primera vez desde que asumió. Su gobierno firmó un decreto por el cual, a partir de ahora, todos los presidentes en los días previos a dejar el poder deberán enfrentar las cámaras y rendir un balance de su gestión. Él mismo fue el primero.

La escena ocurrió apenas unas horas después de otra que había tenido lugar el lunes en la sede de los Tribunales Federales y donde una sacada Cristina Fernández la emprendió durante tres horas y media contra el Universo y las galaxias adyacentes.

Contrastar, a pantalla partida, las dos escenas resulta devastador. Saber en que muy pocas horas el dominio de un cúmulo de modales y maneras será reemplazado por otro, causa escalofríos. La vida civilización suele ser como la salud: se añora cuando se pierde. Algo parecido ocurre con la libertad.

El gobierno del presidente Macri incurrió en muchísimos errores. Incluso ayer, en su balance, volvió a insinuar que su táctica gradualista solo falló por imponderables desafortunados pero que estaba intrínsecamente bien. No. Esa estrategia estuvo mal de entrada y no falló por “el dólar”, como dijo el presidente.

Falló porque la profundidad y magnitud de los problemas que Argentina tenía hacia finales de 2015 (y que él no dio a conocer, apostando a que eso sería una contribución a la convivencia) eran de tal relevancia que si no se atacaban de modo global, coincidente, coordinado y con un plan integral, la experiencia no llegaría a buen puerto, como indefectiblemente ocurrió.

Pero toda esa conjunción de aspectos negativos no es suficiente para empañar una impronta de tolerancia, de respeto, de civilización y de maneras educadas que todo el gobierno mantuvo durante los cuatro años de mandato.

Yo no recuerdo un gobierno que haya recibido los insultos, los desplantes, el atropello y las degradaciones que sufrió éste. La altisonancia con la que fue atacado fue absolutamente inusitada, propia de quienes nunca digirieron una derrota que atribuyeron a conspiraciones tan ocultas como inexistentes.

Desde el presidente hasta los ministros soportaron estoicamente una andanada de bajezas que, de nuevo, nunca habían ocurrido en democracia. Los argentinos tenemos memoria corta, pero si hacemos un esfuerzo y recordamos lo que se le dijo a Macri y a sus colaboradores, llegaremos a la conclusión de que todo ha sido inédito. Solo una furia tan rencorosa como injustificable puede explicar semejante cosa.

Los grupos organizados tuvieron siempre la intención de voltear a Macri. Ese era su verdadero objetivo. El resultado de las elecciones de medio término en 2017 puede ser que los haya “calmado” un poco, pero el club del helicóptero se puso en marcha desde el primer día.

Hasta importó a la Argentina una terminología completamente exótica para nuestro país: el léxico racial. Si hay algo por lo que la Argentina podía llamarse bendecida entre las naciones del mundo era justamente esa circunstancia: nunca antes el país había asistido  a una verborragia racista.

Pues bien, hasta eso ocurrió. De la mano de desaforados a quienes anima el muy claro objetivo de instaurar una dictadura de clase, el país comenzó a ser testigo del uso cada vez más frecuente de un discurso racista, según el cual Macri representaba la avanzada blanca y rica que quería aplastar a los negros y desposeídos. Una barbaridad solo sostenible por un machaque gramsciano que no se detiene ni ante la evidencia de la historia.

Pero la táctica de esmerilamiento dio resultado y la semana que viene el kirchnerismo será gobierno otra vez. Regresa la patota, el atropello, el avasallamiento, el llevarse por delate todo porque ellos son “LA” patria. Otra vez el país embarcado en las formas de la violencia verbal, del conflicto, de la altisonancia y de la brutalidad. Otra vez el grito, el púlpito, los sarcasmos, los escraches, la acidez, la persecución por pensar diferente.

Cristina Fernández intenta convencernos de que eso fue lo que le hicieron a ella. No. La señora enfrenta 11 procesamientos con un abanico de pruebas profundas que demuestran el robo que perfeccionó su gobierno. Atribuye a la acción de éste el inicio de esas causas. Error. La enorme mayoría de ellas datan de muchos años, cuando ella aún era gobierno.

La diferencia radicó en que los informes que la Justicia pedía a las autoridades administrativas sobre las cuestiones denunciadas dormían el sueño de los justos, sin que los cortesanos de Fernández los contestaran. En cuanto se instaló un gobierno dispuesto a responderle a la Justicia los informes que solicitaba, la libertad de Fernández entro en peligro y eso, la ex presidente, no lo perdonó.

Las barbaridades que, por ejemplo, el primer Director de Vialidad Nacional, Javier Iguacel –hoy intendente electo de Capitan Sarmiento- encontró en su dependencia respecto de Baez, los sobreprecios, la no-realización de las obras, fue de tal profundidad que los jueces no podían creerlo cuando comenzaron a recibirlas. ¿Qué ocurrirá con todo eso ahora? ¿Fueron Iguacel o el propio Macri unos “perseguidores políticos” de Cristina o simplemente cumplieron con el deber que tiene todo funcionario público de poner en conocimiento de la Justicia la existencia de un delito?

Resulta verdaderamente lamentable que una pifiada económica tan grande como la que protagonizó el gobierno del presidente saliente ponga en peligro todo lo otro que se hizo en tantos campos de la vida argentina. Tan lamentable como que haya habido agentes profesionales trabajando desde el primer día para producir ese resultado. Naturalmente un gobierno con más “calle” hubiera dado por descontada la existencia de esos pillos y, al mismo tiempo de poner en marcha un programa económico integral, habría dado cuenta de ellos ante la opinión pública e incluso ante la Justicia.

El tiempo se consumió y todo eso no ocurrió. Ahora comienza una era en donde muchos añorarán lo que perdieron. La recuperación económica, que tampoco sucederá mágicamente, no logrará tapar lo que los argentinos decidieron botar al tacho de los trastos.