Aruba

El Bolsón, crónica de un valle que invita a quedarse

Carlos Mira, The Post-FMGN Press

Llegar a El Bolsón siempre me da la impresión de entrar a otro ritmo. La ruta baja desde la cordillera y, casi sin avisar, el valle se abre como un anfiteatro verde, rodeado de montañas que parecen custodiarlo desde siempre. El aire cambia: huele a bosque húmedo, a madera, a frutas finas. Y uno entiende enseguida por qué este rincón de Río Negro enamora a viajeros de todo tipo, desde aventureros hasta familias que solo buscan un respiro patagónico.

La primera mañana, antes de que el sol escalara del todo las laderas, caminé hacia la Cascada Escondida. El sendero es tranquilo, casi una introducción al lenguaje del lugar: coihues, arroyos frescos, pájaros que se oyen pero no se ven. Un par de kilómetros más tarde, el agua cae entre rocas oscuras y forma pequeñas pozas donde la luz juega sin apuro. Es un buen recordatorio de lo esencial: acá se viene a mirar, a respirar, a bajar un cambio.

Pero la verdadera inmersión llegó al día siguiente, cuando emprendí la caminata hacia el Cajón del Azul. El nombre ya promete algo especial, pero el sendero supera cualquier expectativa. La montaña se abre en balcones naturales, el río corre tan transparente que cuesta creerlo, y cada refugio aparece como una invitación informal a quedarse: un plato casero, una charla breve con otros caminantes, una estufa a leña preparada para quienes deciden pasar la noche. En ese tramo entendí por qué tantos viajeros consideran este circuito uno de los más bellos de toda la Patagonia: no es solo el paisaje, es la sensación de estar en un territorio que se despliega a medida que uno avanza.

Para ver el valle completo, subí al Cerro Piltriquitrón, donde el mirador ofrece una vista que podría ser la tapa de cualquier suplemento de viajes. Allí también descubrí el Bosque Tallado, una galería a cielo abierto en la que escultores patagónicos transformaron árboles caídos en figuras que parecen hablar con el viento. Caminar entre ellas es una experiencia extraña y fascinante: arte y naturaleza borran sus fronteras.

Si algo define a El Bolsón es su capacidad de combinar calma y movimiento. Entre caminatas conocí a un grupo que iba a hacer rafting en el río Azul; más tarde, escuché historias de quienes se animaban al canopy entre árboles gigantes. También hay cabalgatas que siguen huellas antiguas, salidas de mountain bike y ascensos guiados para quienes buscan una dosis mayor de adrenalina. En invierno cambia la escenografía, pero no el espíritu: raquetas para abrirse paso en la nieve, travesías entre refugios y fotógrafos que persiguen la luz fría de la montaña.

El descanso también tiene su capítulo. Yo elegí una de las tantas cabañas entre bosques, con estufa a leña, ventanales enormes y ese silencio que no es silencio, sino naturaleza respirando alrededor. En otros viajes probé hosterías más clásicas y hasta un eco-lodge que ofrecía experiencias personalizadas, huerta propia y un spa mínimo pero encantador. En El Bolsón no faltan opciones: desde refugios rústicos hasta propuestas boutique discretas y elegantes.

Y, por supuesto, están los sabores. Las frutas finas aparecen en dulces caseros, tortas y helados. Las cervezas artesanales —alimentadas por el lúpulo local— se disputan el protagonismo con ahumados, truchas frescas y panes que parecen recién salidos de un cuento nórdico. Cada comida se siente como otra manera de comprender el lugar. La Feria Regional, con sus artesanos, tejidos, cerámicas y quesos de productores del valle, resume como pocas cosas el espíritu de esta comunidad: creativo, amable, auténtico.

Al irme, tuve la extraña sensación de que no alcanzan los días para todo lo que El Bolsón ofrece, pero también la certeza de que esa incompletud es parte del encanto. Uno se marcha sabiendo que volverá. Porque en este valle patagónico siempre queda un sendero sin explorar, un refugio por descubrir o un sabor nuevo esperando en alguna esquina del pueblo. Y porque, de algún modo difícil de explicar, El Bolsón logra que uno se sienta un poco más liviano, un poco más parte del paisaje.

English Version

El Bolsón, a Valley that Holds You Longer Than You Plan

Carlos Mira, The Post-FMGN Press

Arriving in El Bolsón always feels like stepping into a different rhythm. The road drops from the Andes and, almost without warning, the valley opens wide like a green amphitheater guarded by mountains that seem to have been watching over it forever. The air changes too—damp forest, wood smoke, wild berries—and you immediately understand why this corner of Río Negro captivates everyone from hikers and adventurers to families looking for a gentler pace.

On my first morning, before the sun had fully climbed the slopes, I set out toward Cascada Escondida. The trail is soft and familiar, as if it were teaching you the vocabulary of the place: coihue trees, cold streams, birds you hear long before you spot them. A couple of kilometers later, water slides between dark rocks and forms small pools where the light dances slowly. It’s a quiet reminder of what matters here: looking, breathing, slowing down.

But the true immersion came the next day, when I hiked toward the legendary Cajón del Azul. The name already hints at something special, yet the trail surpasses any expectation. The river runs so clear it looks unreal, and every mountain refuge feels like an invitation to linger—a homemade meal, a quick conversation with fellow walkers, a wood stove warming those who decide to spend the night. Many travelers consider this circuit one of Patagonia’s finest, not only for the landscapes but for the feeling that the territory reveals itself step by step.

To take in the full sweep of the valley, I climbed Cerro Piltriquitrón, where the lookout offers a view worthy of any travel magazine cover. On the way, I wandered into the Bosque Tallado, an open-air gallery where Patagonian artists carved fallen trees into figures that seem to speak with the wind. Walking among them feels like stepping into a story where nature and art trade places.

El Bolsón manages to blend serenity and movement in a way few destinations can. Between hikes, I met a group heading for rafting on the Azul River; later, I heard about canopy circuits suspended among towering trees, horseback rides along old settlers’ paths, mountain bike adventures, and guided ascents for thrill-seekers. In winter, the scenery shifts but the spirit remains: snowshoeing trails, refuge-to-refuge treks, photographers chasing the crisp mountain light.

Rest takes many forms here. I stayed in one of the many cabins tucked into the woods, complete with a wood stove, wide windows, and that special silence that isn’t silence at all, but nature breathing around you. On other trips I tried classic hosterías and even an eco-lodge offering personalized experiences, a small spa, and ingredients from its own garden. El Bolsón has it all—from rustic mountain shelters to discreet boutique lodges blending into the landscape.

And then, there are the flavors. Wild berries appear in jams, pies, and ice creams. Local hops fuel beloved craft beers. Smoked foods, fresh trout, and hearty breads tell their own story of the valley. The Regional Fair ties it all together: artisans, wool, ceramics, honey, cheeses, music—an authentic gathering that mirrors the soul of the community.

Leaving El Bolsón always feels premature, as if a few days are never enough to absorb everything it offers. But that’s part of its charm. You leave knowing you’ll return. In this Patagonian valley, there’s always a new trail waiting, a new refuge to discover, a new flavor tucked away in some corner of town. And somehow, without you noticing, El Bolsón makes you feel lighter, a bit more connected to the landscape around you.

Por Carlos Mira
Si quieres ayudarnos a respaldar nuestro trabajo haz click aquí
o podes comprarnos un Cafecito.
>Aruba

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *