
Natalia Schneider, The Post, Política
Buenos Aires, Ene 4, 2026.- La captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos —un hecho que sacudió a la región en pleno inicio de 2026— encontró al Gobierno argentino alineado sin matices con Washington y, a la vez, volvió a partir aguas en la política y en el clima social local.
La postura oficial: “celebramos” y “transición democrática”
La Casa Rosada eligió una reacción rápida y de tono celebratorio. En un comunicado de la Oficina del Presidente, la administración de Javier Milei calificó a Maduro como “dictador” y presentó su detención como un avance directo contra el “narcoterrorismo” que, según el enfoque oficial, desborda las fronteras venezolanas y amenaza a toda la región.
El eje político del mensaje fue todavía más claro: Argentina “espera y apoya” que el nuevo escenario habilite el ejercicio efectivo de las autoridades “legítimamente elegidas” en las elecciones venezolanas de 2024, con mención explícita del presidente electo Edmundo González Urrutia, y con un reconocimiento al liderazgo opositor de María Corina Machado.
Ese encuadre —justicia contra el crimen organizado + restitución institucional— también se apoyó en una construcción previa del propio gobierno argentino: la idea de que la cúpula del chavismo forma parte de una estructura criminal transnacional (con referencias al “Cártel de los Soles” en el debate público local).
El oficialismo y aliados: épica “antichavista” y mensaje regional
El respaldo no quedó sólo en el texto oficial. Voces del arco oficialista y aliados lo empujaron en clave épica: “día histórico”, “llega la libertad”, “paz para Latinoamérica”, con foco en la condena moral al chavismo, la agenda de seguridad y la lectura geopolítica regional.
La calle y el humor social: festejos, alivio… y también preguntas
En paralelo, el termómetro social mostró dos capas.
La primera fue visible y contundente: miles de venezolanos residentes en Argentina se congregaron en el Obelisco para celebrar la captura, con banderas, cánticos, escenario y el monumento iluminado con los colores venezolanos. En muchos testimonios predominó el alivio y la esperanza de una transición democrática, después de años de exilio y de ruptura familiar.
La segunda capa fue menos festiva y más interrogativa: incluso entre quienes detestan a Maduro, apareció la inquietud por el método (operación militar extranjera), por los límites del precedente y por el “día después” en Venezuela. Esa duda —celebración por el final de una etapa, pero temor por el vacío de poder y por el costo regional— atravesó conversaciones y posteos en redes, y se mezcló con la polarización local.
El peronismo: repudio a la intervención y bandera de “no injerencia”
Del otro lado, el peronismo (y sectores de izquierda) se movió con un libreto casi opuesto: repudió la captura en tanto resultado de una acción militar de EE.UU., la caracterizó como una violación a los principios de no intervención y solución pacífica de controversias, y advirtió sobre el riesgo de repetir experiencias internacionales traumáticas (con comparaciones a Irak o Libia, según dirigentes citados).
En esa mirada, el punto central no fue la legitimidad (o ilegitimidad) del régimen chavista, sino la idea de soberanía y el rechazo a que el cambio político se “importe” por la fuerza. Esa posición, además, funcionó como reflejo de la grieta argentina: donde el Gobierno leyó “justicia y liberación”, el PJ leyó “precedente peligroso e intervención”.
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