
Carlos Mira, The Post, Internacionales
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no fue una simple alternancia política, sino la reactivación de un modelo de poder basado en la confrontación, la centralidad personal y una lógica transaccional de la política. Su primer año nuevamente en la presidencia estuvo menos marcado por la sorpresa que por la profundización de una agenda conocida, aunque desplegada en un contexto institucional, social y geopolítico sensiblemente más frágil que el de su primer mandato.
Desde el inicio, Trump optó por gobernar con velocidad y choque. Reinstaló políticas migratorias duras, desandó regulaciones ambientales y reforzó la narrativa de un “Estado capturado” que justifica su presión constante sobre la justicia, los organismos federales y parte de la burocracia. A diferencia de su primer ciclo, ya no gobierna como outsider: conoce los resortes del sistema y empuja deliberadamente sobre sus límites.
En materia económica, logró capitalizar una desaceleración inflacionaria heredada, pero sin resolver tensiones estructurales como el déficit fiscal y la creciente segmentación social. Su discurso promercado convive con un proteccionismo selectivo orientado a blindar empleo industrial y fidelizar a su base electoral, aun a costa de fricciones con socios comerciales tradicionales.
2026: el año donde el poder se pone a prueba
Si 2025 aparece como un período de afirmación política, 2026 se perfila como el verdadero punto de inflexión del mandato. Confluyen el desgaste natural del poder, las elecciones legislativas de medio término y una sociedad que ya no evalúa promesas, sino resultados concretos.
Las elecciones de medio término funcionarán como un plebiscito sobre el liderazgo de Trump. Retener poder en el Congreso será clave para evitar que la segunda mitad del mandato quede atrapada en bloqueos, investigaciones y parálisis legislativa. Una derrota significativa reactivaría la lógica del “presidente bajo asedio” y condicionaría toda su agenda futura.
En paralelo, la economía real se vuelve el principal termómetro político. Empleo, poder adquisitivo y estabilidad financiera definirán la percepción pública de la gestión. A esta altura del ciclo, el argumento del “sistema heredado” pierde eficacia: cualquier deterioro económico impactará directamente sobre la credibilidad presidencial.
En política exterior, 2026 obliga a Trump a pasar de la retórica a las definiciones. En Ucrania, su promesa de acelerar una salida negociada enfrenta límites evidentes. Ni Moscú ni Kiev llegan a la mesa sin condiciones, mientras Europa observa con recelo cualquier acuerdo que perciba como concesivo. La Casa Blanca buscará imponer una negociación rápida, más orientada a cerrar el conflicto que a rediseñar el equilibrio regional, con el riesgo de estabilizar el frente militar a costa de erosionar el liderazgo occidental y tensar la relación con los aliados europeos.
En Medio Oriente, el escenario es aún más volátil. El eje Israel–Irán–Hamas expone una de las contradicciones centrales del trumpismo: apoyo político explícito a Israel combinado con una aversión profunda a las guerras prolongadas. En 2026, el objetivo será evitar una escalada regional directa con Irán, incluso si eso implica tolerar conflictos de baja intensidad y negociaciones indirectas. La estrategia apunta más a contener que a resolver, pero cualquier error de cálculo podría arrastrar a Estados Unidos a un conflicto que Trump prometió evitar.
A todo esto se suma el frente institucional. Con el avance del mandato, la justicia y el aparato estatal muestran menor tolerancia a la confrontación permanente. Investigaciones, fallos adversos o choques con agencias federales pueden erosionar su capacidad de control y alimentar una oposición que combine política y tribunales.
Finalmente, 2026 abre una pregunta incómoda incluso dentro del trumpismo: si Trump gobierna para cerrar su ciclo o para proyectar un legado. La ausencia de una figura clara de sucesión convierte ese año en un terreno de disputas internas, donde la lealtad convive con la ambición.
En síntesis, la presidencia de Trump entra en su fase más exigente. Ya no se trata de romper el sistema ni de desafiarlo desde afuera, sino de sostener poder, resultados y control del relato dentro de un entramado institucional que, más temprano que tarde, le exigirá rendir cuentas.

