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Rusia y Ucrania cuatro años después

Luis Pedro López Bosch, The Post, Corresponsal en Europa

Cuatro años después del inicio de la guerra en Ucrania, el conflicto que el Kremlin imaginó breve y decisivo se transformó en una confrontación larga, costosa y de resultados ambiguos para Rusia. La operación militar que buscaba alterar el rumbo político de Kiev y redefinir el equilibrio de seguridad europeo derivó en un escenario de desgaste permanente, con beneficios estratégicos discutibles frente a un impacto humano, económico y diplomático de gran magnitud.

El frente de batalla ofrece una imagen elocuente: Rusia consiguió consolidar posiciones en zonas del este y del sur ucraniano, asegurar el corredor terrestre hacia Crimea y sostener presencia militar en territorios que considera claves. Pero esos avances se produjeron tras repliegues, pérdidas tácticas y una resistencia ucraniana sostenida por el respaldo occidental. La promesa de una victoria rápida quedó enterrada en los primeros meses de la guerra, y desde entonces el conflicto se estabilizó en una dinámica de choques intermitentes y alto desgaste.

La dimensión del costo es central para comprender el balance. El esfuerzo bélico obligó a Moscú a movilizaciones parciales, a ampliar el reclutamiento y a reorientar la economía hacia una lógica de guerra prolongada. La industria militar opera a máxima capacidad, mientras otros sectores sienten el peso de las sanciones y de la restricción tecnológica. Aunque el país logró amortiguar el impacto gracias a sus recursos energéticos y al control estatal, la presión sobre el crecimiento, la inversión y la innovación es evidente y condiciona su proyección a futuro.

En el plano internacional, el resultado es paradójico. Uno de los objetivos estratégicos de Rusia era frenar la expansión occidental en su entorno inmediato; sin embargo, la guerra terminó fortaleciendo la cohesión de la OTAN, acelerando el rearme europeo y consolidando la alineación entre Estados Unidos y la Unión Europea en materia de defensa. Países que durante décadas habían sostenido posiciones de neutralidad redefinieron su rol, y la arquitectura de seguridad continental cambió de manera profunda.

A su vez, Moscú se vio empujado a profundizar vínculos con regiones y actores fuera del eje europeo. El acercamiento a Asia, África y Medio Oriente permitió sostener canales comerciales y políticos alternativos, pero también evidenció una dependencia creciente de socios como China, en una relación marcada por asimetrías que antes eran menos visibles. La pérdida de Europa como principal mercado energético y socio tecnológico modificó el posicionamiento internacional ruso.

Puertas adentro, el Kremlin mantuvo el control político y logró instalar la narrativa de una confrontación directa con Occidente, presentada como una disputa existencial. Sin embargo, la guerra dejó señales persistentes: presión sobre el gasto público, emigración de sectores profesionales, endurecimiento institucional y un clima social atravesado por el desgaste de un conflicto que no ofrece una salida clara ni inmediata.

Del lado europeo, el impacto tampoco fue menor. La crisis energética inicial, la inflación y la incertidumbre obligaron a redefinir prioridades económicas y estratégicas. Con el tiempo, la región avanzó en la reducción de su dependencia del gas ruso y en una coordinación más estrecha en materia de defensa. Ucrania, devastada por la guerra y sostenida por asistencia internacional, emergió como un símbolo de resistencia y consolidó una identidad nacional reforzada por el conflicto.

El contraste entre expectativas iniciales y resultados actuales define el momento. La invasión no produjo el colapso político ucraniano ni el reordenamiento del sistema de seguridad europeo que Moscú buscaba. Tampoco quebró el apoyo occidental a Kiev. En cambio, dejó un mapa más fragmentado, una guerra enquistada y una Rusia que, pese a sostener avances territoriales y capacidad militar, enfrenta un costo acumulado que supera con creces los beneficios visibles.

El desenlace sigue abierto y dependerá tanto de la evolución del frente como de las decisiones políticas en Moscú, Kiev y las capitales occidentales. Pero, a esta altura del conflicto, el balance preliminar sugiere que la apuesta estratégica rusa produjo más desgaste que transformación estructural: un esfuerzo inmenso para resultados que, en términos de poder e influencia, todavía aparecen lejos de justificar el precio pagado,

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