
Patricia Arencibia, The Post, US Correspondent
New York City, Ene 5, 2026.- Con grilletes en los tobillos y vestido con el uniforme reglamentario de los detenidos federales, Nicolás Maduro volvió a escena este lunes, esta vez no desde un balcón en Caracas sino ante un juez del Distrito Sur de Nueva York. Allí, en su primera aparición judicial en Estados Unidos, el exmandatario venezolano se declaró inocente de todos los cargos en su contra y denunció haber sido “secuestrado”, al tiempo que insistió en que sigue siendo el presidente de Venezuela.
Maduro, de 63 años, llegó al tribunal escoltado por agentes federales junto a su esposa, Cilia Flores. Ambos enfrentan acusaciones por narcotráfico, narcoterrorismo y conspiración para introducir cocaína en territorio estadounidense. La audiencia se realizó en la misma sala donde meses atrás fue juzgado y condenado el productor musical Sean “Diddy” Combs, un detalle que no pasó inadvertido entre los periodistas acreditados.
La captura de la pareja se produjo en Caracas durante la madrugada del sábado, en el marco de un operativo ejecutado por fuerzas especiales de Estados Unidos que incluyó acciones armadas contra distintas instalaciones militares. Tras ser detenidos, fueron trasladados de inmediato a Nueva York para quedar a disposición de la justicia federal.
Dentro de la sala, el clima fue tenso desde el inicio. El sonido metálico de los grilletes de Maduro se oyó antes de que hiciera su ingreso. Ya en el recinto, se giró hacia el público, asintió con la cabeza y pareció saludar a algunos presentes. Así lo describió la periodista de la BBC Madeline Halpert, una de las pocas cronistas con acceso directo a la audiencia.
El juez a cargo del caso, Alvin Hellerstein, de 92 años, le pidió al acusado que confirmara su identidad. La respuesta de Maduro fue inmediata y cargada de contenido político: “Soy el presidente de Venezuela y me considero un prisionero de guerra. Fui capturado en mi casa en Caracas”. Hellerstein lo interrumpió con gesto adusto y le aclaró que habría “un momento y un lugar” adecuados para exponer su versión de los hechos.
Durante la lectura formal de los cargos, Maduro negó uno por uno los delitos que se le imputan. “Soy inocente, no me declaro culpable”, afirmó ante el magistrado. Cada vez que tuvo oportunidad de hablar, reiteró el mismo mensaje: que sigue siendo el jefe de Estado venezolano y que su traslado a Estados Unidos fue ilegal. Cilia Flores, vestida con un uniforme similar, también se declaró inocente.
A diferencia de otros casos resonantes, la defensa de Maduro no solicitó en esta instancia la libertad bajo fianza, una posibilidad que en los pasillos del tribunal muchos daban por descartada. Su abogado, Barry Pollack —conocido por haber representado a Julian Assange— dejó abierta la puerta para plantearlo más adelante. Flores, en tanto, es defendida por Mark Donnelly, exfiscal del Departamento de Justicia y especialista en delitos económicos.
Un detalle menor pero revelador se produjo sobre el final de la audiencia: Maduro pidió permiso para conservar las anotaciones que había tomado durante la sesión. El juez respondió que, en principio, no veía inconvenientes.
La comparecencia duró unos 40 minutos. Antes de retirarse, el magistrado fijó la próxima audiencia para el 17 de marzo. El momento más tenso llegó cuando un hombre del público comenzó a gritarle en español que “pagaría” por lo que había hecho. Maduro se dio vuelta y respondió, también en español, que era un “presidente secuestrado” y un “prisionero de guerra”.
Minutos después, escoltado nuevamente y con los grilletes resonando en el piso, fue retirado de la sala por una puerta lateral, caminando detrás de su esposa. Afuera, Nueva York seguía su ritmo habitual, ajena —al menos en apariencia— a una escena que ya quedó inscripta en la larga saga judicial y política del caso venezolano.
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