
Luis Pedro López Bosch, The Post, Corresponsal en Europa
Desde Europa —y con sorpresa creciente en las cancillerías del continente— la idea de Donald Trump de avanzar sobre Groenlandia volvió a encender una crisis diplomática inédita entre Estados Unidos y un aliado histórico de la OTAN. Lejos de retroceder, el presidente norteamericano mantiene su obsesión por “conquistar” la isla ártica, según admitió sin rodeos el canciller danés, Lars Løkke Rasmussen, tras una ronda de reuniones en Washington que dejó más tensiones que acuerdos.
“Fue imposible mover un centímetro la posición estadounidense”, reconoció Rasmussen. Y fue más allá: dejó en claro que la pretensión de Trump no solo resulta innecesaria, sino directamente contraria a los intereses del Reino de Dinamarca, del que Groenlandia forma parte como territorio autónomo. “El deseo del presidente es evidente —dijo—, pero nosotros marcamos líneas rojas muy claras”.
El tono de la disputa preocupa en Europa. Groenlandia, estratégica por su ubicación y por sus recursos naturales, está bajo administración danesa, y Copenhague pidió a Washington un marco de cooperación “respetuoso” en lugar de presiones políticas y militares. Como señal concreta de respaldo, Francia, Alemania y Noruega anunciaron que aportarán tropas a un refuerzo militar liderado por Dinamarca, con presencia aérea, naval y terrestre en torno a la isla, incluso con participación de aliados de la OTAN.
Las conversaciones en la capital estadounidense duraron menos de una hora y estuvieron rodeadas de suspicacias. El vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio recibieron a los cancilleres de Dinamarca y Groenlandia, en un encuentro que varios analistas europeos describieron como una posible “encerrona” diplomática para forzar concesiones. Aun así, ambas partes acordaron crear un grupo de trabajo para canalizar las diferencias, aunque sin avances sustanciales.
Trump, lejos de moderar su discurso, redobló la apuesta horas antes del encuentro. Dijo que sería “inaceptable” que Groenlandia quedara en manos de cualquier país que no fuera Estados Unidos y, ya entrada la noche, desde el Salón Oval, insistió en que la isla es clave para la seguridad nacional, incluso —según él— para la propia Dinamarca. “Si Rusia o China quisieran ocupar Groenlandia, Dinamarca no podría hacer nada. Nosotros sí”, lanzó, comparando la situación con episodios recientes en Venezuela.
En paralelo, expertos citados por la prensa estadounidense estimaron que una eventual toma del territorio podría costarle a Washington hasta 700.000 millones de dólares, una cifra que refuerza la idea —extendida en Europa— de que un ataque directo es poco probable. El ministro de Defensa danés, Troels Lund Poulsen, habló de escenarios “altamente hipotéticos”, aunque confirmó que su país avanzará hacia una presencia militar más estable y permanente en la isla.
Mientras tanto, la Casa Blanca siguió agitando la polémica en redes sociales. En una publicación, mostró dos trineos tirados por perros y la pregunta provocadora: “¿Hacia dónde, Groenlandia?”, una burla que recordó una frase previa de Trump, cuando minimizó la defensa danesa diciendo que se reducía a “dos trineos”.
La idea de comprar o tomar Groenlandia no es nueva: Trump la había mencionado en 2019, durante su primer mandato. Pero desde su regreso al poder, el tono se volvió más agresivo. El presidente llegó a decir que Estados Unidos se quedaría con la isla “de una forma u otra”, sacudiendo tanto a la Unión Europea como a la OTAN al no descartar el uso de la fuerza contra un territorio protegido por ambos bloques.
La respuesta europea fue rápida. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, subrayó que Groenlandia “pertenece a su gente” y remarcó que el derecho a la autodeterminación no es negociable. Emmanuel Macron, por su parte, advirtió que cualquier afectación a la soberanía de un país miembro de la UE tendría consecuencias “sin precedentes” y prometió “plena solidaridad” con Dinamarca.
Desde Groenlandia, la posición también fue firme: el territorio no está en venta. Tanto Copenhague como Nuuk denunciaron presiones “inaceptables” de parte de Washington y recordaron que un acuerdo bilateral firmado en 1951 ya permite a Estados Unidos ampliar significativamente su presencia militar en la isla, sin necesidad de aventuras geopolíticas.
Detrás del ruido diplomático, los analistas creen que el objetivo final será descomprimir la crisis y encontrar algún tipo de acuerdo que calme la retórica de Trump sin ceder soberanía. “La meta es acomodar las demandas de seguridad de Estados Unidos o, al menos, bajar el tono”, explicó Andreas Østhagen, del Instituto Fridtjof Nansen de Oslo.
En la propia opinión pública estadounidense, la iniciativa no entusiasma. Una encuesta de Reuters/Ipsos mostró que solo el 17% de los norteamericanos aprueba los intentos de Trump por quedarse con Groenlandia, y que amplias mayorías —tanto demócratas como republicanas— rechazan cualquier uso de la fuerza militar para anexar la isla. Desde este lado del Atlántico, el mensaje parece claro: el Ártico volvió a ser un tablero sensible, y nadie en Europa está dispuesto a dejar pasar la jugada sin dar pelea diplomática.
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