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Guardiola habló por Palestina y dejó al fútbol mirando al piso

Luis Pedro López Bosch, The Post, Corresponsal en Europa

Por estos días, cuando el deporte global suele correr el cuerpo a cualquier incomodidad política, Pep Guardiola decidió no hacerlo. El entrenador más influyente del fútbol europeo, emblema de la corrección discursiva y actual DT del Manchester City, rompió el molde y se manifestó públicamente a favor del pueblo palestino en un acto solidario que dejó a muchos incómodos y a otros directamente mudos.

Guardiola participó en Act x Palestine, un concierto benéfico realizado en el Palau Sant Jordi de Barcelona, y subió al escenario no como técnico ganador de Champions ni como referente del “fair play”, sino como ciudadano. Su mensaje fue directo, sin eufemismos, y apuntó de lleno a la tragedia humanitaria que atraviesa la Franja de Gaza, con especial énfasis en los niños.

En un mundo donde las grandes figuras deportivas suelen elegir el silencio estratégico —para no incomodar sponsors, ligas o federaciones—, Guardiola eligió la palabra. Y la usó para señalar una responsabilidad colectiva.

“Vemos a niños palestinos que hoy están completamente solos. Y no podemos aceptar que esto sea normal. No es una cuestión de ideología, es una cuestión de humanidad”, dijo ante miles de personas.

El entrenador catalán también apuntó contra la indiferencia internacional, un mensaje que incomoda porque interpela, incluso —o sobre todo—, a quienes prefieren mirar para otro lado.

“Cuando los más débiles quedan abandonados, todos fallamos. Si no somos capaces de alzar la voz por ellos, ¿para qué sirve todo lo demás?”, agregó.

La escena fue potente: Guardiola con una kufiya sobre los hombros, hablando de Gaza mientras el fútbol europeo sigue funcionando como si nada, con estadios llenos, contratos récord y una neutralidad cada vez más parecida a la complicidad.

Sin embargo, desde este lado del continente, hay un vacío que resulta imposible ignorar. Como periodista argentino viviendo y trabajando en Europa, no recuerdo —ni encuentro registro relevante— de que Guardiola haya condenado pública y explícitamente a Hamas por la masacre del 7 de octubre de 2023. No una referencia genérica a “la violencia”, no una condena abstracta al horror, sino una mención clara al ataque que incluyó asesinatos, violaciones y secuestros de civiles israelíes y que funcionó como hecho detonante de esta guerra. Ese silencio no invalida su sensibilidad frente al sufrimiento palestino, pero sí abre una pregunta incómoda: ¿se puede hablar de humanidad completa cuando la empatía parece empezar siempre después de un hecho fundacional que nunca se nombra? En Europa, donde la memoria histórica tiene peso político, lo que no se dice también construye sentido. Y en este caso, el silencio no es neutro.

No es la primera vez que Guardiola se involucra en causas políticas o humanitarias, pero esta intervención tuvo un peso distinto. No habló en una entrevista editada ni en redes sociales: habló en público, en vivo, sin red, y sabiendo perfectamente el costo simbólico que eso implica en el ecosistema del fútbol de elite.

En tiempos donde se exige a los deportistas “que no se metan en política”, Guardiola recordó algo más incómodo todavía: que el silencio también es una posición. Y que, a veces, el mayor gesto de rebeldía no es ganar títulos, sino animarse a decir casi todo… aunque no todo.

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