
Luis Pedro López Bosch, Corresponsal en Europa
Roma, Dic 30, 2025.- Durante años, Italia fue observada con recelo desde las principales capitales europeas. Inestabilidad crónica, gobiernos efímeros y una relación ambigua con Bruselas alimentaron la idea de un socio imprevisible. La llegada de Giorgia Meloni al poder profundizó inicialmente esas dudas: su trayectoria política, su discurso soberanista y sus alianzas despertaron temores de aislamiento. Sin embargo, el desarrollo de su gestión produjo un efecto inverso al esperado.
Lejos de romper con el orden europeo, Meloni optó por una estrategia de integración pragmática. Mantuvo los compromisos internacionales de Italia, sostuvo el alineamiento atlántico y evitó los gestos rupturistas que muchos anticipaban. Esa combinación de firmeza ideológica en el plano interno y moderación en política exterior terminó redefiniendo su perfil ante los socios comunitarios.
Estabilidad como activo político
Uno de los elementos que más contribuyó a su consolidación fue la continuidad. En un país acostumbrado a cambios de gobierno constantes, la duración de su mandato comenzó a ser leída como un signo de orden. Esa estabilidad política tuvo efectos concretos: mejoró la percepción de Italia en los mercados, redujo tensiones financieras y reforzó la idea de previsibilidad institucional.
Meloni construyó poder sin confrontar abiertamente con Bruselas. En lugar de cuestionar el marco europeo, eligió disputar liderazgo dentro de él. Defendió los intereses nacionales, pero lo hizo desde una lógica de negociación, no de choque. Ese giro le permitió transformar una imagen inicial de dirigente incómoda en la de una interlocutora necesaria.
Del escepticismo al respeto
El cambio de mirada no fue inmediato, pero sí sostenido. Meloni pasó de ser considerada una excepción dentro del sistema europeo a convertirse en una figura consultada en debates clave. Migración, seguridad, energía y política internacional encontraron en Italia una voz firme, alineada con Occidente y capaz de articular consensos.
Su respaldo a Ucrania y su sintonía con la OTAN resultaron decisivos para disipar dudas sobre su orientación estratégica. A eso se sumó una relación fluida con Estados Unidos y una creciente capacidad de interlocución con los principales líderes europeos, incluso aquellos ideológicamente distantes.
Un liderazgo con identidad propia
En el plano interno, Meloni consolidó una narrativa de autoridad basada en el orden, la disciplina fiscal y la recuperación del protagonismo italiano. Evitó el tono grandilocuente y priorizó resultados, construyendo una imagen de liderazgo sobrio que contrastó con el dramatismo habitual de la política italiana.
Hoy, Italia ya no es presentada como el problema del sur europeo, sino como un actor que ofrece estabilidad en un contexto continental marcado por tensiones, fragmentación y crisis de liderazgo. La dirigente que alguna vez fue vista como la “nota discordante” logró, con pragmatismo y cálculo político, convertirse en una referencia influyente.
El recorrido de Meloni no eliminó las controversias ni las críticas, pero sí alteró el punto de partida del debate: ya no se discute si Italia puede liderar, sino hasta dónde está dispuesta a hacerlo.
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