
De la Redaccion de The Guardian para The Post
Patri Echazabal Orta vive en Madrid, España. Maykel Fernández está en Charlotte, en Estados Unidos, mientras que Cristian Cuadra permanece en La Habana, Cuba —por ahora.
Todos son cubanos, todos crecieron bajo los ideales revolucionarios y fueron educados en buenas escuelas estatales. Sin embargo, se han desencantado con el relato nacional tan arraigado de que Cuba es un país de revolución y resistencia. Frente a la falta de apertura política y a las escasas perspectivas económicas, cada uno tomó la misma decisión: irse.
No están solos. Tras 68 años de sanciones parciales y casi 64 años de embargo económico total por parte de Estados Unidos, estudios demográficos independientes sugieren que Cuba atraviesa el mayor colapso poblacional del mundo y que probablemente ya esté por debajo de los 8 millones de habitantes: una caída del 25% en apenas cuatro años, lo que equivale a una pérdida promedio de unas 820.000 personas por año.
Existen múltiples causas detrás de este éxodo, pero la mayoría de los expertos coincide en que el bloqueo, décadas de crisis económica, el deterioro de los servicios públicos, la represión política y el desencanto generalizado con la revolución se han combinado en lo que definen como una “policrisis”.
La inestabilidad debilita aún más a Cuba en un momento en que la administración Trump refuerza su ofensiva en América Latina, incrementa la presencia militar estadounidense en el Caribe, presiona a Caracas y endurece su postura frente a los gobiernos de Panamá, Colombia y Cuba.
Según investigaciones de Juan Carlos Albizu-Campos Espiñeira, economista y demógrafo del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo de La Habana, y de Dimitri Fazito de Almeida Rezende, de la Universidad Federal de Minas Gerais, la población cubana está muy por debajo de la proyección oficial de 2015 —11,3 millones— e incluso por debajo de las estimaciones para 2050.

Solo entre 2022 y 2023 se registró una caída del 18% debido a la emigración. Además, el país lleva cinco años consecutivos con más muertes que nacimientos, con una tasa de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo desde 1978 y salarios que hacen inviable sostener una familia.
Actualmente, uno de cada cuatro cubanos tiene más de 60 años, lo que agrava el panorama económico y social. Pero el principal acelerador del declive es la salida de jóvenes: la mayoría de los emigrantes tiene entre 15 y 59 años; el 57% son mujeres y el 77% está en edad reproductiva. Financian su salida con recursos propios y ayuda familiar, utilizando redes globales para atravesar América Latina, Europa, África y Asia.
No existen estudios independientes que confirmen si la mayoría de los cubanos apoyaría una intervención militar extranjera para derrocar al régimen instaurado en 1959 por Fidel Castro y el Che Guevara. Sin embargo, entre quienes se han ido, muchos aún esperan algún cambio en su país.
Echazabal, de 29 años, dejó La Habana junto a su madre y su pareja durante la pandemia. Primero viajó a Rusia —donde los cubanos pueden permanecer hasta 90 días sin visa—, luego a Serbia y, desde allí, atravesó Bosnia, Croacia y Eslovenia, en parte a pie, antes de llegar a Italia y Francia, hasta establecerse en España. Aunque aún lucha por regularizar su situación, asegura que no podría volver a Cuba sin un cambio radical. “La vida diaria es una lucha constante por lo básico, con infraestructura colapsada y salarios inviables”, dice.

Para los jóvenes cubanos, emigrar es una “aspiración casi universal”, nacida de la escasez persistente y la búsqueda de oportunidades.
“Desde que uno empieza a trabajar, todos quieren irse; no hay comida y es muy difícil conseguir cualquier cosa”, explica Echazabal.
Albizu-Campos define este escenario como una policrisis y habla de un “malthusianismo de la pobreza”: familias que deciden no tener hijos para evitar el hambre. Considera que el declive poblacional es irreversible y que los factores de expulsión superan cualquier incentivo para quedarse. Las políticas actuales, sostiene, han llegado a un “punto de implosión”.
Las autoridades reconocen una reducción poblacional, pero la estiman en 14%, lo que aun así ubicaría a Cuba como el segundo país con mayor caída demográfica del mundo entre 2020 y 2025, solo detrás de Ucrania.
Según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), la población era de 9,75 millones a fines de 2024, 300.000 menos que el año anterior. Su subdirector, Juan Carlos Alfonso Fraga, admite un “cambio demográfico profundo y muy complejo”, aunque evita hablar de crisis. Asegura que las diferencias con estudios independientes se deben a metodologías distintas y defiende la solidez del sistema estadístico cubano.
Atribuye los problemas demográficos al embargo estadounidense y compara el éxodo actual con el del Mariel en 1980 o la crisis de los balseros en 1994.
La socióloga Elaine Acosta González, de la Universidad Internacional de Florida, advierte que la emigración ha vaciado al país de mujeres que históricamente se ocupan del cuidado de los mayores.
“El 80% del cuidado recae en mujeres. Si ellas se van, ¿quién cuida a los ancianos?”, se pregunta.
El consenso es claro: el problema central es económico. Cuba atraviesa su peor crisis desde 1959. El PBI cayó 10,9% en 2020 y, tras una leve recuperación, volvió a entrar en recesión en 2023–24. La Cepal prevé otra caída del 1,5% en 2025.
Once de los quince principales sectores económicos están en declive: el azúcar cayó 68% en cinco años, la pesca 53% y la agricultura 52%. El turismo perdió 60% de sus ingresos. En La Habana, la pobreza es visible: basura acumulada, edificios que se derrumban, apagones y una creciente desigualdad.
Los jóvenes se sienten especialmente frustrados. Cuadra, ingeniero mecánico, ganaba el equivalente a 16 o 19 dólares mensuales. Hoy trabaja como chofer en una app similar a Uber y gana en un día lo que antes en un mes.
“Si tenés la oportunidad, te vas. Acá no hay futuro”, dice.

Economistas como Juan Triana Cordoví critican que el Estado haya destinado el 35% de la inversión a hoteles y bienes inmobiliarios, descuidando agricultura, energía y producción. El resultado es una fuga de cerebros que deja hospitales y escuelas sin personal.
La académica Helen Yaffe sostiene que la crisis no puede entenderse sin el impacto de seis décadas de sanciones estadounidenses, que aislaron a Cuba del crédito internacional y agravaron su deuda. A eso se suma la pérdida de apoyo de aliados como Rusia y China.
Mientras tanto, el sistema sanitario se deteriora, faltan medicamentos y resurgen enfermedades. Los apagones llegan a durar hasta 22 horas diarias en algunas ciudades. Cuba cayó del puesto 57 al 97 en el índice de desarrollo humano de la ONU.
Aunque el gobierno niega una crisis humanitaria, muchos cubanos no lo creen. Las protestas del 11 de julio de 2021 marcaron un quiebre. Desde entonces, más de 700 personas han sido encarceladas, según Human Rights Watch.
José Daniel Ferrer, histórico opositor hoy exiliado en Miami, advierte que la emigración debilita la oposición interna.
“Todos quieren cambios, pero el régimen encarcela a cualquiera que intente organizarlos”, afirma.
Otros, como el exdiplomático Carlos Alzugaray, creen que el sistema no sabe cómo reformarse. Y mientras algunos esperan cambios desde dentro, otros ya no creen en ninguna salida.
Maykel Fernández, de 35 años, salió tras las protestas del 11J. Tras pasar por Rusia, Nicaragua y Centroamérica, llegó a Estados Unidos.
“No es como el exilio de antes. Hoy la gente solo quiere escapar del sistema”, dice.
“Volver a Cuba, ni muerto.”
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