
Patricia Arencibia, The Post, US Correspondent
Miami, FL., Ene 2, 2026.- Estados Unidos puso en marcha esta semana la cuenta regresiva hacia su 250° aniversario con un acto encabezado por el presidente Donald Trump, quien presentó el esquema general de celebraciones que se extenderá hasta el 4 de julio de 2026. El hito encuentra a la principal potencia occidental en un momento de fuerte introspección interna y reacomodamiento global, pero también ofrece la oportunidad de revisar el recorrido histórico de un país cuya influencia marcó como pocos el curso del mundo moderno.
Desde su nacimiento en 1776, Estados Unidos fue menos una certeza geográfica que una apuesta política. Las trece colonias que declararon su independencia no solo buscaron romper con la Corona británica, sino afirmar un principio entonces disruptivo: que los individuos poseen derechos inherentes y que el poder del Estado debe existir para protegerlos, no para concederlos. En un contexto dominado por monarquías y imperios, la idea de que la soberanía residía en el pueblo resultó profundamente revolucionaria.
Esa visión se consolidó con la Constitución de 1787, un texto cuya vigencia y capacidad de adaptación no tiene precedentes. La división de poderes, el sistema de frenos y contrapesos y los límites explícitos a la autoridad estatal conformaron una arquitectura institucional pensada para contener los abusos del poder. Con el tiempo, la Constitución estadounidense se convirtió en uno de los documentos políticos más influyentes de la historia, inspirando modelos democráticos en Europa, América Latina y otras regiones.
Vista desde Miami —ciudad moldeada por oleadas de inmigrantes, exilios políticos y cruces culturales— la historia de Estados Unidos se percibe como un proceso permanente de reinvención. El país se consolidó como un polo de atracción para millones de personas que buscaron oportunidades, estabilidad y libertad. Esa diversidad, lejos de debilitar la identidad nacional, terminó convirtiéndose en uno de sus principales activos.
En el plano económico, Estados Unidos emergió como el gran escenario del capitalismo moderno. Sin haberlo creado, lo desarrolló a una escala inédita, combinando iniciativa privada, innovación tecnológica y profundidad financiera. Desde la revolución industrial hasta la economía digital, el país fue clave en la construcción de un sistema que impulsó crecimiento, movilidad social y desarrollo a nivel global.
La contribución estadounidense a la ciencia y la tecnología resulta central para comprender el mundo contemporáneo. La electrificación, la aviación, la exploración espacial, la informática y el desarrollo de Internet tienen una impronta decisiva de universidades, empresas y centros de investigación norteamericanos. Ese entramado entre sector público y privado permitió transformar descubrimientos científicos en aplicaciones concretas que modificaron la vida cotidiana de miles de millones de personas.
En el ámbito de la medicina, el impacto fue igualmente profundo. Avances en antibióticos, vacunas, tratamientos oncológicos, cirugías de alta complejidad y biotecnología posicionaron a Estados Unidos como uno de los motores de la investigación médica global. La extensión de la expectativa de vida y la mejora en la calidad de los tratamientos son parte directa de ese legado.
El siglo XX marcó el ascenso definitivo de Estados Unidos como actor central del sistema internacional. Su intervención en la Segunda Guerra Mundial fue decisiva para la derrota del nazismo, tanto en el plano militar como industrial. La reconstrucción de Europa a través del Plan Marshall no solo evitó un colapso económico prolongado, sino que sentó las bases de un orden occidental sustentado en cooperación, alianzas y estabilidad.
Durante la Guerra Fría, Washington se erigió como el principal contrapeso de los regímenes totalitarios. Con aciertos y errores, el país defendió un modelo basado en libertades individuales, pluralismo político y economías abiertas. El colapso del bloque soviético y la expansión posterior de sistemas democráticos consolidaron ese liderazgo, aun con sus contradicciones.
El lanzamiento de las celebraciones por los 250 años tiene también una fuerte carga simbólica hacia el interior del país. En un escenario de polarización política, el aniversario funciona como una apelación a los valores fundacionales: la Constitución, el Estado de derecho y la centralidad del individuo frente al poder. El discurso de Trump, enfocado en la identidad nacional y la continuidad histórica, buscó inscribir el presente en una narrativa de largo plazo.
Desde Miami, una ciudad que condensa muchas de las tensiones y virtudes de Estados Unidos, la historia nacional aparece menos como un relato cerrado que como una construcción en permanente disputa. A dos siglos y medio de su independencia, el país sigue siendo una referencia inevitable —admirada, cuestionada y debatida— del orden mundial.
Más que una celebración protocolar, los 250 años de Estados Unidos invitan a una reflexión de fondo: pocas naciones han influido tanto en la forma en que hoy se organizan las democracias, se desarrollan las economías, se producen los avances científicos y se conciben los derechos individuales. Ese legado, con luces y sombras, continúa marcando el pulso del siglo XXI.
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