
Por Erika Solomon, Farnaz Fassihi, Sanam Mahoozi y Sanjana Varghese para el New York Times. Traducción de Carlos Mira
EL CAIRO.– Mientras Irán atraviesa una oleada de protestas y el gobierno impone un cerrojo informativo casi absoluto, comienzan a emerger videos y relatos que describen una represión de una violencia inédita en más de diez años. Las imágenes y los testimonios coinciden en un punto: el aparato estatal habría pasado a usar munición letal contra manifestantes desarmados.
Personas que estuvieron en el lugar aseguran que las fuerzas de seguridad ya disparan con armas automáticas y, en muchos casos, sin distinguir objetivos. En hospitales de distintas ciudades, médicos relatan un cambio dramático en el tipo de heridas: si al inicio predominaban los impactos de perdigones, ahora llegan pacientes con balazos, traumatismos craneanos severos y lesiones compatibles con ejecuciones a corta distancia. “Estamos ante un escenario de víctimas múltiples”, resumió un profesional de la salud.
Pese al bloqueo informativo, una imagen se repite una y otra vez en el material que logra salir del país: largas hileras de bolsas mortuorias. Videos difundidos por activistas opositores muestran a familias llorando junto a cuerpos ensangrentados, aún dentro de las bolsas abiertas. En paralelo, la televisión estatal iraní emitió imágenes de una morgue donde un empleado, vestido con uniforme azul, aparece rodeado de bolsas alineadas en una sala blanca iluminada por tubos fluorescentes.
“La mayoría eran personas comunes”, dice el funcionario ante las cámaras, con gesto cansado. “Familias comunes”. Tanto quienes siguen respaldando al régimen teocrático como quienes exigen su caída coinciden en algo: la brutalidad de estos días no tiene precedentes recientes.
El número exacto de muertos y heridos sigue siendo incierto. Organizaciones de derechos humanos enfrentan enormes dificultades para comunicarse con sus fuentes dentro de Irán y aplicar sus métodos habituales de verificación. Aun así, aseguran haber registrado ya cientos de fallecidos. Un alto funcionario del Ministerio de Salud, que habló bajo anonimato, sostuvo que las muertes rondarían las 3000, incluidos miembros de las fuerzas de seguridad, aunque responsabilizó a supuestos “terroristas” de la violencia. Otro funcionario confirmó haber visto un informe interno con cifras similares y advirtió que el balance podría seguir creciendo.
De confirmarse esos números, se trataría de una de las jornadas más sangrientas de la historia reciente del país. Testigos describen francotiradores ubicados en azoteas del centro de Teherán, disparos contra concentraciones pacíficas que de un momento a otro derivan en escenas de pánico, cuerpos cayendo tras recibir impactos en la cabeza o el torso, y guardias de emergencia desbordadas, con decenas de heridos por arma de fuego en cuestión de minutos.
“El régimen está inmerso en una carrera asesina”, dijo Yasi, una manifestante que, como otros iraníes entrevistados por The New York Times, pidió que se protegiera su identidad. Videos difundidos en redes sociales y verificados por el Times muestran multitudes en Teherán mientras se escuchan disparos y se corea el grito de “¡Muerte al dictador!”.
Desde hace días, el gobierno interrumpió el acceso a internet, bloqueó las llamadas internacionales y, en ocasiones, incluso las comunicaciones móviles internas. Esa desconexión explica por qué familias, periodistas y organismos de derechos humanos aún no logran dimensionar completamente lo que ocurre. Sin embargo, los fragmentos de video que logran filtrarse y los mensajes enviados por personas con acceso ocasional a internet satelital dibujan un panorama devastador.
“Solo pude conectarme unos minutos para avisar que esto es una masacre”, contó Saeed, un empresario de Teherán, al New York Times. Dijo que el domingo por la noche logró conectarse a través de Starlink. Saeed participó desde el primer día en las protestas iniciadas el 28 de diciembre en el bazar de la capital, motivadas por el colapso económico, y asegura haber hecho lo mismo en las manifestaciones de 2022 y en otras anteriores. Pero, según él, esta vez la represión marca un quiebre.
“Vi con mis propios ojos cómo le disparaban a un joven en la cabeza”, relató en mensajes de audio enviados al Times. “También presencié cómo le tiraban a alguien en la rodilla. Cayó al suelo inconsciente y enseguida las fuerzas de seguridad lo rodearon”.
Cuando el desplome de la moneda empujó a la gente a las calles, el gobierno reconoció inicialmente la legitimidad de las demandas, aunque alertó contra supuestos “agitadores”. Pero en cuestión de días, las protestas dispersas en mercados y universidades se transformaron en un movimiento nacional, con concentraciones tanto en grandes ciudades como en zonas rurales. Desde entonces, el discurso oficial cambió: ahora acusa a “terroristas” y agentes extranjeros, vinculados a Estados Unidos e Israel, de estar detrás de las movilizaciones.
“Hay que tomar medidas firmes y decisivas para vengar a los mártires y a los asesinados”, declaró el fiscal general Gholam-Hossein Mohseni-Ejei durante una reunión del Consejo Supremo de la Magistratura, según la agencia semioficial Tasnim.
Como señal de la magnitud de la represión, el propio gobierno reconoció un elevado número de víctimas, aunque insiste en que se trata mayormente de integrantes de sus fuerzas. Un residente de Teherán contó que el sábado por la noche, en Sattarkhan, vio cómo agentes disparaban con ametralladoras contra una multitud de jóvenes, hombres y mujeres, que cayeron unos sobre otros.
En el Hospital Nikan, en el norte de la capital, una enfermera relató que el personal quedó desbordado cuando ingresaron casi simultáneamente 19 personas con heridas de bala. En el Hospital Shohada, en Tajrish, un médico afirmó que muchos manifestantes llegaron ya sin vida y que presentaban impactos a quemarropa en la cabeza, el cuello, los pulmones y el corazón.
El Centro para los Derechos Humanos en Irán, con sede en Nueva York, difundió el testimonio de un médico que atendió pacientes en Teherán e Isfahán desde el inicio de la represión. Según su relato, al comienzo predominaban los efectos del gas lacrimógeno y las heridas por perdigones. Pero a partir del jueves comenzaron a oírse ráfagas de ametralladora cerca del hospital. “Fue un evento de víctimas múltiples. No teníamos espacio ni personal suficiente. Los traumas eran extremos. Disparaban para matar”, afirmó.
El director ejecutivo del Centro, Hadi Ghaemi, explicó que su equipo reconstruyó episodios en Karaj y Kermanshah donde fuerzas de seguridad tomaron hospitales y clínicas para identificar a manifestantes heridos y recolectar sus datos personales. Saeed describe una dinámica similar en Teherán: “Los llevan al hospital y, si sobreviven, los detienen”, contó al Times. Cuando las familias llegan a tiempo, intentan sacarlos de allí como pueden.
Incluso a quienes solo van a retirar los cuerpos de sus familiares asesinados se les exige una humillación final: firmar o declarar que sus seres queridos murieron a manos de “terroristas”.
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