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Ustedes ganaron esa guerra, Grabois

En un día en el que el dólar bordea los $340, reivindicando las predicciones del entonces denostado Roberto García Moritán es muy difícil concentrarse en algo diferente. Pero como la cotización del dólar en la calle no es otra cosa que la consecuencia de aquello en lo que uno no puede concentrarse cuando el dólar está a $340, es por eso que lo voy a hacer.

El dólar a $340 es una máquina de arrojar gente a la pobreza. La misma pobreza contra la que gritaba ayer un desgañitado Juan Grabois desde una tribuna en la que se instaló para advertir que “aquí hay unos cuantos gauchos y gauchas que están dispuestos a entregar su sangre en las calles si es necesario”.

En cualquier país civilizado del mundo, en los siguientes 10 minutos Grabois hubiera estado detenido acusado de apología del delito, con altísimas chances de ser condenado en un juicio. Pero, claro, la Argentina no es un país civilizado. Hace rato que dejó de serlo: unos 75 años más o menos.

La violencia física  -sea a las trompadas, a los piedrazos o a los tiros- siempre empieza por la lengua. Nadie puede controlar las consecuencias que en los demás causan unas palabras llenas de odio, de saña y de irresponsabilidad pronunciadas en la calentura de una bravata. Una vez que las palabras salieron de la boca ya no le pertenecen a quien las dijo sino al proceso mental de quienes las escucharon. Esa es la base de la apología del crimen.

Pero más allá de las formas de un desbocado está el contenido. Aupado en su soberbia y dirigiéndose figurativamente al presidente, Grabois dijo. “Te pusimos ahí para que haya menos pobreza no más pobreza. Es matemático, hermano: menos pobreza, no más pobreza… Si no te gusta el salario universal, inventá otra cosa, pero n o digas más que hay que ‘calmar a los mercados’ porque a los que tenes que calmar es a nosotros… Porque aquí vamos a ser, no sé, 5000, 200000… gauchos y gauchas que vamos a estar dispuestos a dar nuestra sangre en las calles para que haya hambre en la Argentina”.

(Una aclaración lateral antes de seguir con el argumento principal de esta columna: Grabois usa el posesivo “nuestra” como incluyéndose entre los que están dispuestos a derramar “su” sangre. La Argentina tiene ya un largo historial para saber con holgura que, cuando las papas queman, la sangre que se derrama no es la de los Grabois de la vida, sino la de unos cuantos pelotudos a los que los Grabois de la vida mandan al muere como carne de cañón)

Sigamos ahora con el hilo del comentario. 

Grabois hacía referencia a su idea de repartir un dinero uniforme a más de 7 millones de argentinos a cambio de nada, a darles un “salario” por el solo hecho de presentarse a recibirlo.

Lo que Grabois no entiende (o sí entiende pero a su plan de volverse millonario desfalcando el Tesoro Público le es funcional hacer parecer que no entiende o que entiende otra cosa) es que es precisamente esa idea lo que genera más pobreza y no menos pobreza, es decir, exactamente aquello contra lo que él parece quejarse. Y digo “parece”, porque, de vuelta, el negocio de Grabois consiste, precisamente, en que haya más pobres y no menos pobres. Por supuesto que él debe aparecer gritando lo contrario  para engañar a la manada de zombies que lo siguen, pero la realidad es que “su” negocio funciona cuando la pobreza se multiplica, no cuando disminuye.

Pero simplemente a los fines del debate, hagamos de cuenta que Grabois es sincero y realmente cree en lo que dice.

Repartir dinero impreso para, con eso, pretender disminuir la pobreza es lo mismo que aspirar a eliminar la ignorancia imprimiendo y repartiendo diplomas universitarios. Las artes gráficas no modifican la ecuación pobreza/riqueza, Grabios. Solo la modifica una cosa: la inversión.

La pobreza es la contracara de la riqueza. Hay pobreza porque no hay riqueza. No es cierto que esa riqueza exista y esté concentrada en una pocas manos. Ese verso se acabó ya en la Argentina: la prédica peronista empobreció transversalmente a todo el país sin distinción de clases. O perdón, con la distinción de la clase a la que pertenece justamente usted, Grabois. Esa es la única “clase” que ha mejorado ostensiblemente su propia condición en lo que va del reinado peronista y, particularmente, en la extraordinaria profundización que de ese fenómeno ha hecho el kirchnerato que usted integra.

El mundo hace ya cientos de años que descubrió los secretos de la generación de riqueza. También descubrió que para que se genere riqueza se debe aceptar NECESARIAMENTE que su producto esté DESIGUALMENTE repartido. La gracia consiste en que, quienes aceptan esas pautas, generan tanta riqueza que las desigualdades no son visibles porque, en los hechos, en la vida diaria, todos -los más ricos y los menos ricos- viven el mismo tipo de vida, disfrutan de las mismas comodidades cotidianas, del mismo confort, de los mismos enseres, de los mismos goces.

El problema con usted Grabois es que no se dio cuenta aun (o hace que no se da cuenta) que la gente como usted le declaró la guerra a esos secretos y esa guerra la ganaron.

Ustedes desafiaron las recetas que el mundo descubrió para generar riqueza (y por lo tanto tener menos pobreza) en una insólita batalla que, repito, ganaron. La victoria que obtuvieron en ese enfrentamiento idiota ha hecho que países enteros abrazaran las recetas de la pobreza, contra la que ahora parecen quejarse.

El aparente argumento que levantaron para declararle la guerra a los caminos del éxito es que no pueden aceptar que la riqueza no esté repartida uniformemente. Muy bien: acepten ahora las consecuencias de esa visión sesgada y resentida que ha arrojado a millones a la miseria. Mientras pida uniformidad, Grabois, no habrá riqueza y al no haber riqueza ¿adivine que habrá? Sí, Grabois: habrá pobreza. Cada vez más. Seguro que usted habrá conseguido lo que en realidad quiere: un océano de amebas reclamando una cuchara de comida. Muy en línea con la tirriosa visión de su jefe, Jorge Bergoglio.

El mundo -y la Argentina tampoco- tienen nada que “inventar”, como usted le exigió al presidente. El camino al éxito, a la riqueza (y por consiguiente a la no-pobreza) ya está inventado. Lo que ocurre es que ustedes vencieron en la guerra declarada contra ese camino. Hágase cargo de su victoria, Grabois. Usted y el Papa deben sentirse satisfechos de que el bombardeo incesante de más de medio siglo (en la Argentina) contra las ideas de la libertad, de la afluencia y de la modernidad, finalmente hayan convertido al país en un yermo de miseria. Es lo que buscaron. Ya lo tienen. No deberían derramar más sangre, Grabois: el objetivo por el que tanta sangre ya se derramó, fue cumplido.

Por Carlos Mira

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