
Carlos Mira, The Post, Editorial
La discusión sobre la izquierda contemporánea suele quedar atrapada en consignas, gestos morales y debates emocionales. Sin embargo, hay una contradicción de fondo que rara vez se analiza con la crudeza necesaria: la izquierda parte del supuesto de que el mundo material —sus avances, su confort, su tecnología, su productividad— continuará existiendo inalterado aun si sus ideas se impusieran por completo. Es decir, actúa como si la realidad fuera un dato eterno, independiente del sistema que la genera.
Desde la heladera hasta la medicina moderna, desde el iPhone hasta el jean, buena parte de lo que hoy consideramos “normal” es el resultado directo de un entramado específico: propiedad privada, acumulación de capital, competencia, incentivos, libertad de empresa, innovación y riesgo. Sin embargo, el discurso de izquierda suele tratar estos productos como si fueran un patrimonio natural de la humanidad, como si aparecieran espontáneamente o como si alguien estuviera moralmente obligado a producirlos sin importar las condiciones.
Ese es el segundo error conceptual: la idea de que el mundo funciona por inercia. Como si existiera un “stock civilizatorio” eterno al que se puede recurrir sin importar qué reglas se impongan. En esa lógica, siempre habrá alimentos, tecnología, medicamentos, transporte, energía y conectividad, aun cuando se destruyan sistemáticamente los incentivos que permiten que todo eso exista. El problema es que la historia demuestra lo contrario: cuando se eliminan los estímulos para producir, innovar y arriesgar, la producción se desploma. No por maldad, sino por naturaleza humana.
Un ejemplo revelador aparece cuando militantes de izquierda son cuestionados por disfrutar de los beneficios del sistema que critican —viajar, consumir tecnología, ahorrar, elegir— y responden con frases del tipo: “yo con MI dinero hago lo que quiero”. La contradicción es evidente. En el comunismo no existe el “mi”. No existe la propiedad privada como derecho individual. No existe el uso discrecional de recursos propios porque, en teoría, nada es propio. El concepto mismo de “mi dinero”, “mi viaje” o “mi elección” es una categoría liberal, no socialista. Defender el comunismo mientras se reivindica la propiedad individual es, como mínimo, una incoherencia conceptual.
Más aún: la izquierda utiliza de manera sistemática los frutos del capitalismo y la democracia —tecnología, redes sociales, libertad de expresión, medios de transporte, acceso a información— para criticar el sistema que los produce. Es una paradoja difícil de ignorar. No solo porque su modelo no ha demostrado generar esos bienes, sino porque, allí donde se intentó aplicar de forma plena, los anuló. El punto clave no es moral sino lógico: cada sistema debería ser evaluado por lo que es capaz de generar por sí mismo, no por lo que hereda o usufructúa del modelo que combate.
La incoherencia alcanza su máxima expresión en el caso cubano. Durante décadas, la izquierda internacional sostuvo que el socialismo era un sistema superior, destinado a superar al capitalismo como una etapa histórica obsoleta. Sin embargo, cuando se analizan los resultados, el argumento gira abruptamente hacia el “bloqueo” de Estados Unidos como explicación absoluta del fracaso de Cuba. La pregunta es inevitable: ¿en qué quedamos? ¿Era el socialismo un sistema autosuficiente, superior, destinado a triunfar por su propia lógica, o depende de comerciar con el mismo capitalismo que desprecia para no colapsar?
Si el libre comercio, la apertura y el mercado eran conceptos “burgueses”, ¿por qué su ausencia destruye al sistema socialista? ¿Por qué la falta de vínculos con la economía capitalista vuelve inviable un modelo que, en teoría, debía ser más justo, eficiente y humano? La respuesta implícita es incómoda: porque ese modelo no logra generar riqueza suficiente por sí mismo.
El problema de fondo no es ideológico sino material. Las ideas, para sostenerse, necesitan producir realidad. No alcanza con declamar justicia, igualdad o solidaridad si el sistema que las promueve no puede garantizar comida, energía, innovación y libertad. Pretender vivir de los frutos del capitalismo mientras se lo combate no es una postura crítica: es una contradicción estructural.
En última instancia, toda idea debería someterse a una prueba simple pero implacable: ¿puede sostenerse con lo que ella misma produce? Si la respuesta es no, entonces no estamos frente a un modelo alternativo, sino frente a una ilusión que solo sobrevive mientras otro sistema —al que desprecia— siga funcionando.

