
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Generalmente cuando uno usa la palabra “enrarecido” se refiere a un escenario al que no puede describir con total precisión pero el que, sin embargo, intuye que no está bien. Suele ocurrir que los elementos que confluyen para configurar ese panorama mezclan situaciones concretas con otras que no lo son tanto pero que, de todos modos, van acumulando un peso importante en la percepción que la mente subconsciente aprecia.
La Argentina esta atravesando ese momento, uno en el que el clima social está “enrarecido”. ¿Qué elementos se están juntando para que ese tufillo este flotando en el aire? Son varios.
Por empezar una creciente sensación de que a esta altura -con los ajustes que se han hecho a nivel macroeconómico (que no solo eran necesarios, sino que el sentido común pedía a gritos desde hace, no años, sino décadas)- el resultado de un mejor estándar de vida en la cotidianeidad de los argentinos debería estar viéndose con más fuerza de la que está viendo.
Eso, de por sí, genera un clima de sorpresa que le hace perder confianza al ciudadano medio sobre el valor que tuvo el esfuerzo que hizo. Confirmando la natural tendencia humana a hacer las cosas a cambio de algo, el argentino estuvo dispuesto a cambiar varias cosas que su zona de confort daba por sentadas A CAMBIO de que la mediocridad en la que el país claramente venía viviendo desde hacías casi 8 décadas se diera vuelta y se empezara a ver un horizonte de prosperidad y cierta abundancia.
Es más, en una segunda pasada por la misma zaranda, no fueron pocos los que entendieron que era un poco utópico esperar que 80 años de decadencia fueran dados vuelta como una media en poco más de dos años. En una muestra de racionalidad muchos entendieron que la velocidad de la destrucción es mucho más rápida que la de la construcción.
Sin embargo, ese filtro que muchos pasaron, frenó las expectativas de una parte. Es difícil aquí hablar de números y cantidades por eso el análisis entra en esa zona en donde elementos más etéreos empiezan a jugar. Lo que sí puede asegurarse es que en la mitad del mandato de Milei muchos de los que lo apoyaron empezaron a sentirse desilusionados porque los resultados se empezaron a alejar de las expectativas que tenían.
A ese cuadro de una confianza numéricamente menguada se le empezaron a agregar dos factores, uno previsible y otro un poco más sorprendente. El previsible es que los mariscales de la mediocridad, los defensores de las ideas que bajaron de un hondazo a la Argentina desde las mieles del desarrollo a las penurias de la escasez, comenzaron a dar lecciones públicas sobre los errores del ajuste liberal y sobre la necesidad de volver a la escuela del Estado rector (recordemos, dicho sea de paso, que cuando se utiliza la palabra “Estado” no nos referimos a una entelequia inmaculada sino a un aparato burocrático compuesto por personas reales con intereses propios cuya única distinción respecto de un almacenero que busca maximizar su beneficio es que el burócrata cuenta, justamente, con las herramientas y privilegios del Estado para lograrlo).
El otro factor más sorpresivo que vino a cooperar con el “enrarecimiento” del clima fue la conducta del propio presidente, que, viniendo de la escuela de la libertad, de la tolerancia y del respecto irrestricto al plan de vida ajeno, no tuvo mejor idea que traicionar esos valores mostrando niveles de irascibilidad que contribuyeron como nada a crispar los ánimos generales y a entregarle una bandera de “calma y urbanidad” a sus opositores que, paradójicamente, fueron, a los largo de la historia, los reyes y los inspiradores de la prepotencia.
Yo puedo admitir que pararse delante de todo lo que había que enfrentar en la Argentina para sacar al país del alcoholismo desvariante del Estado intervencionista requería de una personalidad particular: ninguna especie de “gentleman” iba a estar dispuesto a hacer eso sin (al menos) intuir que el peronismo se lo iba a comer en un pancho, como -más o menos- ocurrió con Macri.
No sé si era obvio, pero, con el diario del lunes, podríamos decir que era bastante lógico y previsible suponer que el que se cargara al hombro semejante tarea tenía que ser, digamos, alguien, “diferente”, por llamarlo de alguna manera. Exigirle a ese “diferente” (que justamente por serlo reunía lo que había que tener para cambiar lo que muchos querían cambiar) que fuera un excelso “prolijo” y que hiciera lo que queríamos que hiciera pero con los modos de un caballero, era demasiado.
Lo que ocurrió fue que también fue demasiada la distancia que el “diferente” se tomó respecto de lo “deseable”: de vuelta las “inmaterialidades”. ¿Cuánta era la distancia respecto de lo “deseable” que le hubiéramos permitido con tal que hiciera lo que queríamos que hiciera y que enfrentara a quienes teníamos como responsables de la mediocridad del país? ¿Que no puteara? Probablemente no. Pero que no mandara a quemar a periodistas en la hoguera probablemente, sí (entregándole gratuitamente -de paso- otra bandera a quienes no hablaban de hogueras pero ponían afiches con la cara de periodistas en la vía pública para que la gente los escupiera o llevaban adelante “juicios populares” a periodistas con Hebe de Bonafini, que hacía, al mismo tiempo, las veces de fiscal y juez).
Lo que quiero decir con esto es que, cuando las “efectividades conducentes” (esto es, el mejor nivel de vida contante y sonante) no aparece rebosante por cuanto rincón miremos, las “inmaterialidades” que a lo mejor pasarían de lado en un escenario de afluencia, empiezan a contribuir de una manera más que proporcional al clima enrarecido.
Desgraciadamente para el gobierno se han dado dos hechos (uno ya consumado y otro por ocurrir) que no lo van a ayudar en nada en los meses por venir: uno es el resultado de las elecciones en Brasil y el otro es la visita del Papa.
En el primero, está claro que han ocurrido varias cosas que el gobierno no esperaba. Por empezar se cortó la llamada “ola azul” en Sudamérica, entendiendo por esto una serie de triunfos consecutivos de partidos proclives a la libertad económica y la iniciativa privada que el presidente reivindicaba como producida poco menos que por su influencia.
En segundo lugar se ha generado en el seno del propio gobierno argentino una situación de parálisis que ha hecho que hasta ahora, 48hs después de los comicios, ni el presidente ni la Cancillería se hayan expresado al respecto pese a que Brasil es el principal socio comercial de la Argentina de cuya demanda dependen economías regionales enteras.
En tercer lugar, la reelección de Lula le ha dado al peronismo y al kirchnerismo una herramienta de acción política que aumenta el llamado “riesgo kuka” con todo el impacto que eso tiene en los mercados y en la sobretasa de interés que la Argentina paga por su deuda y por sus créditos (riesgo país). El año que viene la Argentina debe pagar 27 mil millones de dólares y que sobre eso se deban pagar mas intereses pone nervioso a mas de uno. Quizás el peronismo también festeje porque tiene en Lula a un eventual financiador de su próxima campaña. Pero eso solo lo digo de mal pensado que soy.
El otro tema es la visita del Papa. Si bien para cuidar las formas todo el mundo dice que no se debe utilizar su presencia con una intención política, la pregunta que quizás deba hacerse es si no es el propio Vaticano el que quiere darle ese tono a la presencia de Leon XIV en la Argentina.
Digo esto porque, por ejemplo, hoy se supo que una de las avanzadas de la Santa Sede que llegará mañana al país tiene en su agenda como primera visita no una pasada por la Nunciatura para chequear la agenda de los eventos sino una reunion con representantes de la corriente UTEP de Juan Grabois.
¿Cómo espera todo el mundo que Juan Grabois vaya a usar esta condescendencia? Y si el Vaticano intuye cómo va a usar Juan Grabois esa visita, ¿por qué lo distingue entre otros interlocutores a quienes directamente ha ninguneado, como por ejemplo, la organización Madres del Dolor que querían recibir del Santo Padre una bendición a las familias que fueron destrozadas por los delincuentes y a las que, sin embargo, León no visitará?
Algo huele mal en Dinamarca y nadie es inocente de los efluvios malolientes de este estofado. Hay muchos ingredientes en él y también son muchas las manos que los han agregado. De todos lados. Ninguno inocente. Aunque entre ellos haya quienes dicen representar la pureza de Dios en la Tierra.

