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El partido de la espera: poder político consolidado y economía en pausa

Carlos Mira, The Post, Editorial

El reordenamiento del Senado con el pase de varios legisladores al bloque de La Libertad Avanza deja al oficialismo a apenas dos votos de la mayoría agravada de dos tercios. No se trata de un movimiento menor ni meramente aritmético: es la antesala de un rediseño institucional profundo. Con esa correlación de fuerzas, el Gobierno queda en condiciones de elegir jueces, completar la Corte Suprema y designar al Procurador General, tres piezas clave para moldear el sistema de justicia de la próxima década.

El impacto político es inmediato. La base parlamentaria del presidente se consolida, el peronismo profundiza su fragmentación y el tablero institucional se ordena en torno a un nuevo eje de poder. La arquitectura del cambio deja de ser discursiva para transformarse en estructural. El oficialismo ya no dependería únicamente del respaldo electoral o del humor social: empezaría a controlar resortes permanentes del Estado.

En términos estratégicos, esto configura un escenario ideal para una eventual reelección. No solo por la fortaleza política que implica disciplinar el Congreso, sino porque el control de la Justicia y del Ministerio Público define el marco en el que se disputarán las próximas batallas políticas y económicas. La consolidación institucional precede —y muchas veces determina— la consolidación electoral.

Sin embargo, mientras la política acelera, la economía se mueve a otro ritmo.

El despegue sigue demorándose. El carry trade continúa viento en popa, sosteniendo el andamiaje financiero de corto plazo, mientras crecen las advertencias sobre un posible movimiento cambiario si el equilibrio se vuelve demasiado dependiente de ese flujo. Las inversiones productivas, las que crean empleo y elevan el nivel de vida, siguen esperando señales más contundentes y previsibles. El mercado observa, calcula y posterga.

La gran pregunta es cuándo se materializará el salto que transforme el orden macroeconómico en bienestar concreto. Porque el proceso de trasvasamiento —de una economía moldeada por décadas de proteccionismo a otra basada en competencia, inversión y productividad— es necesariamente lento. Desarmar estructuras es rápido; construir nuevas lleva tiempo. Y en ese intervalo la sociedad se impacienta, mientras los especuladores políticos encuentran terreno fértil para operar.

Ahí se juega el verdadero partido de 2026.

¿Quién ganará la pulseada de la espera? ¿El Gobierno y el presidente, apostando a que los beneficios del cambio llegarán antes de que se agote el crédito social? ¿O quienes especulan con que el ciudadano común no verá a tiempo esas mejoras y que el malestar económico abrirá una ventana de reversión política?

El próximo mensaje presidencial sobre el Estado de la Nación, previsto para el domingo, promete una agenda agresiva de reformas. Será, probablemente, un punto de inflexión narrativo: la reafirmación de que el rumbo no se negocia y de que la transformación del Estado continuará a mayor velocidad.

Pero ese mismo gesto encierra una paradoja. Una agenda más audaz puede fortalecer a quienes apuntalan el cambio, consolidando expectativas de futuro, o alimentar a los especuladores, que leerán en la urgencia reformista una señal de fragilidad política o de ansiedad por resultados que todavía no llegan.

Ese es el dilema de este tiempo: poder político en expansión y economía en transición.

Los interrogantes que se abren son tan decisivos como inevitables. ¿Alcanzará la consolidación institucional para sostener el proceso mientras la economía madura? ¿Llegarán las inversiones antes de que la paciencia social se agote? ¿Logrará el Gobierno convertir la estabilidad financiera en crecimiento real? ¿Podrá la ciudadanía percibir a tiempo que el cambio empieza a impactar en su vida cotidiana?

Marzo marcará, de hecho, el verdadero comienzo político del 2026. Y lo hará con un escenario inédito: un oficialismo con herramientas institucionales cada vez más robustas y una sociedad que sigue esperando que la promesa de orden se traduzca en prosperidad.

La Argentina entra en el año de la espera. Y, como en toda espera prolongada, no solo cuenta quién tiene razón, sino quién llega primero.

Por Carlos Mira
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