
Otra de las cosas que la era de la racionalidad debería traer a la Argentina es una consideración de las autoridades de las dos cámaras del Congreso para dar una normativa que este a la altura de la civilización democrática y establezca una fórmula sencilla, corta, simple y ajustada -a lo sumo- a las convicciones religiosas de cada uno para tomar juramento en diputados y en el Senado.
El espectáculo dantesco -de todos lados- que se observó ayer en la cámara presidida por Martín Menem fue francamente desopilante. Diputados jurando al mismo tiempo por Palestina y la diversidad sexual (lo que confirma o bien una interminable ignorancia o un atronador cinismo dado que si fueran con las banderas de la diversidad sexual a los reinos de Hamas y Hezbollah terminarían decapitados); otros por “Cristina libre”, es decir reivindicando a una delincuente que empeoró severamente las condiciones de la vida de millones de argentinos, robándoles el futuro y las posibilidades de una vida mejor; otros por la comprobada mentira de “los 30000”, como si esa insistencia furiosa convirtiera en verdad algo que no ocurrió; otros por la memoria del delincuente que ideó el master plan que saqueó al país y al que solo la muerte salvó de que la Justicia lo pusiera en su lugar…
En fin, un abanico de disparates que degrada la convivencia y hasta la estética visual de un recinto que debería trasmitir la imagen de un ámbito de dialogo, de disenso ordenado y de tolerancia.
Este aquelarre se ha hecho una costumbre en la Argentina. No es privativo de los legisladores. No hay que buscar mucho para recordar los “discursos” que personajes de poca monta hacen cuando reciben un Martin Fierro o distinciones de esa naturaleza. Parecería que aprecian más esos tres minutos de épica de cartón que el mismísimo premio y juraría que pasan horas ensayando lo que van a decir si llegan a ganar para que cada uno de ellos parezca un pequeño San Martín. Levantan la estatuilla y el premio como si fueran Nelson Mandela luchando contra molinos de viento que, la mayoría de las veces, solo ellos ven.
¿De donde viene este romanticismo inútil y de esta preferencia por las palabras antes que por los hechos?
Alguien podría decirme que gracias a Dios que estos personajes tienen preferencia por las palabras y no por los hechos porque si intentaran avanzar al terreno de la realidad partiendo de esa base violenta el país no tendría ni siquiera la pequeña porción de paz que ha conseguido. Pero nadie sabe dónde puede terminar esta escalada inverosímil.
Las reglamentaciones pueden ordenar lo que está desordenado. No soy muy amigo de ellas y prefiero la naturalidad a la imposición de lo escrito, pero admito que ciertas mentes pueden darle a los demás algunas guías para hacer mejor lo que, siendo desordenado, es peor.
Está claro que el espectáculo que estamos viendo cada vez más seguido en -especialmente- la Cámara de Diputados debe ordenarse. La Argentina tiene un problema con la solemnidad: desecha la que debería importar de verdad y luego inventa una de cartón, como la que fingen ganadores ocasionales de premios depreciados que cada vez valen menos gracias, entre otras cosas, precisamente a eso.
Pero restablecer esa pompa buena, que emociona por la simpleza y no por una grandiosidad fingida, debería ser algo que alguien tendría que pensar.
Quizás este sea un tiempo adecuado para hacerlo. El presidente y su partido también bien deberían hacer un aporte en ese sentido. Yo entiendo la alegría de haberle arrebatado al peronismo por primera vez en más de 30 años la primera minoría de la Cámara, pero exagerar el éxito no es un buen consejero. Siempre la mesura llega más lejos que el fanatismo. Especialmente en lo que tiene que ver con la sustentabilidad del éxito: el logro basado en la exageración dura poco.
El otro problema que tiene la Argentina es con el orden: tiene pasión por el quilombo, porque las cosas se “pudran”. Parecería que una indómita fuerza invisible la arrastrara a la desorganización y muchas veces la busca a propósito (o ciertos sectores la buscan a propósito) como si de ese desastre pudiera surgir algo bueno.
Es como si, en un momento, la “moda” hubiera decretado que la solemnidad y el orden son atributos de los perdedores y que para ser un “canchero” de la primera hora hay que cagarse en la tapa del piano.
Las democracias tienen un idioma especial que no se conjuga con palabras sino con imágenes. Se ve hasta en un estadio de fútbol cuando se establece un minuto de silencio: el respeto por el momento también es un indicio de la cultura democrática del pueblo. No hay que buscar mucho para tener noción de lo que son los minutos de silencio en la Argentina.
Sería interesante que, en un momento en donde una mayoría electoral decisiva parece admitir por primera vez el valor de ser racional con los números de las cuentas públicas, alguien diga “vamos a poner un poco de racionalidad también en esto para que desde el silencioso terreno de las imágenes la Argentina también demuestre que quiere dejar atrás un tiempo de barullo inútil del que no puede esperarse otra cosa que no sea más miseria, más escasez y más servidumbre.

