
Carlos Mira, The Post, Editorial
Cada vez que una economía cambia de rumbo, algo se desarma y algo nuevo empieza a tomar forma. Es un proceso tan antiguo como el desarrollo mismo, pero que sigue generando resistencia, temor y confusión. Porque el cambio económico no se vive como una abstracción técnica: se siente en el trabajo que desaparece, en el oficio que deja de ser rentable, en la empresa que ya no puede sostenerse como antes. Y al mismo tiempo, en nuevas actividades que surgen, en oportunidades que antes no existían y en formas distintas de producir, vender y trabajar.
Ese movimiento no es un accidente ni una anomalía. Es la dinámica natural de las economías que buscan ser más abiertas, más competitivas y más eficientes. Cada avance hacia mayores niveles de libertad económica implica, inevitablemente, una reorganización del sistema productivo. Algunas actividades pierden sentido, otras nacen, muchas se transforman. Pretender que ese proceso ocurra sin costos es tan ilusorio como creer que puede detenerse por decreto.
El problema aparece cuando el debate se corre del terreno de la adaptación al de la culpa. Cuando se interpreta que toda pérdida es señal de fracaso, que todo cambio es una agresión, o que la desaparición de ciertos empleos implica necesariamente que el rumbo es equivocado. La historia muestra lo contrario. Las sociedades que progresan no son las que evitan el cambio, sino las que aprenden a atravesarlo con mayor inteligencia.
El punto central, entonces, no es si los cambios económicos orientados a una mayor libertad son correctos o no —porque lo son, en términos de eficiencia, innovación y generación de oportunidades—, sino cómo se gestiona la transición. Y ahí aparecen dos actores clave: el sector privado y el Estado.
Del lado de las empresas y los trabajadores, el desafío es cultural. La estabilidad entendida como permanencia eterna dejó de existir. Hoy la verdadera seguridad está en la capacidad de adaptación. En aprender nuevas habilidades, en reconvertirse, en entender que el valor ya no está solo en la experiencia acumulada sino en la capacidad de seguir aprendiendo. Esto es especialmente sensible para quienes llevan muchos años en el mercado laboral y sienten que el cambio los encuentra sin herramientas. Pero incluso ahí, el problema no es la edad sino el acceso a nuevas formas de aprendizaje y la disposición a atravesar la incomodidad de volver a empezar.
Las empresas, por su parte, enfrentan una prueba similar. Las que sobreviven no son necesariamente las más grandes ni las más antiguas, sino las que logran leer antes los cambios de contexto. Las que entienden que competir hoy implica ser más ágiles, más eficientes, menos burocráticas y más abiertas a la innovación. Aferrarse a estructuras que funcionaron en otro tiempo suele ser la antesala del estancamiento.
Ahora bien, reconocer que el cambio es necesario no implica desconocer sus efectos colaterales. Toda transformación genera ganadores y perdedores, y es ahí donde entra en juego el rol del Estado. No para frenar el proceso ni para sostener artificialmente lo que dejó de ser viable, sino para amortiguar los impactos más duros, facilitar la transición y evitar que el costo social se vuelva explosivo.
El desafío es delicado: acompañar sin distorsionar, ayudar sin desordenar, asistir sin comprometer el equilibrio fiscal. Porque cuando el Estado intenta tapar los efectos del cambio con gasto descontrolado o protecciones permanentes, termina agravando el problema que busca resolver. La experiencia demuestra que los desequilibrios fiscales no protegen a los más vulnerables, sino que terminan licuando ingresos, destruyendo empleo y generando crisis más profundas.
La clave está en políticas inteligentes y focalizadas: capacitación, reconversión laboral, incentivos a la inversión, reglas claras y previsibles. No en sostener artificialmente estructuras inviables, sino en facilitar el paso hacia nuevas formas de producción y trabajo.
En el fondo, el debate no es económico sino cultural. Se trata de aceptar que el mundo cambia, que el progreso no es lineal ni indoloro, y que la alternativa a adaptarse no es la estabilidad, sino el estancamiento. Los países que logran avanzar son aquellos que entienden que la libertad económica no es un problema a corregir, sino una herramienta que debe ser acompañada con inteligencia, responsabilidad y una mirada de largo plazo.
Porque al final, el verdadero riesgo no está en cambiar, sino en quedarse quieto mientras todo lo demás se mueve.

