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¿Argentina es un país latinoamericano o europeo?

Carlos Mira, The Post, Editorial

La pregunta aparece con frecuencia en discusiones culturales, políticas e incluso económicas. No es solo una provocación identitaria: es una forma de intentar explicar por qué Argentina se percibe a sí misma de un modo distinto al resto de la región y, al mismo tiempo, comparte con América Latina muchos de sus problemas estructurales. La respuesta, lejos de ser binaria, obliga a mirar historia, instituciones y comportamiento social.

Desde el punto de vista geográfico, no hay debate posible: Argentina es un país latinoamericano. Pero las naciones no se definen únicamente por su ubicación. También lo hacen por su matriz cultural, su autopercepción y el modelo de sociedad al que aspiran. Y ahí es donde el caso argentino se vuelve singular.

A diferencia de otros países de la región, la Argentina moderna se formó sobre una ola migratoria europea masiva. Italianos y españoles, pero también franceses, alemanes y europeos del Este, moldearon la demografía, la cultura urbana y la estructura social. Buenos Aires no creció como una capital colonial clásica sino como una ciudad atlántica conectada simbólica y económicamente con Europa. Su arquitectura, su vida intelectual y su sistema educativo respondieron durante décadas a ese horizonte.

La organización institucional también fue concebida bajo esa lógica. La Constitución liberal, la expansión de la educación pública, la idea de movilidad social basada en el mérito y el trabajo y la construcción de una amplia clase media fueron rasgos que acercaron a la Argentina más al imaginario occidental que al latinoamericano tradicional. Durante buena parte del siglo XX, el país se pensó a sí mismo como una extensión cultural de Europa en el hemisferio sur.

Sin embargo, esa aspiración convivió con una realidad distinta. La estructura económica argentina mantuvo rasgos típicos de América Latina: dependencia de materias primas, ciclos de auge y colapso, fragilidad macroeconómica y una relación ambigua entre Estado y sector productivo. A esto se sumó una cultura política marcada por el personalismo, los liderazgos carismáticos y los cambios bruscos de rumbo, elementos que la acercan más a la tradición latinoamericana que a la estabilidad institucional europea.

La desigualdad persistente, la informalidad laboral y la dificultad para sostener reglas previsibles en el tiempo también forman parte de ese cuadro. En términos materiales y de funcionamiento cotidiano, Argentina comparte más con la región que con el continente al que culturalmente suele mirar.

En este punto aparece un factor político e ideológico que también explica la disputa. Parte de la izquierda y del populismo en Argentina ha insistido históricamente en subrayar la identidad latinoamericana del país y en cuestionar —cuando no rechazar abiertamente— la idea de una pertenencia cultural europea. No se trata solo de un debate académico: hay detrás una concepción del poder y del modelo de sociedad.

La tesis latinoamericana, en esa mirada, permite inscribir a la Argentina dentro de un relato de dependencia, desigualdad estructural y conflicto con el “centro” del sistema global. Desde allí se legitiman políticas de fuerte intervención estatal, discursos antioccidentales y la idea de que el desarrollo no pasa por integrarse al mundo desarrollado sino por resistirlo o diferenciarse de él. La apelación a la identidad regional funciona entonces como un marco político que justifica determinadas estrategias económicas y culturales.

La reivindicación de una raíz europea, en cambio, suele asociarse a nociones de institucionalidad, reglas previsibles, apertura económica e integración con las democracias occidentales. Para sectores ideológicos que ven en esas referencias una amenaza a sus proyectos de poder, esa identificación resulta incómoda. No porque implique negar la pertenencia latinoamericana, sino porque desplaza el eje del debate hacia estándares de funcionamiento estatal y social más exigentes.

La tensión entre esas dos dimensiones —aspiración europea y funcionamiento latinoamericano— atraviesa la historia nacional. No es solo un debate académico: explica buena parte de los ciclos de entusiasmo y frustración que marcaron al país. Cada vez que la Argentina se pensó como parte del mundo desarrollado, impulsó proyectos de modernización, apertura e institucionalidad. Cada vez que se replegó sobre lógicas más propias de la política regional, reaparecieron el proteccionismo extremo, el estatismo y la confrontación como herramientas de organización social.

La discusión, en el fondo, no es identitaria sino civilizatoria. No se trata de elegir entre dos etiquetas culturales, sino de definir qué modelo de país se busca construir. Europa no es solo un origen migratorio o una estética urbana; es, sobre todo, una tradición institucional basada en reglas, previsibilidad y responsabilidad fiscal. América Latina, por su parte, no es únicamente una geografía compartida, sino también una historia de inestabilidad política, economías vulnerables y Estados que oscilan entre la ausencia y el exceso.

Argentina quedó históricamente en un punto intermedio. No terminó de consolidar la institucionalidad del mundo desarrollado ni asumió plenamente la lógica latinoamericana. Esa ambigüedad se refleja en su discurso público: se reivindica la pertenencia a Occidente, pero se desconfía del mercado; se valora la educación y el mérito, pero se tolera la informalidad y la discrecionalidad; se invoca la república, pero se naturaliza el personalismo.

El resultado es una identidad en tensión permanente. El país nació con la ambición de integrarse al mundo moderno, pero muchas veces terminó operando con reglas que lo alejan de ese objetivo. Esa contradicción explica por qué la Argentina puede exhibir niveles culturales y educativos comparables con los de sociedades desarrolladas y, al mismo tiempo, padecer crisis recurrentes propias de economías más frágiles.

Plantear si Argentina es latinoamericana o europea puede ser, en última instancia, una pregunta mal formulada. No porque carezca de sentido, sino porque parte de una premisa estática. Las naciones no son esencias inmutables: son procesos. Y en ese proceso, la Argentina ha oscilado entre dos referencias que no siempre logran sintetizarse.

El desafío no pasa por definirse simbólicamente, sino por resolver una dirección. La pertenencia cultural puede ser múltiple, pero el funcionamiento institucional y económico exige coherencia. Sin un acuerdo básico sobre reglas, inserción internacional y rol del Estado, la discusión identitaria seguirá siendo un sustituto de los debates estructurales.

Argentina no necesita decidir si es europea o latinoamericana para entenderse a sí misma. Necesita definir qué tipo de sociedad quiere ser. Porque, en la práctica, funcionará como aquello que logre construir: una república integrada al mundo desarrollado o una nación atrapada en los ciclos de inestabilidad regional. La identidad, al final, no se declara. Se materializa.

Por Carlos Mira
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