
Nacho Urkía, The Post, Deportes
La derrota del fin de semana volvió a activar un reflejo conocido en el fútbol argentino: la crisis permanente. En cuestión de horas, el clima en torno a River Plate y Boca Juniors se cargó de reproches, urgencias y una sensación compartida de que, aun con planteles costosos, nada alcanza.
Todo ocurrió después de dos golpes fuertes: River fue goleado 4 a 1 por Tigre en el Monumental y Boca cayó 2 a 1 frente a Vélez en Liniers, resultados que profundizaron los cuestionamientos internos y externos.
River: del enojo con el resultado al señalamiento individual
En el caso de River, el foco se posó rápidamente en los jugadores. No tanto en la idea ni en el entrenador, sino en rendimientos puntuales que volvieron a quedar en deuda. La goleada sufrida ante Tigre encendió silbidos y críticas por errores en todas las líneas y una imagen preocupante del equipo.
El malestar del hincha se tradujo en cuestionamientos directos: futbolistas caros, refuerzos que no terminan de consolidarse y referentes que no logran sostener el nivel en partidos clave. La discusión, además, excede lo futbolístico. Aparece la percepción de un plantel amplio pero irregular, con nombres importantes que no logran imponerse ni marcar diferencias.
Y en un club donde la exigencia es estructural, la derrota no se interpreta como un accidente sino como síntoma: falta de carácter, desconcentraciones y una identidad que por momentos se diluye.
Paradójicamente, el mercado de pases —en el que River invirtió fuerte— no calmó la ansiedad. Al contrario: elevó la vara. Cuanto mayor es la inversión, menor es la tolerancia al error.
Boca: el técnico en el centro de la escena
En Boca el clima es distinto, pero igual de tenso. El cuestionamiento se dirige con mayor nitidez hacia el entrenador. La caída 2-1 ante Vélez reabrió debates sobre el funcionamiento del equipo, los cambios, la lectura de los partidos y la capacidad de encontrar una estructura estable.
La sensación que rodea al plantel es la de un equipo que no termina de definirse: por momentos competitivo, por momentos desordenado, con pasajes de intensidad seguidos de caídas pronunciadas. Y en ese contexto, el técnico se convierte en el primer responsable visible.
La crítica, además, se potencia por el contraste entre la inversión realizada y la respuesta en la cancha. Boca también gastó, también reforzó el plantel, y sin embargo la demanda externa sigue siendo la misma: traer más jugadores, cambiar piezas, volver a apostar.
La trampa de gastar y seguir sintiendo que falta
En ambos clubes aparece una paradoja que atraviesa al fútbol grande argentino: se invierte como pocas veces, pero la sensación de carencia no desaparece. Siempre falta algo. Un central, un volante, un delantero, liderazgo, juego, personalidad.
La derrota acelera ese mecanismo. Lo que el viernes parecía un plantel competitivo, el lunes luce corto. Lo que era una apuesta de proyecto, pasa a leerse como error de planificación.
Detrás de esa dinámica hay un contexto que no da respiro: la urgencia por ganar, la presión mediática constante y la imposibilidad de atravesar procesos largos sin resultados inmediatos. River y Boca, por historia y dimensión, viven en un estado de evaluación permanente.
Un fin de semana que reabre viejas preguntas
Las caídas no explican por sí solas la crisis, pero la exponen. River vuelve a preguntarse por la jerarquía real de su plantel y por la respuesta emocional de sus jugadores tras el 1-4 con Tigre. Boca, por su parte, revisa la conducción, el rumbo táctico y la solidez de la idea luego del 1-2 frente a Vélez.
Mientras tanto, el mercado sigue funcionando como placebo: se pide incorporar incluso después de haber incorporado mucho. Porque en estos clubes la lógica es clara y brutal: si no se gana, todo se discute. Y si se pierde de esta manera, la crisis deja de ser una palabra exagerada para convertirse en clima.
Si querés apoyar a The Post Argentina, podés hacerlo desde aquí.

