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Brasil, en la encrucijada

Pedro Corzo, Especial para The Post FMGN Press (*)

Hay líderes políticos nacionales que, por circunstancias muy específicas, se tornan en símbolos de propuestas políticas o ideológicas que trascienden las fronteras. Otros, alcanzan esa dimensión por la entidad que representan, su talento personal o simplemente por un golpe de los tiempos, sin que falten los que trepan por su asociación con sujetos que, gracias a la fuerza o su idoneidad para el crimen y la manipulación, cosecharon laureles para repartir.

Ese es el caso de Luiz Inácio Lula da Silva, compañero de aventuras de dos notables forajidos: Fidel Castro y Hugo Chávez. Aunque entiendo que Lula, por sus características personales y el coloso (Brasil) en el que ha actuado, habría logrado altas cotas internacionales, su asociación con ambos autócratas le fue muy beneficiosa por el entramado operativo que uno y otro manejaban, sin descartar las vastas riquezas que el militar venezolano golpista malversó.

Lula está terminando su tercer mandato y es el mandatario brasileño que más ha ejercido el gobierno por la vía electoral. Sin embargo, debería estar preso, ya que en el 2017 fue convicto por corrupción pasiva y lavado de dinero dentro de la Operación Lava Jato a más de 12 años de cárcel, siendo sus condenas anuladas de manera definitiva en 2021 por el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil.

Sin restarle talento y tenacidad, es conveniente recordar que Lula se formó y desarrolló como dirigente sindical y líder político bajo un régimen militar; en un mandato como el de los Castro no habría tenido esa oportunidad, salvo que fuese un devoto servidor. En 1980, con el respaldo de intelectuales, en su mayoría devotos del marxismo, fundó el Partido de los Trabajadores (PT), de orientación socialista, una agrupación política antisistema cuya existencia autorizó y permitió la Junta castrense, otro hito que su colega del Foro de São Paulo no le hubiera permitido si lo hubiera intentado en Cuba.

El primer gran escándalo de corrupción en el Partido de los Trabajadores fue conocido como el mensalão, que involucró a ministros, dirigentes del partido, empresarios, banqueros y a una de las figuras claves del PT, el exguerrillero y jefe de gabinete de Lula, José Dirceu, un verdadero aliado de la dictadura castrista.

El PT ha sido una de esas agrupaciones políticas cuyos líderes claman por el imperio de la justicia social, pero cuando acceden al gobierno, la mayoría de sus dirigentes se transforman en pirañas que devastan los bienes de la nación para su provecho personal. La corruptela evidenciada en el partido se manifestó de nuevo bajo el gobierno de Dilma Rousseff, quien fuera escogida como heredera por Lula al estar Dirceu en prisión.

El corrupto de Lula, desde el poder, ha beneficiado a sus aliados. El respaldo político que le dio a Hugo Chávez fue más que generoso, evidenciado en expresiones como esta del 2008: «el mejor presidente que tuvo Venezuela en los últimos cien años», o su mensaje del 2012 en apoyo a su reelección: «Tu victoria será nuestra victoria”.

Su relación con Fidel Castro fue más estrecha todavía. Le decía a Castro «hermano mayor», mientras estrechaba los vínculos económicos con el totalitarismo insular mediante el incremento de líneas de crédito comercial por valor de cientos de millones de dólares, acuerdos de cooperación en el sector petrolero (donde la participación de Petrobras era notable) y el impulso a proyectos de infraestructuras conjuntas como el puerto de Mariel. Ambos idearon el Foro de São Paulo, una especie de Tercera Internacional Socialista que ha sido particularmente útil para seguir ejerciendo influencia y control en los asuntos sociales y políticos latinoamericanos, manipulando las prácticas democráticas a su conveniencia en las elecciones y protestas sociales.

Lula da Silva ha sido un subversor de la democracia, tan nocivo como lo fueran Castro y Chávez. Las victorias de propuestas populistas inspiradas en el marxismo en países como Bolivia, con Evo Morales, y Ecuador, con Rafael Correa, fueron posibles gracias a la imagen falsamente mesurada del dirigente brasileño. Él fue el verdadero inspirador porque logró éxitos en la gestión política de su país, al contrario de Castro y Chávez, que fueron un rotundo fracaso.

En conclusión, una eventual victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil impulsaría a quienes en todo el hemisferio trabajan arduamente para destruir nuestros valores ciudadanos. Su derrota es esencial para la consolidación de la democracia y la libertad en Las Américas, ojala, los brasileños lo comprendan.

(*) Pedro Corzo en un periodista y escritor cubano perseguido y encarcelado por la dictadura castrista. Exiliado en Miami, escribió mas de 20 años para el Miami Herald

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