
En el extremo oriental de Tierra del Fuego existe un paisaje que parece salido de Noruega. La Isla de los Estados concentra 18 fiordos formados por antiguos glaciares, montañas que caen sobre el mar, bosques subantárticos, turberas, cascadas y una fauna extraordinaria. También guarda el legendario Faro del Fin del Mundo. Llegar hasta allí sigue siendo una verdadera aventura.
Alicia Kronshell, The Post FMGN Press, Turismo
Cuando se habla de fiordos, la imaginación suele viajar inmediatamente hasta Noruega. También aparecen los paisajes de Chile, Alaska, Islandia o Nueva Zelanda. Sin embargo, la Argentina tiene su propio territorio de fiordos y está ubicado en uno de los lugares más remotos y fascinantes del país: la Isla de los Estados, en el extremo oriental de Tierra del Fuego.
Separada de la Isla Grande de Tierra del Fuego por el estrecho de Le Maire, la isla constituye una de las últimas manifestaciones de la Cordillera de los Andes antes de hundirse en el Atlántico Sur. Su costa, profundamente recortada, está formada por bahías, caletas y fiordos que penetran varios kilómetros tierra adentro. Los estudios geológicos realizados sobre el territorio identificaron 18 fiordos, convirtiendo a la Isla de los Estados en el único sector de la Argentina donde este tipo de formación geológica aparece de manera tan característica.
Y hay algo todavía más sorprendente: esos fiordos no son simplemente accidentes costeros. Son la huella visible de una época en la que enormes masas de hielo cubrían buena parte de la isla.
Una Noruega en el extremo austral

Un fiordo es, básicamente, un antiguo valle excavado por un glaciar que posteriormente fue inundado por el mar. Durante las grandes glaciaciones del Pleistoceno, los glaciares descendieron desde las montañas de la Isla de los Estados y fueron erosionando profundamente el terreno. Al retirarse los hielos y elevarse el nivel del mar, aquellos valles quedaron parcialmente sumergidos.
El resultado es el paisaje que puede observarse actualmente: paredes montañosas abruptas, profundas entradas de agua y pequeños sectores de costa donde los bosques llegan prácticamente hasta el borde del mar.
Las investigaciones geomorfológicas relevaron 48 antiguos valles glaciarios o artesas, de los cuales 18 forman actualmente fiordos. El promedio de longitud de estos fiordos ronda los 3,1 kilómetros, aunque las dimensiones son muy diferentes entre unos y otros.
El más extenso es el de Puerto Parry, que alcanza aproximadamente 7,1 kilómetros de longitud y 188 metros de profundidad. En el otro extremo se encuentra el pequeño fiordo de Puerto Heredia, de unos 750 metros. Las paredes de estos accidentes geográficos pueden alcanzar entre 150 y 400 metros de altura.
La dimensión de la transformación provocada por los hielos antiguos también impresiona: las geoformas asociadas a la actividad glaciar ocupan alrededor de 220 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 42% de la superficie de la isla.
Pero hay una precisión importante: los grandes glaciares que excavaron estos valles ya no existen actualmente en la isla. Lo que queda es su gigantesca obra geológica, convertida en fiordos, valles y otras formas del relieve.
Una isla que parece pertenecer a otro mundo

La Isla de los Estados tiene aproximadamente 65 kilómetros de longitud y forma parte de una reserva natural de más de 52.000 hectáreas. El relieve es montañoso y abrupto, con cumbres como el monte Bove, de 823 metros, y el Spegazzini, de 741 metros.
La humedad es una de las características dominantes del ambiente. Las precipitaciones son abundantes y las nubes y nieblas pueden envolver las montañas durante buena parte del año. Más de 120 espejos de agua dulce alimentan arroyos y cascadas que descienden hacia los fiordos y las bahías.
En las laderas aparecen los bosques subantárticos, donde predominan el guindo y el canelo, acompañados por helechos, líquenes y musgos. En otros sectores aparecen turberas y pastizales costeros, creando un paisaje que combina características de montaña, bosque, humedal y litoral marino en un espacio relativamente pequeño.
Es precisamente esa combinación la que genera la sensación de estar frente a un paisaje nórdico: montañas oscuras, agua profunda, niebla, bosques y paredes rocosas que se precipitan hacia el mar.
La diferencia es que esto no está en Escandinavia. Está en la Argentina.
Un paraíso para la fauna
La importancia de la Isla de los Estados no termina en su paisaje. La reserva constituye uno de los ambientes de mayor relevancia para la conservación de la biodiversidad marina y costera del extremo austral. Sus costas albergan colonias de pingüinos de penacho amarillo del sur, pingüinos de Magallanes, cormoranes, petreles, albatros, gaviotines y otras aves marinas.
La región constituye además una de las áreas de reproducción más importantes para el pingüino de penacho amarillo y concentra una proporción significativa de su población mundial.
También existen apostaderos de lobos marinos de uno y dos pelos y elefantes marinos. En las aguas que rodean la isla pueden observarse toninas overas, delfines australes, orcas, cachalotes y distintas especies de ballenas.
Entre las historias recientes de la fauna de la isla hay otra particularmente interesante: el pingüino rey, que había desaparecido del territorio después de haber sido explotado durante el siglo XIX, volvió a ser observado en la zona e incluso se registraron ejemplares nidificando. Su presencia podría representar un proceso de recolonización.
El Faro del Fin del Mundo

Si la naturaleza convirtió a la Isla de los Estados en un lugar extraordinario, la historia terminó de transformarla en leyenda.
En la bahía de San Juan de Salvamento se construyó en 1884 un faro que se convertiría en uno de los símbolos más famosos del extremo austral argentino.
La expedición comandada por el comodoro Augusto Lasserre llegó a la isla en abril de 1884 para instalar una subprefectura y un faro. El 25 de mayo de ese año comenzó a funcionar el faro de San Juan de Salvamento, posteriormente conocido como el Faro del Fin del Mundo.
Su ubicación, el clima extremo, los frecuentes naufragios y la dificultad de navegación de aquellas aguas alimentaron su leyenda. La historia llegó incluso a la literatura de aventuras y quedó asociada a Julio Verne y su novela El faro del fin del mundo.
El faro original funcionó hasta 1902, cuando fue reemplazado por el Faro Año Nuevo, construido en la cercana Isla Observatorio para ofrecer mejores condiciones de navegación.
La estructura original quedó abandonada y sufrió durante décadas los efectos del clima. A fines de la década de 1990 se construyó una réplica con características similares.
El Faro Año Nuevo, que comenzó a funcionar en 1902, fue posteriormente declarado Monumento Histórico Nacional y continúa formando parte del patrimonio histórico de Tierra del Fuego.
También hubo una cárcel en este lugar perdido

La Isla de los Estados guarda otra página mucho más dura de su historia. En San Juan de Salvamento funcionó desde 1884 una colonia penal que posteriormente fue trasladada a Puerto Cook. Las condiciones climáticas extremadamente rigurosas hicieron que finalmente el establecimiento fuera abandonado y trasladado a Ushuaia en 1902.
El aislamiento, la humedad, el frío y la dificultad para abastecer a quienes vivían allí hicieron de la isla un destino particularmente hostil para cualquier asentamiento permanente.
Hoy quedan testimonios y restos vinculados con aquella historia, que se suman al patrimonio natural y marítimo de la reserva.
Un territorio prácticamente inaccesible para el turismo convencional

Y aquí está uno de los motivos por los cuales la Isla de los Estados continúa siendo uno de los grandes secretos turísticos de la Patagonia.
No se llega en automóvil. No hay una ruta terrestre que conduzca hasta sus fiordos. Tampoco existe una infraestructura turística convencional comparable con la de Ushuaia o El Calafate.
El acceso es exclusivamente por vía marítima. Desde Ushuaia se navega hacia el este por el canal Beagle y posteriormente se atraviesa el estrecho de Le Maire. También existe la posibilidad de llegar desde el sector de Río Grande navegando por el Mar Argentino.
La isla se encuentra a unos 230 kilómetros de Tierra del Fuego y el cruce del estrecho de Le Maire constituye uno de los grandes desafíos de la navegación hacia ella.
El estrecho de Le Maire tiene fama de ser una zona de navegación difícil debido a sus corrientes, vientos y condiciones meteorológicas. No por casualidad la travesía hasta la isla forma parte de la experiencia de expedición.
Además, el acceso se encuentra sujeto a las condiciones de conservación y a la regulación correspondiente para una reserva natural. La isla cuenta también con presencia permanente de la Armada Argentina en Puerto Parry.
Un destino para la aventura, no para el turismo masivo
La Isla de los Estados fue declarada Reserva Natural Silvestre en 2016, mediante el Decreto 929/16, con el objetivo de proteger unas 52.784 hectáreas que incluyen la isla principal y el archipiélago de Año Nuevo.
Esa condición resulta fundamental para comprender por qué el lugar conserva un nivel de naturalidad que resulta cada vez más difícil de encontrar en otros destinos turísticos.
Aquí no hay grandes complejos hoteleros, restaurantes, centros comerciales ni una sucesión de miradores preparados para recibir miles de visitantes.
Hay montañas, bosques, turberas, fiordos, playas de piedra, cascadas, aves, pingüinos, lobos marinos y un océano que puede cambiar de aspecto en cuestión de minutos.
Y también hay historia: exploradores holandeses, navegantes argentinos, el comandante Luis Piedrabuena, Augusto Lasserre, el Faro del Fin del Mundo, expediciones científicas y antárticas, naufragios y una literatura que convirtió a este pedazo de tierra en escenario de aventuras.
El secreto del Fin del Mundo

Quizás lo más extraordinario de la Isla de los Estados sea que no necesita compararse con Noruega, Alaska o Nueva Zelanda para resultar espectacular.
Sus 18 fiordos son auténticos, fueron excavados por antiguos glaciares y constituyen una formación geológica única dentro de la Argentina. El más largo se interna más de siete kilómetros en la montaña; algunos alcanzan casi 200 metros de profundidad y sus paredes pueden elevarse cientos de metros sobre el agua.
A su alrededor se extiende uno de los ambientes naturales más singulares del país, donde la Cordillera de los Andes termina literalmente frente al Atlántico Sur.
Y quizás esa sea la razón por la que, a pesar de encontrarse relativamente cerca de Ushuaia en términos geográficos, la Isla de los Estados todavía conserve algo que muchos destinos turísticos perdieron hace tiempo: la sensación de estar entrando en un territorio verdaderamente desconocido.
En el extremo de la Argentina existe una tierra de fiordos, bosques, glaciares desaparecidos, pingüinos, ballenas, faros y leyendas.
Un lugar donde la naturaleza escribió su propia novela mucho antes de que llegaran los escritores. Ese lugar se llama Isla de los Estados.
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