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Café de los Angelitos: la historia de una esquina que se convirtió en leyenda porteña

Belén Grazziani, The Post FMGN Press, Cultura & Sociedad

De un humilde bar de piso de tierra a refugio de payadores, casa de Gardel, templo del tango y símbolo de la memoria de Buenos Aires

Hay esquinas que forman parte de una ciudad y otras que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en parte de su memoria. Rivadavia y Rincón pertenece definitivamente a la segunda categoría. Allí, en el corazón de Balvanera, funciona desde fines del siglo XIX uno de los cafés más célebres de Buenos Aires: el Café de los Angelitos, un lugar cuya historia atraviesa la inmigración, el arrabal, la política, la literatura, el tango y varias generaciones de porteños.

La historia comenzó en 1890, cuando el inmigrante italiano Battista Fazio abrió en aquella esquina un establecimiento llamado Bar Rivadavia. Nada tenía entonces del elegante café que hoy conocemos. Era, según las reconstrucciones históricas, un modesto galpón de barrio, con piso de tierra, techo de chapa y mesas de billar. La zona todavía tenía características periféricas y populares, muy diferentes de la Buenos Aires monumental que comenzaría a consolidarse durante las primeras décadas del siglo XX. 

El Bar Rivadavia se transformó rápidamente en un punto de reunión de personajes que representaban la vida más áspera del Buenos Aires de entonces. Por sus mesas circulaban compadritos, malevos, carreros y hombres vinculados a los ambientes marginales de la ciudad. Pero aquel escenario tenía también una dimensión cultural extraordinaria: el café se convirtió en uno de los lugares donde podía escucharse a algunos de los grandes payadores de la época, entre ellos Gabino Ezeiza, Higinio Cazón y José Betinotti. Antes de que el tango alcanzara su enorme popularidad, la payada era una de las expresiones fundamentales de la música popular porteña. 

¿Por qué se llamó Café de los Angelitos?

El origen del nombre está rodeado por una de esas historias que Buenos Aires convirtió en leyenda. Según la tradición, los hombres que frecuentaban el establecimiento eran precisamente lo contrario de unos angelitos: compadritos, guapos y personajes de reputación dudosa. Cada vez que se producía algún incidente, el comisario de la zona habría utilizado irónicamente la expresión “los angelitos” para referirse a los habitués del bar.

La historia tiene, sin embargo, otra parte documentada. En 1919, el local fue adquirido por Ángel Salgueiro, quien lo remodeló y colocó en la fachada dos figuras de angelitos de yeso. El establecimiento fue reinaugurado en 1920 con el nombre de Café de los Angelitos. Las dos explicaciones —la ironía policial y los angelitos colocados en la fachada— quedaron entrelazadas en la memoria porteña. 

Aquellos angelitos de yeso permanecieron durante décadas sobre la ochava de Rivadavia y Rincón y se convirtieron en parte inseparable de la imagen del café. Sobrevivieron incluso al paso de varias generaciones, hasta que el edificio fue finalmente demolido en 2000. 

La esquina de Gardel y Razzano

El Café de los Angelitos entró definitivamente en la historia del tango durante las primeras décadas del siglo XX. Entre quienes frecuentaban sus mesas estaban Carlos Gardel y José Razzano, que tenían allí uno de sus puntos de encuentro.

Gardel, además, vivía muy cerca de la esquina. La relación del cantor con la zona era tan estrecha que la historia del café quedó indisolublemente ligada a sus primeros años de carrera. Según registros del Gobierno porteño, en 1917 el dúo Gardel-Razzano fue contratado en el café por Mauricio Goddart, director artístico del sello Odeón. Aquella circunstancia tuvo una importancia enorme: poco después se produjo el debut discográfico del dúo, con grabaciones como Cantar eterno y El sol del 25. 

Por eso el Café de los Angelitos no fue simplemente un lugar donde alguna vez se sentó Gardel. Fue uno de los escenarios de la Buenos Aires en la que el tango comenzaba a transformarse en una expresión artística de enorme alcance.

Gardel, Razzano, Betinotti y los payadores compartieron aquel universo con músicos, poetas, actores y escritores. Con el paso de los años, la lista de personalidades vinculadas al café se hizo cada vez más extensa: Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Cátulo Castillo, Florencio Parravicini, Roberto Arlt, los hermanos Discépolo, Carlos de la Púa, Tito Lusiardo, Irineo Leguizamo y los hermanos González Tuñón, entre muchos otros. 

Un café donde también se discutía política

Los Angelitos tampoco fue exclusivamente un territorio del tango. La política argentina encontró allí otro de sus escenarios cotidianos.

En 1927 se inauguró a pocos metros del café la Casa del Pueblo del Partido Socialista, lo que convirtió a la esquina en un lugar habitual de encuentro de dirigentes y militantes. Por allí pasaron Juan B. Justo, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Nicolás Repetto y otros dirigentes socialistas. También era frecuente la presencia de dirigentes de otras corrientes políticas, que encontraban en los cafés espacios informales para conversar, discutir y, naturalmente, polemizar. 

Ese es otro de los rasgos que hacen singular al Café de los Angelitos: durante décadas fue un lugar donde convivieron el arte, la bohemia, la política y la vida cotidiana. No era un museo. Era un café. Y justamente por eso terminó convirtiéndose en patrimonio.

El tango que convirtió al café en inmortal

En 1944, José Razzano y Cátulo Castillo compusieron el tango “Café de los Angelitos”, una obra que terminó de convertir el nombre de aquella esquina en una referencia universal del tango porteño.

La canción evoca precisamente ese mundo desaparecido: Rivadavia y Rincón, Gabino Ezeiza, Cazón, Betinotti y “los tiempos de Carlitos”. El tango fue grabado por Alberto Marino con la orquesta de Aníbal Troilo el 19 de diciembre de 1944 y posteriormente tuvo otras interpretaciones. 

La canción es, en cierto modo, una fotografía sonora de una época. Razzano y Cátulo Castillo no describieron simplemente un café: reconstruyeron en música la sensación de regresar a un lugar que había quedado atrás, poblado por voces, personajes y amistades que el tiempo había ido borrando.

Y esa idea terminaría siendo fundamental para la historia posterior del café.

El largo final

Después de haber atravesado más de un siglo de historia porteña, el Café de los Angelitos comenzó a perder protagonismo junto con la transformación de los hábitos de la ciudad y el progresivo declive de muchos de los cafés tradicionales.

Finalmente, cerró sus puertas en 1992. La persiana baja significaba mucho más que el cierre de un comercio: desaparecía un lugar que durante más de cien años había formado parte de la identidad de Balvanera. 

Pero ocurrió algo extraordinario. El café no desapareció de la memoria de los vecinos.

En 1992 y 1993, docentes y alumnos de la Escuela Nº 1 Esteban de Luca, ubicada en Balvanera, comenzaron a movilizarse para reclamar la recuperación y reapertura del establecimiento. El proyecto había surgido dentro de la propia comunidad educativa y rápidamente se extendió al barrio. Los alumnos investigaron la historia del café, realizaron actividades relacionadas con el tango y llevaron el reclamo a la calle.

La movilización terminó convirtiéndose en un ejemplo poco frecuente de defensa comunitaria del patrimonio. En 1996, antiguos parroquianos y vecinos constituyeron la Asociación de Amigos del Café de los Angelitos. Durante años organizaron milongas en la vereda, todos los miércoles, como una manera de mantener viva la reivindicación de la reapertura. 

Pero la espera tuvo un desenlace dramático.

2000: el derrumbe y la desaparición de la esquina histórica

El edificio llevaba años cerrado y su estado se deterioraba progresivamente. En 2000, parte de la estructura sufrió un derrumbe y finalmente se decidió la demolición del inmueble por razones de seguridad.

La esquina quedó convertida en un baldío.

Por primera vez desde 1890, Rivadavia y Rincón ya no tenía el edificio que había acompañado más de un siglo de historia porteña. Habían desaparecido las paredes, la barra, las mesas y también los célebres angelitos de yeso de la fachada.

Pero la memoria no había desaparecido.

La propia Ciudad de Buenos Aires había reconocido el valor patrimonial del lugar. En 2004, la Legislatura porteña declaró al Café de los Angelitos Sitio de Interés Cultural, definiéndolo como “símbolo de la memoria de Balvanera”. 

La declaración llegó cuando el edificio original ya no existía, pero precisamente por eso adquiría un significado particular: la ciudad reconocía que un patrimonio cultural puede sobrevivir incluso cuando desaparece su soporte físico.

El regreso de los Angelitos

La reconstrucción comenzó a tomar forma después de la demolición. El proyecto contempló recuperar la identidad histórica del lugar, aunque el nuevo establecimiento sería necesariamente diferente del viejo café.

Finalmente, el 19 de junio de 2007, después de quince años de cierre, el Café de los Angelitos volvió a abrir sus puertas. La reapertura recuperó simbólicamente una esquina que durante años había permanecido en silencio. 

El nuevo establecimiento incorporó una propuesta mucho más orientada al turismo y a los espectáculos: restaurante, café y una sala destinada a espectáculos de tango. La reconstrucción mantuvo elementos inspirados en la tradición del antiguo local, aunque ya no se trataba del mismo edificio que habían conocido Gardel, Razzano, Troilo o Pugliese. 

La diferencia es importante. El Café de los Angelitos actual no pretende ser una cápsula congelada en 1920. Es una reconstrucción contemporánea de un lugar cuya historia original se había perdido físicamente.

Un museo vivo de Buenos Aires

Hoy el Café de los Angelitos continúa funcionando en la tradicional esquina de Rivadavia y Rincón. El establecimiento conserva su identidad vinculada al tango y ofrece gastronomía y espectáculos, mientras sus paredes reúnen más de 135 fotografías originales relacionadas con la historia porteña. 

La propuesta actual combina café, gastronomía y tango, pero el verdadero atractivo del lugar está en otra parte: en la posibilidad de sentarse en una esquina cuyo nombre aparece una y otra vez en la historia cultural de Buenos Aires.

Porque allí estuvieron los payadores cuando el tango todavía buscaba su forma definitiva. Allí se reunieron Gardel y Razzano. Allí discutieron políticos e intelectuales. Allí pasaron músicos, poetas, escritores y actores. Allí se compuso, décadas después, un tango que convirtió el nombre del café en parte del repertorio clásico de la música porteña.

Y allí también ocurrió algo menos conocido pero igualmente importante: cuando el café cerró, un grupo de vecinos, docentes y alumnos decidió que una parte de la historia de su barrio no podía desaparecer simplemente porque una persiana bajara.

La historia del Café de los Angelitos es, en definitiva, la historia de una esquina que consiguió sobrevivir a sus propios edificios.

Primero fue el Bar Rivadavia, aquel humilde local de piso de tierra frecuentado por payadores y personajes del arrabal. Después fue el café que recibió a Gardel y Razzano, a Troilo, Pugliese y Cátulo Castillo, y que se convirtió en punto de encuentro de intelectuales y políticos. Más tarde fue una persiana cerrada durante quince años, un edificio derrumbado y un baldío.

Y finalmente volvió. No exactamente como era, porque ninguna reconstrucción puede devolver el tiempo. Pero sí como lo que probablemente sea más importante: como memoria.

En Rivadavia y Rincón, los Angelitos siguen esperando. Y quizá por eso aquel tango de 1944 todavía conserva una frase que parece escrita para toda la historia posterior del lugar: las voces que llegaron, pasaron y callaron siguen preguntando por qué calle volverán.

Hoy sabemos la respuesta. Volvieron por Rivadavia y Rincón.

https://drive.google.com/file/d/1bn5TrO76_bDQr64b-HhpK5NdRCUqYXUN

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