
El presidente argentino llegó al poder prometiendo una transformación económica radical. Los resultados iniciales le dieron la razón, pero ahora enfrenta un desafío diferente: volver a generar crecimiento y empleo.
De la redacción de The Economist para The Post FMGN Press. Traducción de Carlos MIra
Javier Milei llegó al poder hace tres años como un libertario de discurso encendido, decidido a aplicar un fuerte recorte del gasto público para terminar con la inflación y liberar a la economía argentina. Muchos analistas dudaban de que aquel presidente de pelo revuelto y estilo provocador pudiera conseguirlo. Sin embargo, Milei demostró que era posible.
La inflación anual pasó de niveles cercanos al 161% en el mes previo a su llegada al poder a un 34% en julio. La economía, además, se encamina a crecer por segundo año consecutivo, algo poco habitual en la Argentina desde el final del boom de las materias primas en 2008. Con la inflación bajo control, la proporción de argentinos en situación de pobreza también se redujo significativamente.
Pero el trabajo está lejos de terminar.
Los argentinos volverán a las urnas en octubre de 2027 y la aprobación de Milei se encuentra cerca de sus niveles más bajos desde el inicio de su mandato. Aunque la economía crece, lo hace de manera lenta y desigual. Los salarios reales todavía están por debajo de los niveles que tenían cuando asumió y el empleo formal viene retrocediendo. Para muchos argentinos, la recuperación todavía no se siente.
Las encuestas muestran, además, un dato incómodo para el Gobierno: Milei tiene hoy una imagen menos favorable que algunos referentes del peronismo, el movimiento político que durante décadas defendió una fuerte intervención estatal y dejó como herencia buena parte del desastre económico que el actual presidente recibió.
La posibilidad de que la Argentina vuelva al pasado resulta preocupante, no solo para el país sino también para quienes ven en el experimento libertario de Milei uno de los casos más importantes de liberalización económica en el mundo.
La mayoría de las políticas económicas centrales de Milei siguen siendo defendibles. El compromiso con el superávit fiscal continúa siendo fundamental. También tiene razón al señalar que la emisión monetaria descontrolada estuvo en el origen de buena parte de los problemas argentinos. Y debería continuar eliminando regulaciones que obstaculizan la actividad empresarial.
Pero las prioridades están empezando a cambiar. Hoy muchos argentinos están más preocupados por conseguir o conservar un empleo que por la inflación. El desafío consiste en construir sobre los cimientos ya establecidos y poner mayor énfasis en el crecimiento, incluso si eso implica que la inflación tarde algo más en bajar.
Paradójicamente, la manera más evidente de hacerlo sería profundizar, y no abandonar, el programa libertario.
Milei debería avanzar en la eliminación de los controles de capital que todavía subsisten y el Banco Central debería reducir sus intervenciones en los mercados financieros destinadas a sostener artificialmente al peso. Una política monetaria marginalmente más flexible podría contribuir a reactivar el crédito y facilitar la inversión empresarial.
Un crecimiento más rápido, a su vez, permitiría aumentar la recaudación y abriría espacio para reducir aún más los impuestos a las exportaciones y, eventualmente, otras cargas tributarias, sin poner en riesgo el superávit fiscal. Así podría generarse un círculo virtuoso.
También existe margen para seguir reduciendo subsidios, especialmente en el transporte, mientras se recupera la inversión en infraestructura, como rutas y ferrocarriles.
Hay señales de que el Gobierno comienza a moverse en esa dirección. Pero Milei todavía parece poco dispuesto a admitir que la lucha contra la inflación pudo haber tenido algún costo en materia de crecimiento.
Al mismo tiempo, su Gobierno dedica demasiada energía a otros frentes. La renovada retórica sobre las islas Malvinas parece destinada, en parte, a movilizar al electorado argentino y distraer la atención de los problemas económicos. Y el presidente ha endurecido cada vez más su discurso contra quienes considera sus críticos, especialmente periodistas argentinos.
Milei no necesita abandonar el estilo provocador que contribuyó a llevarlo a la Casa Rosada. Pero debería dirigir con mayor precisión sus ataques hacia sus verdaderos adversarios políticos, muchos de los cuales podrían intentar devolver al país al gasto descontrolado y a una maraña de regulaciones.
El problema es que los peronistas no están en el poder y el propio Gobierno enfrenta cuestionamientos por corrupción. Resulta difícil denunciar a una supuesta “casta” corrupta cuando algunos aliados del oficialismo afrontan sus propias acusaciones de irregularidades.
Por eso Milei debería tomarse mucho más en serio la conducta de quienes integran su espacio. Una actitud más rigurosa frente a esos episodios le daría también mayor autoridad para advertir sobre los riesgos de regresar a una política basada en intereses particulares.
Y hay otro aspecto que el presidente debería revisar: su relación con quienes sufren el costo inmediato de sus reformas.
En lugar de presentar a los argentinos que cuestionan el ajuste como débiles o incapaces de soportar el esfuerzo, Milei podría mostrar algo más de empatía. Continuar con una reforma económica necesaria no es incompatible con reconocer las dificultades que esas políticas generan en la vida cotidiana de millones de personas.
El desafío para Milei es ahora mucho más complejo que el que enfrentó al asumir. Ya no se trata solamente de pulverizar la inflación, sino de conseguir que la economía vuelva a crecer con fuerza y que esa recuperación llegue al empleo y a los salarios.
También deberá encontrar un equilibrio entre firmeza y empatía, entre confrontación y capacidad de construcción política.
Ese equilibrio es bastante más difícil que el discurso explosivo que lo llevó al poder. Pero de encontrarlo puede depender el futuro de su proyecto económico y, con él, la suerte del experimento libertario que sigue siendo observado con enorme atención en todo el mundo.
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