
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
¿Qué onda la visita del Papa? Es decir: ¿con qué ánimo viene León XIV a la Argentina? ¿A qué viene exactamente?
La pregunta no es menor porque, si viene con la bergogliana idea de la sensiblería pobrista, esa que transmite —explícita o subliminalmente— la idea de que el pobre es moralmente superior al resto, entonces cabe preguntarse qué mensaje pretende dejar en una sociedad que ya ha escuchado demasiado ese discurso.
Porque, más allá de las posturas hipócritas que cada uno pueda adoptar después, eso no es lo que la gente quiere. La gente quiere vivir bien. Quiere tener una casa, un auto, la heladera llena, irse de vacaciones, viajar y acceder a todos aquellos bienes y enseres que cierta corrección política pobrista de la Iglesia Católica suele calificar de “superfluos” o “innecesarios”.
Entonces, nuevamente: ¿a qué viene el Papa? ¿A transmitir todas esas ideas tan previsibles que uno podría adelantar incluso antes de que él las pronuncie?
Porque si viene a eso, y no a transmitir un mensaje de honestidad, trabajo, mérito, esfuerzo y de que -como es obvio- ser rico es mejor que ser pobre, le hará un flaquísimo favor a los argentinos. Porque al comerse nuevamente ese verso sensiblero, muchos seguirán reforzando la idea de que es mejor subirse a un carro de reclamo antes que esforzarse por ser mejor, progresar y construir una vida materialmente más próspera.
Y hay otra pregunta todavía más incómoda: ¿viene a deslizar también el mensaje, igualmente subliminal, de que los delincuentes son las verdaderas víctimas de una sociedad que no los comprende y que fue demasiado dura con ellos mientras transitaban su infancia? Basta ya con esa cantinela.
Si va a ningunear a las miles de víctimas de robos, violaciones y asesinatos cometidos por aquellos a los que él les va a besar los pies, sería mejor que replantee su propósito.
Sé que todo lo que digo es repugnantemente impolítico y que lleva una carga de incorrección que probablemente me valga mil puteadas. Pero no me importa. Prefiero ser sincero con todos los muchos o pocos que siguen estas columnas y decir lo que pienso.
La Argentina —y el mundo, si me apuran un poco— ha escuchado ya demasiado de esta basura que no conduce a nada útil y que solamente sirve para reforzar los argumentos victimizantes de quienes creen que lo que les pasa es culpa de otros.
La Iglesia Católica debería abocarse, antes que nada, a resolver un dilema interno que no resiste ningún análisis de hipocresía y contradicción: ¿por qué se queja de aquello que es el necesario producto de lo que ella misma alaba? ¿Por qué levanta dedos acusatorios contra la miseria cuando la miseria es la fatal consecuencia de llevar al cerebro de la gente el inconsciente, pero persistente, convencimiento de que ser materialmente rico es un pecado?
Por eso, antes de escuchar las palabras del Papa, vale la pena hacerse una pregunta sencilla: ¿qué viene realmente a decir León XIV a los argentinos? Porque después él se va y los que nos quedamos con una carga de resentimiento, culpa y aprovechamiento politico berreta somos nosotros.
Quizás, esta vez, el mensaje que más falta haga no sea que debemos resignarnos a la pobreza, sino exactamente lo contrario: que tenemos derecho a querer una vida mejor y que trabajar, esforzarnos, progresar y aspirar a la riqueza material no debería ser motivo de culpa ni de vergüenza.


De mi parte no obtendrá un insulto, Carlos, sino un caluroso aplauso por su sinceridad en expresar su pensamiento y el de muchos como yo.
Mi alejamiento de la Iglesia es cada vez más profundo.
Creo que fue usted el que dijo que la iglesia y la izquierda condenan la sociedad de consumo, pero después se quejan hipócritamente de las caídas del consumo masivo. ¿En qué quedamos?
La vista del Papa ño es una cadena nacional sino que s una visita abierta a psrticipacion voluntaria y pueden ir todos aquellos que estén interesados que sin duda serán millones
No habrá micros que los transporte ni sandwich con gaseosas gratis