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Milei y la Argentina frente a la cuestión Malvinas

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

El presidente explicó anoche cuál sera la postura argentina frente a las compañías que decidan llevar adelante procesos de explotación económica y comercial en el mar argentino que rodea a las Islas Malvinas.

Se trató de una notificación urbe en orbi para que todo el mundo este enterado que tomar una decisión de invertir en un territorio marítimo con soberanía en disputa agrega un porcentaje inconmensurable de riesgo que todo cálculo económico deberá tener en cuanta. Ninguna de esas compañías o sus proveedores de toda especie podrán operar en la Argentina.

El planteo del presidente es sencillo: esas empresas deberán decidir si atornillan su dinero a una tierra disputada o si lo invierten en un país con reglas claras, una soberanía indiscutible y un posicionamiento geoestratégico que coincide con la profundización de los principios de vida occidental.

Es en este último punto en donde la teoría presidencial hace descansar toda la diferencia que tiene el país ahora (según su criterio) respecto de la que tenía en el pasado. Su tesis de razonamiento es simple : gracias a que el gobierno actual ha posicionado a la Argentina del lado de la defensa de la libertad, del libre comercio, de la libertad de expresión, de las garantías constitucionales clásicas y de la seguridad integral de Occidente frente a las invasiones teñidas de migraciones “inocentes”, el país puede ofrecer una base de seguridad jurídica, económica y hasta de filosofía de vida que no muchos otros pueden ofrecer hoy, incluido el mismísimo Reino Unido.

A eso se suma -según el presidente- la decisión política de transformar al país en un proveedor confiable de lo que el mundo del futuro (que ya comenzó hoy) necesita: alimentos, combustibles, energía, minerales, espacio, agua, garantías jurídicas y decisiones firmes sobre la seguridad migratoria.

Se podrá discutir si esto es cierto o no; si el proceso que el presidente dice que ya está sólido realmente lo está o si siquiera ha comenzado en su verdadera dimensión. Pero eso es lo que el gobierno cree y en función de lo cual tomó las decisiones explicadas anoche.

Otra parte de la tesis del presidente es que, mas allá de la perdurabilidad transversal del sentimiento de Malvinas en la Argentina, las concepciones políticas, “filosóficas” y económicas de los gobiernos que lo precedieron en los últimos 50 años no permitían que la Argentina trasladara al terreno de los hechos sus pretensiones de soberanía porque la políticas de pauperización, empobrecimiento y socialismo real que el país se empeñaba en promover atentaban contra la fortaleza jurídica que se necesita para sostener el reclamo y tornarlo realizable en algún momento.

Su creencia es que, siendo una república bananera donde el derecho de propiedad privada, los derechos individuales, la iniciativa privada y la riqueza abundante estuvieran bajo acecho, la Argentina nunca lograría tener los argumentos no-bélicos que se necesitan para soñar con que algún día las islas volvieran a ser parte del territorio nacional.

Durante la primera parte de su gobierno el presidente explicó bastante mal este punto, dando a entender que la Argentina se debía convertir en un país tan indiscutiblemente próspero, rico y libre para que los propios habitantes de las Malvinas lo eligieran de modo voluntario como su propio país. Se trataba de un razonamiento naive. Nunca la población de Malvinas elegirá libremente “ser argentina” por más que la Argentina tenga un PBI per capita de 200000 dólares al año. Quizás su exagerada fe en lo que en Derecho se llama el Principio de la Autonomía de la Voluntad, le hizo creer que esa “idealidad” podía ser posible alguna vez.

De modo que su pensamiento ha variado ligeramente para ahora convertirse en uno en el que a la convicción inicial le ha agregado una advertencia: todas las empresas que gracias al imperio de la libertad y de la seguridad jurídica decidan llegar a la Argentina para ayudarnos a avanzar en nuestro desarrollo a la vez que se ayudan a sí mismas con las oportunidades de negocios que el país brinda, deberán tener en cuenta que coquetear con el gobierno de Malvinas o con el Reino Unido sobre inversiones en areas cuya soberanía Argentina disputa le equivaldrá a no poder continuar operando en el territorio continental.

Alguna teoría dice que el gobierno también mueve sus fichas ahora porque los EEUU están moviendo las suyas dentro de un tablero mundial en el que el Atlantico Sur empieza a ser una área estratégica tanto comercial como militarmente y a cobrar una relevancia que antes no tenia. El paso bioceánico natural a través del Cabo de Hornos le daría al Cono Sur (Argentina y Chile) una preponderancia que antes no era considerada. La decisión norteamericana de terminar con la penetration china en su area de influencia directa (las Américas) es otro de los elementos para moverse ahora.

Indudablemente, mas allá de que es muy improbable que la Argentina vaya a cometer el error trágico de 1982, lo cierto es que si el país no da señales de cierta fortaleza militar (aunque eso no signifique mucho más que un poco de orden, modernidad del equipamiento, profesionalización y dignificación de las FFAA) tampoco logrará trasmitirle al mundo sus aspiraciones con seriedad y con visos de jerarquía: va a ser muy difícil que un país del cual los demás se reían a la hora de mostrar con qué cuenta recupere lo que le pertenece. Repito: no se trata de disparar un solo tiro. Se trata de mostrarse serio, equipado y profesional. Quizás con ese alcance deba entenderse la decisión de construir la base naval integrada de Ushuaia.

Resulta obvio que en un país desgarrado por las divisiones odiosas de la política, siempre proclive a la demagogia barata y -digámoslo- con un pueblo muy proclive a mostrase extasiado por el boronbombom más ingenioso, la explotación política de cualquier anuncio en este terreno estará lista y preparada para saltar a las primeras planas del sarcasmo, la ironía y la chicana.

Pero quienes hoy tienen la responsabilidad de trazar un horizonte que supere la mirada corta de la especulación tienen la obligación de actuar en base a un plan serio que pueda apoyarse no solo en convicciones sensibleras sino en hechos contantes y sonantes que le den sustento a los reclamos. La inmensa empresa de recuperar alguna vez las Malvinas no se cumplirá con apelaciones al simple nacionalismo sensiblero. Eso puede ser bueno para un buen especulador político de tarima fácil. Pero con el biri biri no vas a llegar lejos. Solo la construcción de un país solido, serio, responsable y en donde los inversores no crean que un conjunto de impresentables se los pueden llevar puestos montados en los caballos de la demagogia, hará que, alguna vez, estemos en condiciones de aspirar seriamente a recuperar lo que es nuestro.

Por Carlos Mira
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