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El Espejo de Tocqueville

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hay ideas que fueron escritas para explicar una época y terminan explicando muchas otras. Alexis de Tocqueville escribió La democracia en América en el siglo XIX para comprender el fenómeno democrático que estaba tomando forma en Estados Unidos. Sin embargo, algunas de sus advertencias parecen haber sido escritas para nosotros.

Tocqueville no temía tanto a una democracia débil como a una democracia cuyo poder pudiera convertirse en ilimitado. “El poder ilimitado es en sí mismo una cosa mala y peligrosa”, escribió. Y advertía que cuando el derecho al “mando absoluto” queda en manos de una mayoría, allí puede encontrarse “el germen de la tiranía”.

No estaba cuestionando la democracia. Estaba señalando su paradoja más peligrosa: una mayoría puede llegar al poder legítimamente y, sin embargo, utilizar ese poder para destruir los límites que protegen a todos, incluidos quienes no pertenecen a esa mayoría. No sé si estas imágenes les van pareciendo sugestivamente familiares a cómo la Argentina (o el peronismo) interpretó la democracia en el último siglo.

Pero Tocqueville vio otro peligro, quizá todavía más profundo. Advirtió que cuando una sociedad queda dividida entre “dos principios adversos”, puede terminar atravesando una revolución o cayendo en una “completa disolución”.

La palabra decisiva es “adversos”. No se trata de que existan opiniones diferentes. La democracia necesita opiniones diferentes. El problema aparece cuando las diferencias dejan de ser políticas y se transforman en enfrentamientos existenciales; cuando el que piensa distinto deja de ser un adversario para convertirse en un enemigo; cuando el triunfo del otro comienza a ser percibido como una amenaza intolerable. Tocqueville estaba mirando a Estados Unidos, pero, en ese momento, no advirtió que el país que estudiaba iba a lograr (al menos hasta ahora) evitar los peligros que él avizoraba pero que otro, del que probablemente no tenía ni noticias, los iba a reproducir casi como si los hubiera calcado de los temores de aquellas páginas proféticas.

Porque si semejante advertencia era necesaria para una sociedad como la estadounidense —con su federalismo, su autonomía local, sus asociaciones civiles, sus instituciones intermedias y una tradición constitucional que ya entonces constituía uno de sus principales mecanismos de defensa—, ¿qué deberíamos pensar cuando observamos el mismo fenómeno en una sociedad institucionalmente mucho más vulnerable?

La respuesta, cuando uno mira a la Argentina es incómoda. Nosotros conocemos demasiado bien la lógica de la confrontación permanente. Nuestra historia política está atravesada por divisiones que muchas veces no fueron disputas sobre cómo administrar el Estado, sino batallas por imponer una determinada idea de país y excluir la del adversario. Desde 1810 hasta 1853, el país fue un charco de sangre literal, desmembrado en una anarquía de antagonismo.

Porque cuando la política se transforma en una guerra por la supervivencia, desaparece algo esencial: la aceptación de que mañana puede gobernar el otro. Ese principio, aparentemente elemental (pero incomprensible para el peronismo), es uno de los fundamentos invisibles de cualquier democracia.

Tocqueville también comprendió algo que resulta especialmente inquietante. Una sociedad agotada por el conflicto puede terminar reclamando un poder cada vez más fuerte para escapar del desorden. El miedo al caos puede hacer que los ciudadanos acepten una concentración de poder que, en otras circunstancias, considerarían peligrosa. No sé si esto también les suena escalofriantemente familiar.

Es una de las grandes paradojas de la democracia: se puede perder libertad no solamente porque alguien te la quite, sino porque una sociedad, cansada del conflicto, esté dispuesta a entregarla. ¿No hemos visto algo de eso en nuestra propia historia?

La Argentina no necesita que alguien venga desde afuera para poner en peligro su democracia. Tiene problemas internos suficientes.

Cuando una mayoría cree que ganar una elección significa recibir un cheque en blanco; cuando una oposición entiende que toda mayoría gobernante es ilegítima (¿les suena?); cuando la Justicia, el Congreso, los medios, las instituciones y hasta las reglas electorales son juzgados exclusivamente según favorezcan o perjudiquen a una facción; cuando cada elección es presentada como la última batalla antes del desastre (¿les suena?), la democracia empieza a perder aquello que la hace posible.

Los votos siguen existiendo. Las elecciones siguen existiendo. Las instituciones siguen teniendo nombre. Pero algo esencial comienza a deteriorarse: la convicción de que existen reglas que están por encima de quien circunstancialmente ocupa el poder.

Ahí está la verdadera actualidad de Tocqueville. No en la posibilidad de que sus palabras permitan “predecir” el futuro argentino. Eso sería convertir una reflexión política en una profecía. Su importancia es otra: nos ofrece un espejo.

Y el espejo puede resultar mucho más inquietante cuando comprendemos que Estados Unidos, con instituciones históricamente más resistentes, también puede sufrir las consecuencias de una polarización que convierte al adversario en enemigo. Y está comenzando a pasar. Si allí el fenómeno es grave, aquí es gravísimo.

El peronismo ha venido provocando durante casi 90 años que las fuerzas opositoras más afines al republicanismo tradicional hayan ido avanzando en la convicción de que el país no tendrá solución hasta que el peronismo no sea destruido, es decir, el “republicanismo” se ha convertido en un “peronismo antiperonista”, que no aspira a ganarle al peronismo sino a hacerlo desaparecer porque sabe que si gana el peronismo los que desparecerán serán ellos. En estos días ha trascendido una frase de la intimidad del presidente Milei “los tenemos que hacer mierda”.

La Argentina reprodujo -gracias al peronismo- los peores demonios de la anarquía 1810-1853. El peronismo obligó a que todo el arco politico se viera forzado a replicar e imitar sus modales, sus estrategias y sus tácticas porque de los contrario el “enfrentamiento” se hubiera parecido al que podría tener un gorila (sin alusión política, me refiero al animal) con una gacela: el “partido” no habría durado más de 10 minutos. Cuando alguien está dispuesto a pisarte, llega un momento que tenés que estar decidió a pisar.

Entonces hoy tenemos a dos expresiones antitéticas que usan -para intentar anularse mutuamente- tácticas y estrategias perecidas: una en defensa supuesta de la libertad y la otra en desenmascarada defensa del populismo.

Una democracia no se destruye solamente cuando desaparecen las elecciones. También puede comenzar a morir cuando los ciudadanos dejan de aceptar que el otro tiene derecho a ganarlas. Y más cuando esa negación esta fundada en el peligro concreto de que, si efectivamente gana el otro, la supervivencia propia puede terminar.

Ese quizá sea el verdadero peligro que Tocqueville nos dejó señalado hace casi dos siglos. Y ése es un peligro que la Argentina no debería permitirse ignorar.

Por Carlos Mira
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